martes, 9 de marzo de 2010

El verdugo de San Dionisio - cuentos para niños

¡Que la paz sea contigo!.
Con esta frase, Laercia despertó a su esposo, el rubio y gigantesco Tubaldo, que abandonó su cama rezongando, porque esa clase de saludos no eran de su agrado.
¡Bah! ¿Quién piensa perturbar la paz? Harías mejor si recurrieres a Wotan (el dios de los germanos) para hacerme ganar unas buenas monedas hoy en la feria.

Entristecida por la áspera reacción de su marido, Laercia se apuro en servirle la comida matinal: Cuatro truchas en mantequilla, dos rebanadas de hígado de cerdo, un plato de patatas asadas, quesos de leche de cabra y gruesas rodajas de pan.

-- ¡Una hermosa mañana! Hoy habrá mucha gente en la feria de Lutecia, y me dijeron que el Magistrado Fescemio realizara un juicio--- comentó mientras comía.

--¿Quién será juzgado?—pregunto Laercia con inquietud.

--¡No faltan malhechores en Lutecia! Pero bueno, tal vez sean juzgados algunos más de esos cristianos...

-- ¿Cristianos? ¡Que mal hacen ellos?

-- Se niegan a sacrificar a los dioses.
respondió Tubaldo

-- ¿Pero por qué no pueden permanecer fieles a su Dios?

-- ¿Y qué mal les hace echar unos granos de incienso a Júpiter o Mercurio? Yo lo hago y sin embargo Wotan, que es mi dios, no le importa eso...

Tubaldo abrazo a su esposa y salió. Tenía que apresurarse, porque estaba atrasado. Una vez a solas, Laercia fue a un rincón de la sala para arrodillarse frente a una columna en la que había una tosca imagen esculpida. Sin que su marido lo supiere ella era cristiana.

La feria de Lutecia

Tubaldo caminaba rápido, porque tenía que recorrer hasta Lutecia. Cuando llego, la enorme plaza frente al templo de Mercurio (dios del comercio) estaba llena de feriantes, compradores y curiosos.
¡Era la feria mas increíble que nos podamos imaginar!. Ahí había domadores de osos entremezclados con vendedores de toda clase de objetos, malabaristas, cantores, bailarines, hechiceros, adivinos, pitonisas. Todos gritando al mismo tiempo para captar la atención de los eventuales compradores.
Tubaldo se enfureció porque había llegado tarde y no encontraba lugar alguno para ejercer sus habilidades. Pero su amigo Bela, el domador de osos, le había guardado un buen espacio junto al primer peldaño de las escalinatas del templo. ¡Mejor sitio no podía encontrar!

La profesión de Tubaldo.

Contento y animado con la perspectiva de un día lucrativo, el gigante rubio anunció el comienzo de su espectáculo. Mientras al lado Bela hacía bailar a sus osos amaestrados, Tubaldo...tragaba espadas. Así es, era un tragaespadas de gran renombre en Lutecia y en toda la región.
Apenas terminaba de tragar las primeras, cuando varias monedas eran arrojadas sobre su manto entendido. En pocas horas pudo recaudar una considerable suma.

Todo parecía ir cada vez mejor cuando... el vibrante sonido de las trompetas anunció la llegada del Magistrado Fescemio. Deteniéndose ante la escalinata del templo, observó por unos instantes al gigante rubio parado al frente suyo.

-- ¡Hum, un hombre grande este!
Masculló de mala gana.

-- Es el que traga cuchillos y espadas.
¿Le gustaría verlo trabajar? Pregunto un funcionario.

Fascemio accedió.

Tubaldo hizo una demostración de su arte. Espadas romanas, sables dacios, espadas germánicas, todo desaparecía en su prodigiosa garganta. Como retribución, una lluvia de monedas cayó sobre su manto, dejándolo radiante de alegría.

El martirio de San Dionisio

Fescemio subió a la escalinata del templo y se sentó al lado del altar portátil del dios Mercurio, sobre el que ardía un fuego de madera aromática. A una señal suya, la multitud guardó silencio.
Un oficial de voz potente leyó el decreto del Emperador, determinando la eliminación de todos los cristianos del territorio de Lutecia.
Los guardias hicieron salir a tres hombres cargados de cadenas desde el templo, donde estaban presos. Dos de ellos, ricamente vestidos, eran personajes importantes de la ciudad. El tercero, un anciano flaco y erecto, de barba blanca, vestía una larga túnica de lino. Era el obispo Dionisio.
Los dos primeros, aunque cristianos sinceros, flaquearon. Para salvar esta vida efímera y conservar las riquezas terrenales, quemaron incienso al ídolo y se retiraron cargados de remordimiento.

Llego el turno del obispo.
Calmo y recogido, clavando lejos su límpida mirada, parecía no oír siquiera los repetidos gritos del magistrado, ordenándole hacer sacrificio al ídolo.
Enfurecido, Fescemio dio un espantoso grito:
¡Sacrifica! ¡Si no morirás inmediatamente y todos tus bienes serán confiscados!

-- ¡Soy cristiano! No haré sacrificios a los falsos dioses. Moriré con alegría confesando el nombre de Jesucristo. En cuanto a mis bienes, como no son de este mundo, no los podrás confiscar. Le respondió Dionisio.

Volviéndose a los guardias, Fescemio ordenó ejecutar en el mismo lugar al venerable anciano, que permanecía de pie en lo alto de la escalinata, mientras todos se agitaban en torno a él debido a un hecho imprevisto: el verdugo también era cristiano... ¡y había escapado para no verse obligado a decapitar a su obispo!

Enfurecido en extremo, el alto magistrado buscaba un sustituto para la infausta tarea, pero todos le evitaban. Por fin su mirada se posó sobre Tubaldo:

-- Tú que tragas espadas, ¿Sabes hacer uso de ellas?
-- No es mi oficio, señor—respondió.
--¿Qué importa? ¡Es una orden!
-- Soy un hombre libre.

Rojo de cólera, Fescemio gritó a los guardias:
-- ¡Tomen a ese perro, y si no me obedece, cuélguenlo en el primer árbol y mátenlo a golpes de lanza!

Los guardias se precipitaron sobre Tubaldo y lo arrastraron hasta lo alto de la escalinata. De pronto sentía en su contra todo el formidable poder del Imperio Romano. Le parecía estar en una pesadilla. Veía la fisionomía de miedo de su esposa, miraba al respetable anciano con la cabeza sobre el cepo de madera, sentía la furia de Fescemio... Pero si no lo mataba, ¡sería él mismo quien moriría!

Una voz encolerizada hizo que los guardias los rodearan con sus lanzas, listos para descargar los golpes mortales si no cumplía inmediatamente la orden recibida. Tubaldo dio entonces un golpe fatal. Con los ojos desencajados vio brotar, mientras rodaba por el piso la cabeza del mártir.

-- ¡Ahí tienes pata ti!—dijo Fescemio, lanzándole una bolsa llena de monedas.


Conversión de Tubaldo.


El verdugo improvisado no recogió la bolsa. Soltó la espada y se puso a correr, deteniéndose tan solo cuando llego a su casa. Allá cayó de rodillas, con las manos aun en sangre.

--¡Mate a un Justo!, ¡Mate a un santo!

Cuando su esposa logró calmarlo por fin, muy conmovido Tubaldo se lo contó todo. Hasta avanzadas horas de la noche el infeliz continuaba lamentándose:

-- ¡Mate a un Justo! ¡Seré castigado!

De pronto se dejo oír una suave y dulce melodía llegada de afuera. Admirados, los dos se acercaron a la ventana y vieron a lo lejos que una tenue luz venía en dirección a la casa. Para sorpresa de Laercia, su esposo palideció, dio un paso atrás y grito:

-- ¡Es él!! Seré castigado!

Lo que ocurría era terrible y maravilloso a la vez. Una figura humana rodeada de luz avanzaba por el campo. Aproximándose a la casa, sin que nadie le abriera la puerta entró en la sala, que se iluminó repentinamente.
Los dos cayeron de rodillas.
Frente a ellos estaba de pie el cuerpo del obispo Dionisio, sujetando en las manos su cabeza mutilada, con los ojos cerrados como en un profundo sueño. Entonces, sus labios se abrieron y pronunciaron estas palabras:

-- ¡Tubaldo, yo te perdono!!

El obispo dio algunos pasos más, depositó su cabeza al pie de la columna que servía de oratorio a Laercia, y finalmente se tendió como un muerto.
En ese mismo instante resonó en la vivienda una alegre melodía. Dirigiéndose a su esposa, conmovido su esposo dijo:

-- ¡Yo también quiero ser cristiano!!
-- Hace mucho tiempo que soy cristiana, y recé tanto por tu conversión!! -- Exclamó Laercia, desbordante de emoción y de alegría.

