viernes, 29 de abril de 2016

Emaús o el esbozo de una Misa - P. Rafael Ibarguren EP – Asistente Eclesiástico

Estamos todavía en el tiempo litúrgico en que se celebra la Pascua del Señor.

Jesús se aparece numerosas veces durante los cuarenta días que median entre el domingo de Pascua  y la Ascensión. Esas apariciones están registradas en libros del Nuevo Testamento, aunque no todas. El encuentro del Resucitado con María Santísima, por ejemplo, no consta en el Canon de las Escrituras; pero es seguro que Él no pudo dejar de celebrar su triunfo sobre la muerte con la Madre.


Sobre este particular, la exégesis bíblica -católica, claro- es unánime. Papas, teólogos y santos, profesan esa creencia; es el caso, por ejemplo, de Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, María de Agreda, Juan Pablo II, etc.

En total son dieciocho los relatos de los textos canónicos que nos hablan de once apariciones del Resucitado.

Muy significativa, detallada y emocionante es la narración de San Lucas (24, 13-25) donde se nos dice que en “aquel mismo día” (el de la Resurrección), el Señor se manifestó a dos discípulos que caminaban desanimados hacia una aldea, Emaús. El evangelista Lucas sería uno de ellos, el otro se llamaba Cleofás.

Nos interesa recalcar que la narración de la secuencia del encuentro de Jesús con ambos, evoca la celebración de una Misa. Veamos:
 
La escena se da en el día domingo, el primer día de la semana, el día de Pascua. Es el día del Señor, el día en que la celebración eucarística es de precepto.

Otro dato significativo es el hecho que iban dos (¡un Tercero se sumará después!). Por lo tanto no se trata de un individuo suelto sino de dos que van juntos y unidos, como en la Misa, forman un cuerpo, una familia, una comunidad.

Los caminantes están tristes, apesadumbrados, confundidos. Esas son un poco las disposiciones de los fieles en la primera parte de la Misa en que nos reconocemos pecadores y pedimos perdón; ¡“Señor ten piedad”!

Cuando se encuentran con el Divino Maestro (a quien no reconocen al principio), es el momento de la liturgia de la palabra: “¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?” Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y luego todos los profetas”. Es la escucha de la Palabra y de la homilía. Las dudas se aclaran, la fe se reenciende y los sentimientos heridos se ponen en orden: “¿No sentíamos arder nuestro corazón?”, comentarán los dos después.

En determinado momento, cuando Jesús hace ademan de alejarse le dicen: “Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde”. Después de la escucha, llega el momento de la respuesta. En la Misa, confesamos nuestra fe proclamándola con la recitación del Credo y haciendo con que Dios permanezca con nosotros, inclusive cuando anochece. ¡Creo! es la respuesta de la fe en toda circunstancia.

Después viene el ofrecimiento: los discípulos invitan al caminante a entrar y le presentan el pan y el vino, como se hace en el ofertorio de nuestra Misa.

“Mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Es el momento de la consagración y de la comunión. Ahí ambos caen en sí y le adoran, como los fieles que al recibir a Cristo dicen “Amen” ante su real presencia. “En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

La acción de gracias después de la comunión es la ocasión en que nuestra alma se llena de gozo en la evocación del don infinito recibido. Después de compartir el Pan, ellos se dijeron: “¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” La comunión potencia todo lo que hemos aprendido y vivido durante el día a día de bautizados.

Por fin, después de haber tenido la bendición de un tal encuentro, se retiran y se van a evangelizar: “De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo (…) contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. Es el Ite missa est de la Misa, que equivale a un envío a vivir lo que se ha celebrado. Los dos del relato se ponen en misión: han sido testigos de la Resurrección y van a anunciarla a los demás contando la experiencia vivida. Hacen como los Reyes Magos que, según nos narra el Evangelio, “volvieron a su tierra por otro camino” (Mt. 2, 12). En realidad su “nuevo camino” es el hecho de dejar el paganismo y de abrazar el culto al Dios verdadero, al que acababan de adorar y de ofrecerle regalos en lo que fuera su peculiar “eucaristía” que en griego significa “acción de gracias”.

Estos discípulos que volvían desanimados a su pequeña vida de otrora abandonando sus compromisos, dejan la ruta de Emaús y retornan a Jerusalén. Emaús es un camino de deserción; Jerusalén es camino de conversión.

Cada Misa, cada comunión sacramental o espiritual, cada acto de adoración, es un contacto transformador con el Dios vivo que viene a nuestro encuentro, y una invitación a dejar rumbos mezquinos para volver a los compromisos de la fe.

Asunción, mayo del 2016

http://www.opera-eucharistica.org/espa%C3%B1ol/espiritualidad/mensaje-del-asistente-eclesi%C3%A1stico/

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