
Con su traje rústico, caminaba apresuradamente en dirección a su labor, para dar inicio a la cosecha de aquel año. Dentro de pocos días comenzaría la gran feria, donde él pretendía llevar sus mejores frutos.
El modesto campesino, a pesar de su avanzada edad, todavía se mantenía bien dispuesto y recorría alegre y decidido todos los caminos y arboledas de su inmenso “campo expresivo” — así acostumbraba a llamar a su plantación, debido a la multiplicidad de colores -, cogiendo los frutos de los árboles, algunos de ellos ya añejos, y de los cuales él cuidaba con especial esmero.
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