Ambos se apresuraron a enterrar en su propia casa al obispo mártir.

El año 650, el rey Dagoberto hizo construir en ese lugar una basílica llamada Saint Denis (San Dionisio). La colina donde le cortaron la cabeza recibió el nombre de “Le Mont des Martyres”, actual Montmartre de París.

lunes, 8 de marzo de 2010

Santo del día

San Juan de Dios
Publicado 2011/03/08
Autor : Catholic.ne
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Religioso, 8 Marzo

"En el año de 1538, reinando en españa el Emperador Carlos V, y siendo Arzobispo de la Ciudad de Granada don Gaspar de Avalos... que alcanzó felicidad en sus tiempos, de florecer en su obispado hombres señalados en santidad y virtud; entre los cuales fue unop, pobre, bajo y desechado en los ojos de los hombres, pero muy conocido y estimado en los de Dios, pues mereció llamarse en apellido Juan de Dios”

Se trata de Juan Ciudad Duarte, un hombre nacido año 1495 en el pueblo portugués de Montemor o Novo, del obispado de Évora, Portugal y que muere en Granada, España, el año 1550 a la edad de 55 años, siendo considerado uno de los tesoros de la ciudad. Para todos es conocido como "el santo". El apellido de Dios le vino impuesto por un Obispo conocedor de su obra a favor de los pobres y enfermos. No cabe mayor honor que apellidarse de Dios y nada refleja mejor el modo de hacer de este hombre.

Aparece a la edad de ocho años en el pueblo toledano de Oropesa. En las biografías de Juan de Dios, hay las grandes lagunas y muchos interrogantes, algunos todavía no resueltos, en relación a su ascendencia, pueblo, familia, vida, hasta bien entrado en años... La tradición habla que vino con un clérigo que pasó por su casa y es acogido en la de Francisco Cid Mayoral donde vivió mucho tiempo, casi la friolera de 29 años en dos ocasiones diferentes.

Siendo mancebo de veintidós años le dio voluntad de irse a la guerra" luchando en la compañía del Conde de Oropesa, al servicio del Emperador Carlos V que fue en socorro de la plaza de Fuenterrabía atacada por el Rey Francisco I de Francia. La experiencia no puede ser más desastrosa, está a punto de ser ahorcado y regresa de nuevo a Oropesa hasta que es solicitado para defender Viena, en un momento de amenaza por parte de los turcos.

Después de estas experiencias guerreras vuelve al oficio de pastor, leñador para ganarse el sustento, albañil en la construcción de las murallas de Ceuta y finalmente, inicia en Gibraltar el oficio de librero, que ejerce en Granada de forma estable en un puesto de la calle Elvira, hasta su conversión.

En Granada comienza la ve Juan de Dios, cuando más asentado y cuando al parecer, había terminado su “andadura” española y europea. Juan había caminado tanto en bucsa de una cita que por fin acontece el año 1539, fiesta de S. Sebastián en el Campo de los Mártires, a la vera de la Alhambra. Ese día un predicador de fama, S. Juan de Ávila es el encargado del sermón. No sabemos qué munición usó el "maestro Ávila", el caso es que el corazón de Juan de Dios quedó tocado, sus palabras "se le fijaron en las entrañas" y "fueron a él eficaces", dice su biógrafo Castro. Juan parece haberse vuelto loco y grita, se revuelca clamando "misericordia". Se produce un total despojo de sus pocos haberes, hasta de sus vestidos...

El pueblo se divide: unos dicen que era loco y otros que no era sino santo y que aquella obra era de Dios. Aquello era ni más ni menos que la cita con Dios.

No es un asunto fácil. Desde ahora comienza una nueva aventura totalmente inédita en la vida de Juan. Después de la experiencia espectacular de su conversión tiene que entrar en contacto con los pobres más marginados de siempre, los enfermos mentales. “Dos hombres honrados compadecidos tomaron de la mano a Juan y lo llevaron... ¿Dónde? Al manicomio. Un ala del Hospital Real de Granada estaba ocupada por los locos. Allí, siente en sus carnes el duro tratamiento que se da a estos enfermos en su propia carne y se rebela de ver sufrir a sus hermanos. De esta experiencia surge la conversión a los hombres, que ya serán para Juan, "hermanos". "Jesucristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo".

El corazón herido, cogido por el amor desbordante de Dios no le dejará en paz hasta el último momento en que muere de rodillas. En el año 1539, de acuerdo con san Juan de Avila, es huésped en Guadalupe donde se prepara en las artes médicas, y en 1540 inicia su primera obra, un pequeño hospital en la calle de Lucena, "tanta gente acudía por la fama de Juan y por su mucha caridad que los amigos le compraron una casa para hospital en la cuesta Gomérez”.

La fama de Juan es grande en Granada: acoge a todos los pobres inválidos que encuentra, a los niños huérfanos y abandonados, visita y rehabilita a muchas mujeres prostitutas, y todo sin renta fija, salvo la limosna en la cuál es verdadero maestro, "¿quién se hace bien a si mismo dando a los pobres de Cristo?" -sería su lema cotidiano. El corazón encendido de Juan, contrasta con el fuego del Hospital Real en llamas el día 3 de julio de 1549. Allí acude como toda la ciudad, pero no para lamentarse, sino para remangarse y entrar y sacar los enfermos saliendo sano y salvo. Desde ese momento, Juan adquiere la categoría de santo y su fama llega a todos los que pudieran tener alguna duda de su pasado en la zona de los enfermos mentales. En el mes de enero de 1550, tratando de salvar a un joven que se estaba ahogando en el río Genil, enfermó gravemente.

En el lecho de muerte a Juan le queda la herencia que entrega al arzobispo y a su sucesor, Antón Martín: libro de las deudas y los enfermos asistidos. Así se continúa la obra de Juan de Dios hasta nuestros días.
Juan muere el día 8 de marzo de 1550. Su entierro es una auténtica manifestación de duelo y simpatía hacia su persona y su obra.

domingo, 7 de marzo de 2010

La maravillosa historia de la Madre del Buen Consejo

Nuestra Señora del Buen Consejo de Genazzano
Envuelta en una nube luminosa, la imagen de la Madre del Buen Consejo se trasladó de Albania a la ciudad de Genazzano (Italia), iniciando un desfile ininterrumpido de milagros y gracias.

En las lejanas tierras de Albania, más allá del Adriático, se encuentra la pequeña ciudad de Scútari. Edificada en una escarpada colina a cuyos pies fluyen los ríos Drina y Bojana, desde el siglo XIII tenía en su poder un precioso tesoro: la hermosa imagen de “Santa María de Scútari”. El santuario que la albergaba era el centro de peregrinación más concurrido del país, un importante punto de referencia para los albaneses en materia de gracias y consuelo espiritual.

La imagen es una pintura realizada sobre una delgada capa de estuco, de 31 cm. de ancho por 42,5 cm. de largo. Una penumbra de misterio y milagro cubre los orígenes del sagrado fresco: nadie sabe cuándo ni por quién fue pintado.

Intimidad y unión de alma

Detengámonos un poco a contemplar esta maravillosa pintura.

Representa a la Santísima Virgen con inefable afecto maternal, amparando en sus brazos al Niño Jesús bajo un sencillo arco iris. Los colores son suaves, y finos los trazos de los admirables semblantes.

El Niño Jesús refleja el candor de su corta edad y la sabiduría de quien observa toda la obra de la creación como Señor del pasado, del presente y del futuro. Con indescriptible cariño, el Divino Infante presiona ligeramente su rostro contra el de su Madre. Entre ambos existe una atractiva intimi dad; la unión de almas se trasluce en el intercambio de miradas. La Virgen, en altísimo acto de adoración, parece es­tar ocupada en adivinar lo que sucede en lo íntimo del Hijo. Al mismo tiem­po, toma en consideración al fiel que se arrodilla afligido a sus pies, hacién­dolo partícipe, de alguna manera, en la celestial convivencia que el cuadro nos ofrece. No hace falta decir nada; bas­ta con que el necesitado se aproxime, y sentirá producirse en su alma una acción balsámica.

Scanderbeg, varón Providencial

A mediados del siglo XIV Albania atravesaba grandes dificultades. Después de ser disputada durante siglos entre los pueblos vecinos, era invadida entonces por el poderoso imperio turco.

Sin estructura militar capaz de oponerse al enérgico adversario, el pueblo rezaba con angustia, confiándose al auxilio del cielo. La respuesta a tales oraciones no se hizo esperar: en la emergencia surgió un varón de Dios, de noble estirpe y devotísimo de María, decidido a luchar por la Patrona y por la libertad de su país. Su nombre fue Juan Castriota, en albanés llamado Scanderbeg.

A costa de inmensos esfuerzos bélicos, logró mantener la unidad y la fe de su pueblo. Las crónicas de su tiempo exaltan las hazañas realizadas por él y por los valerosos albaneJuan Castriota, Scanderbeg. Estatua de la “Piazza  Scanderbeg”, Romases que lucharon a su lado estimulados por su ardor.

