viernes, 17 de septiembre de 2010

Un regalo para el Niño Jesús



Aquella pintoresca aldea alemana parecía que estaba hecha de mazapán.

Era el mes de diciembre. Los tejados de las casas estaban cubiertos por un manto blanquísimo que brillaba con la tenue luz del sol de invierno, como si jugara al escondite con las nubes. De noche, las bolitas coloridas de los árboles navideños, el denso humo de las chimeneas y el aroma de los panes de miel creaban un ambiente de ensueño. Una atmósfera jubilosa se apoderaba de los corazones y los niños se dedicaban a confeccionar, con sus propias manos, los regalos que le darían al Niño Jesús en la iglesia parroquial, después de la Misa del Gallo.

Rudolf era el hijo mayor de una numerosa familia. Ayudaba a su madre en el cultivo de legumbres y era muy mañoso con las cosas del campo.

En aquel momento se encontraba serruchando, con decisión y energía, un gran tronco de madera que había cogido en el bosque.

Poco a poco iban llegando sus hermanos para echarle una mano. Entre todos decidieron obsequiarle al divino Infante con una nueva cunita, pues la del Pesebre de la parroquia era tosca y ya estaba muy desgastada. Serraron, lijaron, clavaron puntas, pulieron y la adornaron con pajas y ramas de pino.

El mueblecillo quedó listo y muy lindo, elaborado con mucho amor.

Aquella pintoresca aldea alemana parecía que estaba hecha de mazapán.

Horas más tarde llegó su madre, doña Gertrudis. Tras la muerte de su marido se había vuelto una mujer amargada. Pero lo peor había sido la súbita pérdida de la Fe. Como la familia era pobre, con cuatro niños aún pequeños, para mantenerlos tenía que trabajar de lavandera y limpiadora en otras casas. Y en vez de pedir el auxilio del Cielo, confiando en el Buen Dios, que a nadie desampara, se rebelaba ante su situación. Cuando vio la cunita y adivinó su destino, se llenó de cólera y la tiró a la hoguera diciendo:

— Ya os he dicho que este año no habrá Navidad. ¿Qué vamos a celebrar?

Si el Niño Jesús existiese nos estaría ayudando... Además, no tenemos dinero para la leña y estos trozos de madera nos han venido muy bien, porque hace frío y necesitamos alimentar el fuego.

Con cara de pocos amigos se fue a la cocina para preparar la comida.

Los niños se echaron a llorar.

Franz decía bajito, entre sollozos:

— Rudolf, quiere decir que... ¿no podremos ofrecerle ningún presente al Niño Jesús?

— ¡Ánimo! Ya se nos ocurrirá alguna cosa...

Helga, la benjamina replicó:

— Le podemos hacer una bonita ropita.

Se pusieron a buscar algunos retales en la caja de costura de su madre, pero no encontraron tejido suficiente y, además, no tenían manos hábiles para confeccionar nada...

Anette tuvo la idea de preparar galletas y panes de miel, pero la falta de ingredientes y de dotes culinarios les quitó la alegría. A Ralf se le ocurrió componer una música. Cogió su flautita y empezó a tocar, pero la desafinación fue estrepitosa...

Atraída por la algazara, doña Gertrudis se dirigió al salón y les dijo:

— ¡Queréis dejar de alborotar!

¡Queréis dejar de alborotar! Que van a venir los vecinos para ver qué es lo que está pasando.

Que van a venir los vecinos para ver qué es lo que está pasando.

Helga con voz trémula le respondió:

— Pero mamá, ¡nuestra familia será la única que no va a celebrar la Navidad…!

— ¡Eso me importa poco! Si ese Jesús del que habláis fuese de verdad Dios, ya habría mejorado nuestra mísera condición.

Todos se quedaron muy tristes y acongojados. Cuando se fue su madre, Franz les dijo a sus hermanos:

— Vamos a rezar y pedirle a la Santísima Virgen que nos ayude a conseguir un regalo para su divino Hijo.

— Y para ablandar el duro corazón de mamá…, añadió Anette.

Se arrodillaron todos y se pusieron a rezar con mucha devoción y piedad.

Días después Rudolf fue a una aldea vecina para vender los productos de su huerta. Cuando acabó el trabajo, una mujer que había observado su responsabilidad y empeño le dio una hermosa rosa de su invernadero, para complacerle.

La fisonomía del muchacho se iluminó. ¡Ahí estaba el regalo para el Niño Jesús! Una flor tan bella como ésa, en pleno invierno, era una rareza. Regresó apresuradamente a su casa para mostrarles a sus hermanos que Nuestra Señora había escuchado sus oraciones.

Tomaron la precaución de esconder muy bien la flor en una cajita para que su madre no la destruyera.

Cuando llegó la Nochebuena, doña Gertrudis decretó que todos tenían que irse a la cama antes de las diez. Los demás hogares de la aldea, incluso los más humildes, estaban engalanados, alegres y repletos de manjares. Los campesinos se pusieron sus mejores ropas para participar en la Misa del Gallo.

Únicamente la casa de doña Gertrudis permanecía triste y apagada...

Sin embargo, cerca de la media noche, los niños se vistieron a escondidas y salieron por la ventana para ir a la iglesia. Con mucho cuidado llevaban la caja que contenía el precioso obsequio.

Cuando llegaron al templo, la abrieron para darle una miradita y... ¡horrible sorpresa! La rosa se había marchitado completamente. ¿Y ahora qué? Sin saber cómo solucionarlo, decidieron entregarla así mismo, seguros de que el Niño Jesús conocía la intención de sus corazones.

Después de la Misa, al son del Noche de Paz , los niños se dirigían en fila hasta el Pesebre llevando sus regalos: vestiditos de terciopelo, incienso, perfumes, todo tipo de mazapanes y chocolates, cestas de frutos secos adornadas con primor... También los hijos de doña Gertrudis se acercaron y cuando Rudolf abrió la cajita… ¡oh prodigio! No sólo había una, sino cinco bellísimas rosas de colores variados, agrupadas en un bonito ramo con una delicada cinta de seda.

En ese mismo instante entraba en la iglesia su madre. Al sentirse rodeada por un ambiente cargado de bendiciones y contemplar la Fe inocente de los niños, la pobre señora irrumpió en llanto. Con lágrimas en los ojos, se arrodilló ante el Pesebre , le pidió perdón a Dios por sus faltas y delante de todos le ofreció al Divino Infante su corazón contrito y humillado.

El pueblo amaba a esta mujer tan sufrida, a pesar de todos sus malhumores y sus rudezas. Se condolía por la desdichada vida que llevaba y tenía pena de los sufrimientos de sus hijos. Por eso, al verla milagrosamente arrepentida, la iglesia entera estalló en un maravilloso cántico de acción de gracias.

A partir de esa noche, todo comenzó a mejorar en aquella familia. Rudolf encontró un excelente empleo, cerca de casa. Ralf, Franz, Anette y Helga crecían dando alegrías a la buena Gertrudis, quien se convirtió en una extremosa madre y solícita vecina, además de una de las más piadosas feligresas de la aldea.

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