sábado, 21 de enero de 2012

La casa de Dios y puerta del Cielo

Don Roberto era un próspero abogado que pertenecía a una familia de tradición en el mundo del Derecho y era muy respetado en la sociedad en la que vivía.

No tenía hijos y su joven esposa, Raquel, era una católica ejemplar, pero sufría por la falta de niños que alegrasen su hogar.
“¿Iglesia? ¿Para qué? Dios ya tiene su casa en el Cielo...”
No obstante, todavía sufría más al ver a su marido preocupado únicamente con el trabajo y los negocios, despreciando todo lo referente a la Iglesia y a la Religión.

Todos los días rezaba el Rosario pidiéndole a la Santísima Virgen su intercesión para que Dios le concediera la gracia de ser madre y para convertir el duro corazón de su esposo. No podía ir nunca a la iglesia porque don Roberto le decía:

— ¿Iglesia? ¿Para qué? Dicen que es la casa de Dios. Pero cómo va a querer Dios estar recluido en un solo sito... Dios ya tiene su casa en el Cielo, no necesita casas en la Tierra.

Raquel oía estas palabras con lágrimas en los ojos y mucho dolor: ¿cómo una persona podía ser tan ingrata con Dios, que nos ha dado el ser, la vida, la naturaleza, en una palabra, nos lo ha dado todo? ¿Cómo podía haber olvidado las gracias recibidas en la infancia, especialmente las de la Primera Comunión?

Sin embargo, no se desanimaba y continuaba rezando y rezando.

Una tarde el letrado llegó a su casa comentando que había recibido la propuesta de asumir el despacho de abogacía en una ciudad vecina. Es cierto que ésta era pequeña, pero todos los asuntos jurídicos de los alrededores vendrían a parar a él. Ya había decidido aceptar la oferta y en un mes se mudarían.

Las esperanzas de Raquel aumentaron ante la perspectiva de una nueva vida. Quizá en una población más reducida su esposo tendría más tiempo para oír la voz de Dios...

¡Y no se equivocó! En la ciudad donde se establecieron, todos los días el repique de las campanas inundaba el ambiente con su retumbante sonoridad, avisando el inicio de la Misa de la mañana y el de la tarde. Don Roberto era muy sensible a la música y para escuchar mejor aquellos hermosos sonidos detenía siempre el trabajo y se acercaba al balcón.

Su nuevo despacho estaba situado en la calle principal, en la segunda planta de una casa antigua, muy bien cuidada y atrayente. Y diariamente, a la misma hora, mientras oía la melodía de las campanas, observaba a una viejecita que subía despacito la cuesta que conducía a la catedral. No había un solo día que la anciana no pasara por allí, vestida con sencillez y modestia, con paso lento y firme. Y él pensaba:

— Irá a la iglesia. ¿Qué es lo que habrá allí que atrae tanto a una mujer de esa edad y que no falta un solo día?



Y la dureza del abogado iba siendo ablandada por la perseverancia de la devota ancianita. Raquel, que no dejaba de rezar, acompañaba en algunas ocasiones a su marido al balcón del despacho para ver también a la fiel anciana en su paseo para asistir a Misa. Cómo deseaba acompañarla... Confiaba que eso sucediera algún día.
La viejecita, encorvada por el viento, subía penosamente en dirección a la Iglesia.
El invierno había llegado y con él, la nieve. La ciudad, en medio de altas montañas, quedó blanquísima, pero helada. Y el viento por causa de la altitud castigaba aún más. Una tarde bastante fría don Roberto decidió cerrar el despacho más temprano porque comenzó una tremenda tempestad de nieve. Ni siquiera las campanas de la catedral tocaron para la Misa vespertina.

Sin embargo, la gracia divina trabajaba el corazón de aquel incrédulo abogado... Al mirar el reloj y ver que era la hora de la Misa pensó:

— ¡Ah! Hoy no hay campanas. Es imposible que “mi ancianita” se aventure a dar un paseo tan arriesgado.

Y, seguidamente, se acercó a la puerta del balcón. Cuál no sería su sorpresa al ver a aquella señora mayor, con un paso más lento todavía, encorvada por el viento, toda encapotada, dirigiéndose a Misa. Pero como la cuesta tenía mucha nieve, la pobre mujer tuvo que ayudarse en la subida apoyando las manos en el suelo, para no resbalarse.

Don Roberto exclamó boquiabierto:

— ¡No es posible! ¿Qué es lo que mueve a esa señora a enfrentar semejante temporal?

Y cogiendo el abrigo, la bufanda y el sombrero, y poniéndose las botas de agua, decidió seguirla. Necesitaba saber qué fuerza impulsaba a aquella mujer. Cuando llegó a la cuesta no tuvo más remedio que imitar a la anciana, apoyando también las manos en el suelo, pues estaba muy resbaladizo.

¡Quién lo diría! Aquel incrédulo abogado enfrentando una tempestad de nieve, andando prácticamente a gatas, para ver qué había en esa iglesia, que tanto despreciaba...

Al entrar en la catedral, la penumbra de la iluminación, la luz de la lámpara del Santísimo, el sonido del canto gregoriano, entonado por el sacerdote y el monaguillo, y la voz firme de la anciana respondiendo la Misa tocaron su alma.

Mirando al sagrario, cuya dorada puerta parecía relucir en medio de todo aquel ambiente de paz, cayó de rodillas, llorando, y diciendo en voz baja:

— Verdaderamente, esta es la casa de Dios. ¡Y la puerta del Cielo!

Cuando la Misa terminó, se acercó al sacerdote y le contó toda su historia. Le pidió la confesión y, a partir de entonces, hizo el propósito de no abandonar nunca más la Religión.
Arrodillado, decía en voz baja: “Allí está la casa de Dios, ¡y la puerta del Cielo!”
Al llegar a su casa se lo contó todo a Raquel que, emocionada, sólo agradecía a la Virgen el milagro de esta conversión.

No obstante, como Nuestra Señora nunca se deja ganar en generosidad, algún tiempo después recompensó a la piadosa mujer con la gracia de la maternidad. Y cada niño que nacía, el joven matrimonio lo bautizaba inmediatamente y lo consagraba a María, para que Ella misma fuera su auxilio y amparo durante esta peregrinación terrena. Y tan pronto como el bebé empezaba a comprender las cosas, don Roberto le enseñaba en primer lugar, mostrándole las imponentes torres de la catedral:

— Mira, están tocando las campanas de la iglesia. Allí está la casa de Dios, ¡y la puerta del Cielo!

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