Cuando los combates les daban tregua, se arrodillaban todos a los pies de “Santa María de Scútari”, de donde salían fortalecidos y obtenían portentosas y decisivas victorias contra el enemigo de la fe. En eso reluce una característica de aquella que el mundo conocería en el futuro como Madre del Buen Consejo: fortalecer a todos los que, combatiendo el buen combate, se le aproximan buscando aliento y valor.

Sin embargo… al cabo de 23 años de luchas, Scanderbeg fue llevado de esta vida. La falta del piadoso líder era irreparable.

Todos presentían que la derrota estaba próxima. El pueblo se encontraba ante la trágica encrucijada de abandonar la patria o someterse a la esclavitud turca.

Envuelta en una nube luminosa

En esa situación de perplejidad, la Virgen del fresco se aparece en sueños a dos valientes soldados de Scanderbeg, llamados Georgis y De Sclavis, para ordenarles que la sigan en un largo viaje. La imagen les inspiraba una gran confianza y arrodillarse a sus pies era motivo de gran consuelo para ellos.

Cierta mañana estando ambos sumidos en fervorosa oración, ven el más grande milagro de sus vidas.

El maravilloso fresco se desprende de la pared y, llevado por ángeles, envuelto en una blanca y luminosa nube, va retirándose suavemente del recinto. ¡Resulta fácil imagGeorgis y De Sclavis caminan sobre el  Mar Adriático, guiados por la propia  inar la reacción de los buenos hombres! Atónitos, siguen a la Virgen que avanza por los cielos de Scútari. Cuando se dan cuenta, están a orillas del Mar Adriático. ¡Habían recorrido treinta kilómetros sin sentir cansancio! Siempre rodeada por la blanca nube, la milagrosa imagen avanza mar adentro.

Perplejos, Georgis y De Sclavis no quieren dejarla; y entonces verifican, estupefactos y eufóricos, que bajo sus pies las aguas se convierten en sólidos diamantes, regresando al estado líquido tras su paso. ¡Qué milagro! Tal como san Pedro en el lago de Genezaret, estos dos hombres caminan sobre el Adriático guiados por la propia “Estrella del Mar”.

Sin saber decir cuánto tiempo caminaron, ni cuántos kilómetros dejaron atrás, los buenos devotos ven nuevas playas. ¡Estaban en la península itálica!
Pero… ¿dónde estaba Santa María de Scútari? Miran a uno y otro lado, escuchan otro idioma, sienten un ambiente tan diferente a su Albania ...

Pero ya no ven a la Señora de la luminosa nube. Había desaparecido. ¡Qué gran prueba! Comenzaron entonces una búsqueda infatigable. ¿Dónde estaría Ella ?

Petruccia, una mujer de Fe

En esa misma época, en la pequeña ciudad de Genazzano, no lejos de Roma, vivía una piadosa viuda llamada Petruccia de Nocera.

Para entonces ya era una octogenaria mujer de mucha rectitud, terciaria de la orden agustina, y cuya modesta herencia apenas le alcanzaba para vivir.

Petruccia era muy devota de la Madre del Buen Consejo, venerada en una vieja iglesia de Genazzano. La piadosa señora recibió del Espíritu Santo la siguiente revelación: “María Santísima, en su imagen de Scútari, desea salir de Albania”.
Si la comunicación sobrenatural la sorprendió, todavía más asombro causó en ella recibir de la Virgen misma la orden expresa de levantar el templo que debería recibir su fresco, así como la promesa de ser ayudada en el tiempo oportuno.

Comenzó, pues, Petruccia la construcción de la pequeña iglesia. Empleó todos sus recursos… que se terminaron cuando las paredes sólo llegaban al metro de altura. Los escépticos habitantes de la pequeña ciudad convirtieron a la viuda en blanco favorito de sus burlas y sarcasmos, llamándola loca, visionaria, imprudente y anticuada. Pero ella atravesó confiada esta prueba tal como Noé, de quien se mofaban todos mientras construía el arca.

“¡Un milagro! ¡Un milagro!”

Era el día 25 de abril de 1467, fiesta de san Marcos, patrono de Genazzano.
Beata Petruccia de Nocera
A las dos de la tarde, Petruccia parte camino a la iglesia, pasando por la bulliciosa feria donde se ofrece desde tejidos de Génova y Venecia hasta un elixir de eterna juventud o un “poderosísimo” licor contra cualquier tipo de fiebre.

En medio del vocerío, el pueblo siente una melodía de singular belleza venida del cielo. Se impone el silencio. Todos notan que la música proviene de una nubecita blanca, tan luminosa que ofusca los propios rayos del sol, la cual baja gradualmente hacia la pared in conclusa de una capilla lateral. La muchedumbre acude estupefacta, ocupa el pequeño recinto y ve deshacerse la nube.

Ahí estaba suspendido en el aire, sin ningún soporte visible el sagrado fresco, la Señora del Buen Consejo. “¡Un milagro, un milagro!”, gritan todos. ¡Qué alegría para Petruccia y qué consuelo para Georgis y De Sclavis cuando pudieran llegar allá! Se confirmaba el superior designio de la construcción iniciada, y empezaba en Genazzano un largo e ininterrumpido desfile de milagros y gracias obrados por la Virgen.

El Papa Pablo II, tan pronto como supo de los hechos, envió a dos prelados de confianza para investigarlos.

Éstos confirmaron la veracidad de lo que se decía, y atestiguaron diariamente innumerables curaciones, conversiones y prodigios realizados por la Madre del Buen Consejo. En los primeros 110 días después de la llegada, se registraron 161 milagros.

Consejo, corrección, orientación: grandes favores

Entre sus grandes devotos se destacan los papas san Pío V, León XIII –que introdujo a la Madre del Buen Consejo en la letanía lauretana–, san Pío X, Pablo VI y Juan Pablo II; y también numerosos santos como san Pablo de la Cruz, san Juan Bosco, san AlfonsoEl fresco de Nuestra Señora del Buen Consejo es traído por los ángeles de Ligorio o san Luis Orione. En el propio Santuario de Genazzano puede venerarse el cuerpo incorrupto del Beato Steffano Bellesini, uno de sus párrocos, gran propagandista de la devoción a la Madre del Buen Consejo.

También los Heraldos del Evangelio son devotos suyos. Tienen mucho que agradecerle por favores y gracias más importantes que la cura de enfermedades corporales.

Los milagros más grandes María los realiza en el interior del alma, aconsejando, corrigiendo, orientando.

Quien pueda venerar el milagroso cuadro de la Madre del Buen Consejo en Genazzano comprobará personalmente el torrente de gracias que brota de su semblante celestial, y comprenderá por qué razón quien haya estado alguna vez allá, sueña con regresar un día a esa sublime intimidad.

El fresco de Nuestra Señora del Buen Consejo de Genazzano

En la pequeña y bella ciudad de Genazzano, se encuentra un fresco de más
de siete siglos de existencia. Hasta hoy se desconoce dónde y por quién fue pintado. ¿Habrá sido su autor un ángel? ¿Será originario del Paraíso? Son preguntas osadas. Se comprende que ellas surjan, cuando se conoce la historia de los efectos producidos por esa piadosísima imagen, a lo largo del tiempo.

El fresco causa la impresión de haber sido pintado hace pocos días, incluso si se observa de cerca. Entretanto, hace 535 años que se encuentra junto a la pared de una capilla lateral de la iglesia. Más aún: según atestiguan los documentos, ¡se ha mantenido suspendido en el aire durante todo ese tiempo! Fue él trasladado de Scutari, Albania, a Genazzano por acción angélica.

Así describe esos sobrenaturales acontecimientos uno de los mayores entendidos en la materia:

“Traída por manos angélicas, se encontró [la imagen] suspendida allí en la rústica pared de la nueva iglesia, y con tres nuevos singularísimos prodigios entonces ocurridos. (…) La celeste pintura estaba sustentada por virtud divina a un dedo de la pared, suspendida sin fijarse en ella; y éste es un milagro tanto más estupendo si consideramos que la referida Imagen está pintada con colores vivos en una fina camada de revoque, con la
cual se destacó por sí misma de la iglesia de Scutari, en Albania; como aún por el hecho, comprobado mediante experiencias y observaciones hechas, de que, al tocarse en la Santa Imagen, esta cede” (Fray Angelo María De Orgio, Istoriche di Maria Santísima del Buon Consiglio, nela Chiesa de´Padri Agostiniani di Genazzano, 1748, Roma, p. 20)

En el S. XIX, otro estudioso de renombre observó del celestial fenómeno:

“Todas esas maravillas [de la Santa Imagen] se resumen, en fin, en el prodigio continuo que consiste en encontrar hoy esta Imagen en el mismo lugar y del mismo modo como ella fue ahí dejada por la nube en el día de su aparición, en la presencia de todo un pueblo que tuvo entonces la felicidad de verla por primera vez. Ella se posó a una pequeña altura del piso, a una distancia de aproximadamente un dedo de la pared nueva y rústica de la capilla de San Blas, y allí quedó, suspendida sin ningún soporte” (Raffaele Buonanno, Memorie Storiche della Immagine di Maria SS. Del Buon Consiglio che si venera in Genazzano, Tipografia dell´Immacolata, Nápoles, 20 ed., 1880, p. 44).
El cuerpo incorrupto del Beato Steffano  Bellesini es venerado en el propio Santuario de Genazzano
En la fiesta del bautismo de San Agustín y de San Marcos, patrono de Genazzano, el 25 de abril de 1467, alrededor de las cuatro de la tarde, una celeste melodía comienza a hacerse por los más variados rincones de la ciudad. Un gran número de personas, reunidas en la plaza del mercado, se ponen a indagar maravilladas de donde vienen los sublimes y arrebatadores acordes. Y he aquí que una divina sorpresa pasa delante de los ojos de todos: en medio de rayos de luz, una pequeña nube blanca desciende hasta una pared de la ya mencionada iglesia, cuyas campanas comienzan a repicar fuertemente y solas. Prodigio aún mayor: al unísono, la totalidad de las campanas de la ciudad tocan con energía.

Al deshacerse lentamente los rayos de luz y la nube, el bellísimo fresco que hasta hoy allí se encuentra pudo ser contemplado por el pueblo, y desde ese día no cesó de derramar copiosas gracias sensibles, haciendo justicia a la preciosa invocación de Madre del Buen Consejo.

La noticia de tan extraordinMons. João Clá, Fundador de los Heraldos  del Evangelio, delante de Nuestra Señora  del Buen Consejo, en Genazzanoario acontecimiento se esparció por toda Italia, como un relámpago. Dos días más tarde, se inicia una verdadera avalancha de milagros: un poseso se libra de los demonios, un paralítico camina con naturalidad, una ciega recupera la vista, un joven empleado recién fallecido resucita… En los ciento diez primeros días, María del Buen Consejo distribuye ciento sesenta y un milagros a sus fieles devotos.

Peregrinos de todo el país se mueven para recibir los beneficios de la Madre de Dios.

Delante del santo fresco, una cosa es constante: ninguno de los pedidos que le son dirigidos deja la Virgen de atender de alguna manera. En la dudas, en las perplejidades e incluso en las pruebas, después de un cierto tiempo de oración—mayor o menor, dependiendo de cada caso—María Santísima hace sentir en el fondo del alma en dificultades su sapiencial y maternal consejo, acompañado de mudanzas de fisonomía y de color de la pintura. Es indescriptible ese especialísimo fenómeno.

Fue en Genazzano, a los pies del santo fresco de la Madre del Buen Consejo, que nacieron los Heraldos del Evangelio. Allí, Ella los inspiró, orientó y fortaleció. Por eso, a ejemplo de tantos otros, los Heraldos del Evangelio la consideran como su patrona. Además, por privilegio concedido por el Santo Padre, lucran en el día de su fiesta, 26 de abril, una indulgencia plenaria.

jueves, 4 de marzo de 2010

Corpus Christi

Más que la Encarnación o la muerte en la Cruz, el amor de Dios para con los hombres manifestado en la Eucaristía ultrapasa nuestra capacidad de comprensión.

 María y Jesús caminan juntos. A través de Ella queremos permanecer en diálogo con el Señor, aprendiendo de este modo a recibirlo mejor. (Benedicto XVI, homilía de 11/9/2006)Corría el año de 1264. El Papa Urbano IV ordenó que se convocara una selecta asamblea que reuniese a los más famosos maestros de teología de aquel tiempo. Entre ellos se encontraban dos varones conocidos no sólo por el brillo de la inteligencia y pureza de su doctrina, sino por la heroicidad, sobre todo, de sus virtudes: Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura.

La razón de la convocatoria se relacionaba con una reciente bula pontificia en la que se instituía una fiesta anual en honor al Santísimo Cuerpo de Cristo. Para que esta conmemoración tuviese un gran esplendor, deseaba Urbano IV que se compusiera un Oficio, como también lo propio a la Misa a ser cantada en esa solemnidad. Así, solicitó a cada uno de aquellos doctos personajes que elaboraran una composición y se la presentasen en unos días, con el fin de escoger la mejor.

Célebre se hizo el episodio ocurrido durante la sesión. El primero en exponer su obra fue fray Tomás. Serena y calmamente, desenrolló un pergamino y los circundantes oyeron la declamación pausada de la Secuencia compuesta por él:

Lauda Sion Salvatorem, lauda ducem et pastorem in hymnis et canticis (Loa, Sión, al Salvador, alaba a tu guía y pastor con himnos y cánticos)… Admiración general.

Fray Tomás concluía: ...tuos ibi commensales, cohæredes et sodales, fac sanctorum civium (admítenos en el Cielo entre tus comensales y haznos coherederos en compañía de los que habitan la ciudad de los santos).

Fray Buenaventura, digno hijo del Poverello de Asís, sin titubear rasgó su composición; y los demás lo imitaron, rindiéndole tributo de esta manera al genio y la piedad del Aquinate. La posteridad no llegó a conocer las demás obras, sublimes sin duda, pero inmortalizó el gesto de sus autores, verdadero monumento de humildad y modestia.

Origen de la fiesta de “Corpus Christi"

Varios motivos condujeron a que la Sede Apostólica diese este nuevo impulso al fervor eucarístico, haciendo extensiva a toda la Iglesia una devoción que ya se venía practicando en ciertas regiones de Bélgica, Alemania y Polonia. El primero de ellos se remonta a la época en que Urbano IV, entonces miembro del clero belga de Liège, examinó cuidadosamente el contenido de las revelaciones con las que el Señor se dignó favorecer a una joven religiosa del monasterio agustino de Mont-Cornillón, cercano a aquella ciudad.

En 1208, cuando tenía sólo 16 años, Juliana fue objeto de una singular visión: un refulgente disco blanco, semejante a la luna llena, que tenía uno de sus lados oscurecido por una mancha. Tras algunos años de oración, le fue revelado el significado de aquella luminosa “luna incompleta”: simbolizaba la Liturgia de la Iglesia, a la cual le faltaba una solemnidad en alabanza al Santísimo Sacramento. Santa Juliana de Mont-Cornillón había sido elegida por Dios para comunicar al mundo ese deseo celestial.

Pasaron más de veinte años hasta que la piadosa monja, dominando la repugnancia que procedía de su profunda humildad, se decidiera a cumplir su misión y relatara el mensaje que había recibido. A pedido suyo, fueron consultados varios teólogos, entre ellos el P. Jacques Pantaleón —futuro Obispo de Verdún y Patriarca de Jerusalén—, que se mostró entusiasmado con las revelaciones de Juliana.

Algunas décadas más tarde, y ya habiendo fallecido la santa vidente, quiso la Divina Providencia que el ilustre prelado fuese elevado al Solio Pontificio en 1261, escogiendo el nombre de Urbano IV.

Se encontraba este Papa en Orvieto, en el verano de 1264, cuando llegó la noticia de que, a poca distancia de allí, en la ciudad de Bolsena, durante una Misa en la iglesia de Santa Cristina, el celebrante —que sentía probaciones en relación a la presencia real de Cristo en la Eucaristía— había visto como la Hostia Sagrada se transformaba en sus propias manos en un pedazo de carne, que derramaba abundante sangre sobre los corporales.

La crónica del milagro se difundió rápidamente en la región. El Papa, informado de todos los detalles, pidió que llevaran las reliquias a Orvieto, con la debida reverencia y solemnidad. Él mismo, acompañado por numerosos cardenales y obispos, salió al encuentro de la procesión que se había organizado para trasladarlas a la catedral.

Poco después, el 11 de agosto del mismo año, Urbano IV emitía la bula Transiturus de hoc mundo, por la que se determinaba la solemne celebración de la fiesta de Corpus Christi en toda la Iglesia. Una afirmación contenida en el texto del documento dejaba entrever un tercer motivo que contribuiría a la promulgación de la mencionada festividad en el calendario litúrgico: “Aunque renovemos todos los días en la Misa la memoria de la institución de este Sacramento, aún estimamos conveniente que sea celebrada más solemnemente, por lo menos una vez al año, para confundir particularmente a los herejes; pues en el Jueves Santo la IglQué sería de la Iglesia sin la Eucaristía? Sería un museo dotado de cosas antiguas y preciosas, pero sin vida. (...) Por esto Jesucristo en la Eucaristía es el corazón de la Iglesia (...) (Mons. Antonio Augusto dos Santos Marto, Obispo de Leiria-Fátima)esia se ocupa de la reconciliación de los penitentes, la consagración del santo crisma, el lavatorio de los pies y otras muchas funciones que le impiden dedicarse plenamente a la veneración de este misterio".

Así, la solemnidad del Santísimo Cuerpo de Cristo nacía también para contrarrestar la perjudicial influencia de ciertas ideas heréticas que se propagaban entre el pueblo en detrimento de la verdadera Fe.

En el siglo XI, Berengario de Tours se opuso abiertamente al Misterio del Altar al negar la transubstanciación y la presencia real de Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en las sagradas especies. Según él, la Eucaristía no era sino pan bendito, dotado sólo de un simbolismo especial. A principios del siglo XII, el heresiarca Tanquelmo esparcía sus errores por Flandes, principalmente en la ciudad de Amberes, afirmando que los sacramentos y la Santísima Eucaristía, sobre todo, no poseían ningún valor.

Aunque todas esas falsas doctrinas ya estuvieran condenadas por la Iglesia, algo de sus ecos nefastos aún se sentían en la Europa cristiana. Así que Urbano IV no juzgó superfluo censurarlas públicamente, de manera que les quitase prestigio e inserción.

La Eucaristía pasa a ser el centro de la vida cristiana

A partir de este momento, la devoción eucarística florecía con gran vigor entre los fieles: los himnos y antífonas compuestos por Santo Tomás de Aquino para la ocasión — entre ellos el Lauda Sion, verdadero compendio de teología del Santísimo Sacramento, llamado por algunos el credo de la Eucaristía— pasaron a ocupar un lugar destacado dentro del tesoro litúrgico de la Iglesia.

Con el transcurso de los siglos, bajo el soplo del Espíritu Santo, la piedad popular y la sabiduría del Magisterio infalible se aliaron en la constitución de costumbres, usos, privilegios y honras que hoy acompañan al Servicio del Altar, formando una rica tradición eucarística.

Aún en el siglo XIII, surgieron las grandes procesiones que llevaban al Santísimo Sacramento por las calles, primeramente dentro de un copón cubierto y después expuesto en un ostensorio. También en este punto el fervor y el sentido artístico de las diferentes naciones se esmeraron en la elaboración de custodias que rivalizaban en belleza y esplendor, en la confección de ornamentos apropiados y en la colocación de inmensas alfombras de flores a lo largo del camino que recorrería el cortejo.

Los Papas Martín V (1417-1431) y Eugenio IV (1431-1447) concedieron generosas indulgencias a quien participase en las procesiones. Más tarde, el Concilio de Trento —en su Decreto sobre la Eucaristía, de 1551— subrayaba el valor de estas demostraciones de Fe: “Declara además el santo Concilio que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos".1

El amor eucarístico del pueblo fiel no se restringió solamente a manifestaciones externas; al contrario, eran la expresión de un sentimiento profundo puesto por el Espíritu Santo en las almas, en el sentido de valorar el precioso don de la presencia sacramental de Jesús entre los hombres, conforme sus propias palabras: “Y yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). El misterio del amor de un Dios que no sólo se hizo semejante a nosotros para rescatarnos de la muerte del pecado, sino que quiso permanecer, en un extremo de ternura, entre los suyos, escuchando sus pedidos y fortaleciéndoles en sus tribulaciones, pasó a ser el centro de la vida cristiana, el alimento de los fuertes, la pasión de los santos.

San Pedro Julián Eymard, ardiente devoto y apóstol de la Eucaristía, expresaba en términos llenos de unc«Al llevar la Eucaristía por las calles y plazas, queremos sumergir el Pan bajado del cielo en lo cotidiano de nuestra vida; queremos que Jesús camine donde nosotros caminamos, que viva donde vivimos»  (Papa Benedicto XVI – Ángelus 18-6-2006)ión esta celestial “locura” del Salvador al permanecer como Sacramento de vida para nosotros:

"Se comprende que el Hijo de Dios, llevado por su amor al hombre, se haya hecho hombre como él, pues era natural que el Creador estuviese interesado en la reparación de la obra que salió de sus manos. Que, por un exceso de amor, el Hombre Dios muriese en la Cruz, se comprende también. Pero lo que no se comprende, aquello que espanta a los débiles en la Fe y escandaliza a los incrédulos, es que Jesucristo glorioso y triunfante, después de haber terminado su misión en la tierra, quiera permanecer aún con nosotros, en un estado más humillante y aniquilado que en Belén o en el Calvario".2

"He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros"

La Eucaristía es el mayor y más sublime de todos los Sacramentos. Aunque el Bautismo merezca, en cierto modo, estar en primer lugar para introducirnos en la vida divina, al hacernos hijos de Dios y partícipes de su naturaleza, la Eucaristía lo supera en cuanto a la sustancia, pues se trata del verdadero Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

El momento mismo y las circunstancias solemnes en que fue instituido indican la importancia y veneración que Cristo quería infundir en las almas de sus discípulos mediante este admirable Sacramento. Para ello había reservado Él las últimas horas que le quedaban de convivencia con los Apóstoles antes de caminar hacia la muerte, pues “las últimas acciones y palabras que hacen y dicen los amigos en el momento de separarse, se graban con más profundidad en la memoria, imprimiéndose con más fuerza en el alma".3

En aquellos instantes —se podría afirmar— su adorable Corazón latía con santa celeridad por realizar, en el tiempo, aquello que desde la eternidad había contemplado su ciencia divina. Sus palabras “he deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión” (Lc 22, 15), traslucen claramente los inefables anhelos del amor de Dios Encarnado por todos los hombres, la “multitud de hermanos” (Rm 8, 29), por quienes iría a ofrecerse esa misma noche.

El deseo del Divino Maestro era que el misterio de su Cuerpo y Sangre se perpetuase por los siglos futuros: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Hemos de considerar, no obstante, que ya mucho antes de la Encarnación la Providencia divina había multiplicado los símbolos y figuras que permitirían a los hombres comprender y amar mejor este Sacramento.

A este respecto, dice Santo Tomás de Aquino: “Este Sacramento es especialmente un memorial de la Pasión de Cristo; y convenía que la Pasión de Cristo, por la que Él nos ha redimido, tuviese una prefigura para que la Fe de los antiguos fuera encaminada hacia el Redentor".4

Melquisedec: símbolo y prenuncio del Supremo Sacerdote

Uno de los signos más remotos de la Eucaristía aparece en el capítulo 14 del Génesis, con ese personaje fascinante y misterioso que salió al encuentro de Abraham para bendecidlo —cuando regresaba de su victoria contra los reyes— ofreciéndole pan y vino. Melquisedec, “rey de Salém, que era sacerdote de Dios, el Altísimo” (Gn 14, 18), reunía en sí las glorias de la realeza, la santidad sacerdotal y el carisma profético.

Era el símbolo mismo de Aquél que más tarde proclamaría ante Pilatos: “Yo soyLa Eucaristía es el más alto icono de la Belleza  de Dios revelada en Cristo, porque es la presencia  real de lo “más bello entre los hijos de los hombres”, la verdadera belleza en persona.  (Mons. Antonio Augusto dos Santos Marto,  Obispo de Leiria-Fátima) rey” (Jn 18, 37) y sobre quien todos comentaban: “Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros” (Lc 7, 16). Pero en lo que Melquisedec se mostraba más plenamente como imagen de Cristo, fue en la posesión de un sacerdocio superior al de Aarón, según se narra en la Carta a los Hebreos: “Y si la perfección se daba por el sacerdocio levítico […] ¿qué necesidad hubo después de que se levantase otro sacerdote nombrado según el orden de Melquisedec, y no según el de Aarón? Y aun esto se manifiesta más claro; supuesto que sale a luz otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, establecido, no por ley de sucesión carnal como Aarón, sino por el poder de su vida inmortal; como lo declara la Escritura diciendo: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (Hb 7, 11. 15-17).

Cuando Jesucristo baja a la tierra ya no ofrece pan y vino como otrora lo hiciera Melquisedec, sino el sacrificio puro de su Cuerpo y Sangre: “Tú no quisiste víctima ni oblación; pero me diste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios, entonces dije: ‘Aquí estoy'” (Sal 39, 7-8). Así, Él llevó a la plenitud aquello que Melquisedec tan sólo había preanunciado.

El Cordero entregado a la muerte por los pecados del pueblo

En el libro del Éxodo abundan las figuras que nos acercan a la Eucaristía. Las encontramos, sobre todo, en la cena pascual prescrita a Moisés por el mismo Dios hasta en los mínimos detalles, en la que los israelitas debían inmolar un cordero sin defecto y comerlo con panes ácimos al atardecer.

Sobre ello nos enseña el Doctor Angélico: “En este Sacramento se pueden considerar tres cosas: lo que es ‘sacramentum tantum', o sea, el pan y el vino; lo que es ‘res et sacramentum', o sea, el verdadero cuerpo de Cristo; y lo que es ‘res tantum', o sea, el efecto de este Sacramento. [...] Pero el cordero pascual prefiguraba este Sacramento en estos tres aspectos. En lo que se refiere al primero, porque se comía con pan ácimo, según la norma de Ez 12, 8: ‘Comerán carne con pan ácimo'. En lo que se refiere al segundo, porque todos los hijos de Israel lo inmolaban el día 14 de la luna, lo cual era figura de la pasión de Cristo, quien por su inocencia se llama cordero. Y en lo que se refiere al efecto, porque la sangre del cordero pascual protegió a los hijos de Israel del ángel exterminador y los libró de la servidumbre egipcia".5

El pan sin levadura —con el que los judíos deberían comer la carne del cordero— representaba también la integridad del Cuerpo de Cristo, concebido en las entrañas purísimas de María, sin ninguna mácula de pecado, y que después de haber muerto no llegó a experimentar la corrupción, como lo anunciaría David: “No me entregarás a la Muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro” (Sal 15, 10).

Por eso el Salvador escogió la noche de la Pascua, principal fiesta judaica, para dejar a la humanidad su legado de amor, para que comprendieran que Él mismo es el Cordero inmaculado que había sido entregado a la muerte para quitar los pecados del mundo, por cuya sangre sería apartada la sentencia de condenación que pesaba sobre nosotros desde la caída de Adán y Eva.

Aquella ofrenda que los israelitas, reunidos en Jerusalén, inmolaban a la sombra de una figura profética, el Señor la llevaba a la perfección rodeado por un puñado de discípulos en el exiguo ambiente del Cenáculo. Sin embargo, aquello que por las circunstancias Jesús se vio obligado a realizar en la oscuridad, los Apóstoles deberían decirlo sin tapujos, en el momento oportuno, y proclamarlo a los cuatro vientos (cf. Mt 10, 27), de manera que el Sacrificio de la Nueva Alianza sustituyese definitivamente a los sacrificios antiguos y en adelante fuera celebrado diariamente sobre los altares de la tierra entera. Se cumpliría de esta forma las palabras del Espíritu Santo pronunciadas por la boca de Malaquias: “Desde la salida del sol hasta su ocaso, mi Nombre es grande entre las naciones y en todo lugar se presenta a mi Nombre un sacrificio de incienso y una ofrenda pura” (Ml 1, 11).

A respecto de este pasaje profético, Alustrey comenta: “Estos, pues, son los caracteres del nuevo culto vaticinado por Malaquías: universalidad absoluta de tiempos y lugares, limpieza objetiva de la víctima en sí, incapaz de ser manchada con indignidad alguna del oferente; excelencia insigne, de la que seguirá una gran glorificación de Dios entre las gentes".6

Alimento que repone fuerzas y da vigor

Otra imagen de gran expresividad es la del maná, al que el propio Jesús alude en el sermón sobre el Pan de Vida, referido en el capítulo sexto de San Juan. Este alimento tenue y granulado como la escarcha (cf. Ex 16, 14), que contiene en sí todos los deleites (cf. Sb 16, 20), que nutrió al pueblo elegido durante su largo viaje por el desierto, es también símbolo del Pan del Cielo, prenda de la resurrección futura, que alimenta a todo cristiano, dándole las gracias y fortaleza necesarias para atravesar el desierto de esta vida y llegar a la Tierra Prometida, es decir, a la Patria Celestial.

" El maná que Dios hacía caer cada mañana —comenta San Pedro Julián Eymard— sobre el campamento de los israelitas, contenía todos los gustos y propiedades; reponía las fuerzas perdidas, daba vigor al cuerpo y era un pan muy suave. También la Eucaristía, prefigura del maná, contiene todo tipo de virtudes; es medicina contra nuestras enfermedades, fuerza contra nuestras flaquezas cotidianas, fuente de paz, de gozo y felicidad".7

La mesa revestida de oro

Finalmente, de nuevo en el Éxodo, encontramos una prefigura más de este divino Sacramento cuando Dios le dio orden a Moisés de que hiciera una mesa de madera revestida de oro puro, donde fueran puestos permanentemente ante el Señor los panes sagrados o panes de la proposición.

Aquellos panes, “cosa santísima” (Lv 24, 9) que sólo a los sacerdotes les estaba permitido comer, exigían la pureza ritual del cuerpo (cf. 1 S 21, 4-5) y debían ser consumidos “en el recinto sagrado” (Lv 24,9). A nosotros se nos exige, si queremos aproximarnos a la mesa de la Eucaristía, una purificación mucho mayor que aquella prescrita en la Ley mosaica: “El que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación” (1 Co 11, 27-29).

Por otra parte, si los panes de la proposición estaban reservados exclusivamente a Aarón y a sus sacerdotes, Nuestro Señor Jesucristo, el verdadero Pan de la proposición, se ofrece como alimento a todos los fieles, sin excepción, y le da a los hombres un privilegio que a los ángeles —por su naturaleza— no les es dado gozar. “¡Cosa admirable! Los pobres, los siervos y los humildes comen a su propio Señor” —canta el himno Sacris Solemnis, también compuesto por Santo Tomás de Aquino para la fiesta de Corpus.

La mesa de oro sobre la cual se encontraban los panes contiene otro simbolismo muy elevado: es la prefigura de la Madre de Dios, en cuyo seno ha sido formado el Cuerpo de Jesús. Sobre esto comenta el P. Jourdain: “María es la mesa mística magníficamente adornada y hecha de madera incorruptible, que Dios ha preparado para los que se complacen en la meditación de las cosas divinas. Ella es la mesa santa y sagrada, que lleva el Pan de Vida, Jesucristo Nuestro Señor, el sustentáculo del mundo".8

PodríamosLa Eucaristía es la salud del alma y del cuerpo, remedio de toda enfermedad espiritual, cura los vicios, reprime las pasiones, vence o enflaquece las tentaciones, comunica gracias mayores, confirma la virtud naciente, confirma la fe, fortalece la esperanza, inflama y dilata la caridad.  (Imitación de Cristo, Tomás de Kempis) mencionar muchos otros signos en el Antiguo Testamento sobre el Sacramento de la Eucaristía: Abraham que ofrece a su hijo Isaac en sacrificio (cf. Gn 22, 1-13); el pan cocido sobre piedras calientes por el que Elías recobró las fuerzas para andar durante cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar al Horeb, el monte de Dios (cf. 1 R 19, 5-8); la multiplicación de los panes obrada por el profeta Eliseo para alimentar a cien personas (cf. 2 R 4, 42-44); etc.

Preparación próxima para la revelación de la Eucaristía
En el Nuevo Testamento encontramos tres señales insignes por las cuales el Salvador fue preparando a las almas para el gran misterio cuya manifestación había reservado para la víspera de su Pasión.

Primero, la transmutación del agua en vino, en las bodas de Caná de Galilea, cuyo efecto nos lo es relatado por San Juan: “Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él” (Jn 2, 11). Más tarde, la multiplicación de los panes, con la cual Jesús sació a más de cinco mil personas que lo habían seguido hasta el desierto (cf. Mt 14, 15-21). A este segundo milagro siguió otro, pocas horas después: estando los discípulos en la barca, en medio del mar agitado, vieron que Jesús se acercaba a ellos andando sobre las aguas (cf. Mt 14, 24-33). A través de estos prodigios, el Divino Maestro quiso demostrar el poder absoluto que poseía sobre el vino y el pan, como también sobre su propio Cuerpo.

Ejemplos tan hermosos nos muestran como el Creador, en cuanto divino Pedagogo, había ido preparando pasa a paso a las mentes para la revelación del Sacramento de la Eucaristía, eterno testimonio de su amor y de su deseo de permanecer entre nosotros.

¡Arrodillémonos delante del Tabernáculo!

¿Cuáles deberían ser nuestra actitud y nuestros sentimientos al considerar el extremo de bondad que Dios hecho Hombre tiene hacia la criatura rescatada por su Sangre y no la abandonó, habiéndose encarnado, sino que se ha mantenido presente, asistiendo y amparando a todos los que a Él quisieran acercase?

Arrodillémonos delante del Tabernáculo o delante, aún mejor, del Ostensorio, entreguemos a Jesús Sacramentado todo nuestro ser —nuestro cuerpo con todos sus miembros y órganos, nuestro alma, con sus potencias, sus cualidades e incluso con sus propias miserias— y ofrezcámosle a Dios Padre la divina Sangre de su Hijo, derramada en la Cruz en reparación de nuestras faltas.

De modo análogo a los rayos del sol que nos dejan, incidiendo sobre la cara, colorado y moreno, así también, ante el Santísimo Sacramento nuestra alma recibe una renovada infusión de gracias, invitándonos al abandono total en las manos de Jesús, por medio de María. Nuestras almas irán transformándose, así, rumbo a la santidad a la cual Dios nos ha llamado.

Y si en algún momento, las dificultades de la vida nos hiciesen sentir desánimo o aridez, acordémonos de estas elocuentes palabras del padre Faber:

" Muchas veces, cuando el hombre se deja llevar por la desesperación y es asaltado con preguntas, dudas, desánimos e incertidumbres, en considerar su vida, y se siente rodeado de enemigos que aúllan a su alrededor como fieras furiosas, viene entonces un impulso, que es una gracia, y lo conduce a arrodillarse ante el Santísimo Sacramento y, sin hacer esfuerzo, he aquí que todos aquellos clamores se hunden en el silencio. El Señor está con él: el oleaje se aquietó, la tempestad se calmó en un instante, sin embarazo, el viaje va a terminar en el punto buscado. No ha sido necesario sino mirar a la faz de Jesús, las nubes se dispersaron y la luz se hizo. El esplendor del Tabernáculo reaparece como el sol".9 ²

1 DENZINGER-HÜNERMANN, n. 1644.
2 EYMARD, San Pedro Julián. Obras Eucarísticas, “Eucaristía”. 4. ed. Madrid: 1963, p. 65.
3 ALASTRUEY, Gregorio. Tratado de la Santísima Eucaristía. 2. ed. Madrid: BAC, 1952, p. 19-20.
4 AQUINO, S anto Tomás de. 4 Sent., dist. 8, q. 1, a.2 apud: ALASTRUEY, Op. Cit., p. 7.
5 AQUINO, Santo Tomás de. Suma Teológica III, q. 73, a. 6, Resp.
6 ALASTRUEY, Op. cit., p. 286.
7 EYMARD, Op. cit., p. 272.
8 JOURDAIN, Z.-C. Somme des Grandeurs de Marie. Paris: Hippolyte Walzer Ed., 1900, t. I, p. 467.
9 FABER, Frederick William. O Santíssimo Sacramento. Petrópolis: Vozes, 1929, p. 217.

(Revista Heraldos del Evangelio, Junio/2009, n. 90, p. 24 a 31)

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El "Lauda Sion"

Monseñor Joao Clá Dias, EP

La secuencia de la Misa del Corpus Christi está constituida por un bellísimo himno gregoriano, titulado Lauda Sión. Bellísimo por su variada y suave melodía y mucho más por la letra, él canta la excelsitud del don de Dios para con nosotros y la presencia real de Jesús, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en el pan y en vino consagrado.

El propio origen de ese cántico esta envuelto en lo maravilloso típicamente medieval.

Urbano IV se encontraba en Orvieto, cuando decidió establecer la conmemoración del Corpus Christi. Estaban coincidentemente en aquella ciudad dos de los más renombrados teólogos de todos los tempos, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino. El Papa los convocó, así como a otros teólogos, encomendándoles un himno para la secuencia de la Misa de esa fiesta.

Se cuenta que, terminada la tarea, se presentaron todos delante del Papa y cada uno debía tener su composición.

El primero en hacerlo fue Santo Tomás de Aquino, que presentó entonces los versos del Lauda Sión.

San Buenaventura, acto continuo a aquella lectura, quemó su propio pergamino, no sin causar espanto en Santo Tomás que preguntó ¿"por que"? El santo franciscano, con toda humildad, le explicó que su conciencia no lo dejaría en paz si él causase cualquier obstáculo, por mínimo que fuese, a la rápida difusión de tan magnífica Secuencia escrita por el dominico.

Síntesis teológica, en forma de poesía

Aquello que Santo Tomás enseñó en sus tratados de Teología al respecto de la Sagrada Eucaristía, lo expuso magistralmente en forma de poesía en el Lauda Sión.

Se trata de verdadera literatura, que brilla por la profundidad del contenido y por la belleza de la forma, elevación de la doctrina, exacta precisión teológica e intensidad de sentimiento. El ritmo fluye de modo suave, hasta en las estrofas más didácticas. La melodía - cuyo autor es desconocido - combina bellamente con el texto. La unción es inagotable.

Santo Tomás se revela como filósofo y místico, como teólogo de la mente y del corazón, realizando su propia exhortación: "Sea la alabanza plena, retumbante, alegre y llena del brillante júbilo del alma".

Repasemos algunos trechos de ese célebre cántico.

***

LAUDA SION

1. Alaba Sión, al Salvador, alaba al guía y pastor con himnos y cánticos.
2. Tanto cuanto puedas, oses tú alabarlo, porque está por encima de toda alabanza y nunca lo alabarás condignamente.
3. Nos es hoy propuesto un tema especial de alabanza: el pan vivo que da la vida.
4.Es Él que en la mesa de la sagrada cena fue distribuido a los doce, como en verdad lo creemos.
5. Sea la alabanza plena, retumbante, que ella sea alegre y llena del brillante júbilo del alma.
6. Porque celebramos el día solemne que nos recuerda la institución de este banquete.
7. En la mesa del nuevo Rey, la pascua de la nueva ley pone fin a la pascua antigua.
8. El rito nuevo rechaza el viejo, la realidad disipa las sombras como el día disipa la noche.
9. Lo que el Señor hizo en la Cena, nos mandó hacerlo en memoria suya.
10. Y nosotros, instruidos por sus ordenes sagradas, consagramos el pan y el vino en hostia de salvación.
11. Es dogma de fe para los cristianos que el pan se convierta en carne y el vino en sangre del Salvador.
12. Lo que no comprendes ni ves, una Fe vigorosa te asegura, elevándote por encima del orden natural.
13. Debajo de especies diferentes, apariencias y no realidades, se ocultan realidades sublimes.
14. La carne es alimento y la sangre es bebida; todavía debajo de cada una de las especies Cristo está totalmente.
15. Y quién lo recibe no lo parte ni divide, sino lo recibe todo entero.
16. Ya sea que lo reciban mil, o uno solo, todos reciben lo mismo, ni recibiéndolo pueden consumirlo.
17. Lo reciben los buenos y los malos igualmente, todos reciben lo mismo, sin embargo con efectos diversos: los buenos para la vida y los malos para la muerte.
18. Muerte para los malos y vida para los buenos: ved como son diferentes los efectos que produce el mismo alimento.
19. Cuando la hostia es dividida no vaciles, pero recuerda que el Señor se encuentra todo debajo del fragmento, cuanto en la hostia entera.
20. Ninguna división puede violar las substancias: ¡apenas las señales del pan, que ves con los ojos de la carne, fueron divididos! Ni el estado, ni las dimensiones del Cuerpo de Cristo son alterados.
21. Es el pan de los Ángeles que se torna alimento de los peregrinos: verdaderamente es el pan de los hijos de Dios que no debe ser lanzado a los canes.
22. Las figuras lo simbolizan: es Isaac que se inmola, el cordero que se destina a la Pascua, el maná dado a nuestros padres.
23. Buen Pastor, pan verdadero, de nosotros ten piedad. Sustentadnos, defendednos, hacednos en la tierra de los vivos contemplar el Bien supremo.
24. Oh Vosotros que todo lo sabéis y todo lo podéis, que nos alimentáis en esta vida mortal, admitidnos en el Cielo, a vuestra mesa y hacednos co-herederos en la compañía de los que habitan la ciudad santa.

Amém. Aleluya.


***

Alaba Sión, al Salvador, alaba al Guía y Pastor con himnos y cánticos

Las palabras del subtítulo arriba constituyen el primer verso del Lauda Sión. Es la expansión del corazón de un santo, tomado por la gracia mística del encanto por el Santísimo Sacramento, que pide a Sión, quiere decir, al pueblo electo del Nuevo Testamento, que pase a alabar al Salvador. Él, el mayor teólogo de la historia de la Iglesia - "el más sabio de los santos, y el más santo de los sabios" - era tan fervoroso devoto de Jesús Eucarístico que, en las horas en que sentía dificultad en sus estudios, colocaba la cabeza dentro de un sagrario en busca de ser iluminado por el propio Dios y no la retiraba mientras no encontrase la solución.

De ese primer verso hasta el final de la quinta estrofa, Santo Tomás condensa toda la infinita alabanza al Santísimo Sacramento del Altar.

Él continúa a instar a los fieles a "alabar al guía y pastor con himnos y cánticos". Pero, ¿cómo alabar adecuadamente a ese santo sacramento? ¿Cómo alabar de modo suficiente al propio Dios? Es el sacramento más elevado y substancioso de todos, pues en él está presente el propio Hombre-Dios, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. No hay palabras, no hay gestos, no hay nada a ser ofrecido que esté a la altura de Él.

Por eso Santo Tomás casi gime al decir: "Tanto cuanto puedas, oses tú alabarlo, porque está por encima de todo la alabanza y nunca Lo alabarás condignamente".

Y explica ser ésta la tarea que recibió del Papa: " Hemos hoy propuesto un tema especial de alabanza, el pan vivo que da la vida".

"Es Él que en la mesa de la Sagrada Cena fue distribuido a los doce, como en verdad lo creemos. Sea la alabanza plena, retumbante, sea alegre y llena del brillante júbilo del alma".

El santo se preocupa en incentivar en nuestra alma una alabanza, la más perfecta que seamos capaces, para así aproximarnos al Santísimo Sacramento y adorar a Jesús, que allí se encuentra por detrás del "velo" del pan y del vino.

¿Por qué celebramos el día solemne que nos recuerda la institución de este banquete?

A partir de este verso, hasta la décima estrofa, Santo Tomás pasa a apuntar la institución de la Eucaristía en la de esta litúrgica establecida por el Papa.

"En la mesa del nuevo Rey, la pascua de la nueva ley pone fin a la pascua antigua". El rito de la Iglesia Católica Apostólica Romana encerrará el de la Antigua Ley, que era una prefigura de él. Por eso completa Santo Tomás:

" El rito nuevo rechaza al viejo, la realidad disipa las sombras como el día disipa a la noche".

Sí, una vez habiendo venido al mundo lo simbolizado, no tiene sentido celebrar el símbolo. El culto de la Sinagoga en el antiguo Testamento era todo dirigido hacia la espera del Salvador, y sus ritos lo simbolizaban. En el nuevo rito, en la celebración Eucarística, Nuestro Señor Jesucristo se inmola Él mismo. Aunque, estando presente lo simbolizado, ¿para qué el símbolo? ¿Cuál el sentido de inmolar un cordero? El rito nuevo rechaza al viejo ...

" Lo que el Señor hizo en la Cena, nos mandó hacerlo en memoria suya".

Aquí Santo Tomás recuerda las palabras de Jesús en la Cena del Jueves Santo: "Haced esto en memoria mía".

" Y nosotros, instruidos por sus órdenes sagradas, consagramos el pan y el vino en hostia de salvación".

Santo Tomás, sacerdote, podía decir con toda propiedad: "instruidos por sus órdenes sagradas". Es una referencia al Sacramento del Orden, que da a aquel que lo recibe la gran gloria de poder prestar su laringe y sus manos al Divino Maestro. Para que, sobre el altar, se opere uno de los mayores milagros - y el más frecuente de ellos - de la Historia de la humanidad: la transubstanciación. Quiere decir, la substancia vino, cede lugar a la substancia Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Es dogma de Fe para los cristianos que el pan se convierte en carne y el vino en sangre del Salvador

A partir de este punto, en diez estrofas, el autor da el detalle, en una maravillosa síntesis, la doctrina católica sobre el Sacramento del Altar. Él continúa:

" Lo que no comprendes ni ves, una Fe vigorosa te asegura, elevándote por cima del orden natural".

De hecho, por nuestra inteligencia, jamás llegaríamos a penetrar en este misterio tan sagrado. Ni siquiera los demonios, que, aunque decaídos, son de naturaleza angélica, y por lo tanto superior a la nuestra, consiguen discernir en las apariencias del pan y el vino el Hombre-Dios. Sólo la Fe nos hace penetrar en este misterio sagrado.

" Debajo de especies diferentes, apariencia y no realidades, se ocultan realidades sublimes".

Santo Tomás vuelve a insistir en la idea de que los "velos" del vino y el pan ocultan realidades divinas.

" La carne es alimento y la sangre es bebida; todavía debajo de cada una de las especies Cristo está totalmente".

Esta es una verdad de Fe, que la Teología nos explica. Mirando el vino y la hostia consagrados, podríamos ser llevados a imaginar que la carne está solo en la eucaristía pan, y la sangre solo en la eucaristía vino. Sin embargo, la doctrina nos dice y nuestra Fe asimila que el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo se encuentran plenamente tanto en la hostia como en el vino consagrados.

" Y quien lo recibe no lo parte ni divide, sino lo recibe todo entero."

Otra de las impresiones equivocadas que pueden traspasar un alma es ésta: al ver al ministro dividiendo una hostia, pensar que Nuestro Señor ya no se encuentra entero en cada una de las partículas. No es verdad; Por un misterio sagrado, Nuestro Señor Jesucristo se encuentra de modo integral en todas las fracciones que sean visibles.

"Ya sea lo reciban mil, ya sea uno solo, todos reciben lo mismo, ni recibiéndolo pueden consumirlo".

Otra verdad de Fe: si un millón de personas comulgan al mismo tiempo, como ya aconteció en algunas Misas presididas por el Santo Padre en sus viajes por el mundo, todos estarán recibiendo uno solo y el mismo Jesús, sin cualquier fraccionamiento de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Todos Lo reciben en su todo. Y es más un misterio: al recibir Nuestro Señor Jesucristo, no podemos consumirlo, pues, cuando se deshacen las especies sagradas en nuestro organismo, Él deja nuestro cuerpo sin tocarlo, santificando nuestra alma y dándonos vigor hasta en la salud.

" Lo reciben los buenos y los malos igualmente, todos reciben lo mismo, sin embargo con efectos diversos: los buenos para la vida y los malos para la muerte. Muerte para los malos y vida para los buenos: ved cómo son diferentes los efectos que produce el mismo alimento"

Quien comulga en estado de gracia, recibe un influjo de vida y de fuerza espiritual y hasta corporal. Entre tanto, ay de aquellos que se aproximan a ese Sacramento en estado de pecado mortal" El olor de la muerte toma pose aún más del alma y del propio organismo. Cuánto cuidado debemos tomar para no aproximarnos a la Eucaristía sin estar enteramente preparados. Busquemos antes el confesionario, que se encuentra a nuestra disposición, y sepamos Señor mío Jesucristo, que, por amor a los hombres, estás día y noche en este Sacramento, lleno de misericordia y amor, esperando, llamando y acogiendo a todos los que vienen a visitarte, yo creo que estás presente en el Sacramento del altar... (San Alfonso María de Ligório)arrodillarnos con humildad y pedir perdón por nuestras faltas.

" Cuando la hostia es dividida, no vaciles, pero recuerda que el Señor se encuentra todo debajo del fragmento, cuando en la hostia entera. Ninguna división puede violar la substancia: ¡apenas las señales del pan, que ves con los ojos de la carne, fueron divididos! Ni el estado, ni las dimensiones del Cuerpo de Cristo son alterados".

Santo Tomás retorna aquí lo que ya enseñara más arriba, para solidificar en las almas la doctrina católica a respecto de la Eucaristía.

" Es el pan de los Ángeles que se torna alimento de los peregrinos"

El santo recuerda en estas frases que el Sacramento del Altar es la realización de antiguos signos: "Verdaderamente es el pan de los hijos de Dios que no debe ser lanzado a los canes. Las figuras lo simbolizan, es Isaac que se inmola, el cordero que se destina a la Pascua, el maná dado a nuestros padres".

Las últimas estrofas alaban al Buen Pastor que nos alimenta y guarda y nos hace futuramente participantes del Banquete Celestial. En este trecho final, letra y melodía se unen en una suprema belleza, de irresistible dulzura:

"Buen Pastor, pan verdadero, Jesús, de nosotros ten piedad. Sustentadnos, defendednos, hacednos en la tierra de los vivos contemplar el Bien supremo.

"Ó Vos que todo sabéis y todo podéis, que nos alimentáis en esta vida mortal, admitidnos en el Cielo, a vuestra mesa y hacednos co-herederos en compañía de los que habitan la ciudad santa. Amén. Aleluya".

(Revista Heraldos del Evangelio, Junio/2002, n. 06, p. 6 al 10)

Santo del día

San Francisco Caracciolo
Publicado 2010/06/04
Autor : Catholic.net


Fundador, Junio 4

El ambiente temporal en que Dios quiso ponerlo en el mundo es justo cuando soplan aires nuevos en la Iglesia después del concilio de Trento. Se estrena el barroco exuberante en el arte y hasta en la piedad que lleva a fundaciones nuevas, a manifestaciones y estilos vírgenes que intentan reformar todo aquello que peleó Trento.

Languidece el Renacimiento que emborrachó a Roma hasta llegar a embotarla y hacerla incapaz de descubrir los males que gestaba y que explotaron con Lutero. Es por eso tiempo de santos nuevos: Pío V, Carlos Borromeo, Ignacio, Juan de Ribera, Teresa, Juan de la Cruz, Francisco de Sales, Neri, Cariacciolo... y tantos. Papas, poetas, maestros, obispos, escritores y apóstoles para un tiempo nuevo -crecido con las Indias-que intenta con seriedad volver a la oración, huir del lujo, llenar los confesonarios, adorar la Eucaristía y predicar pobreza dando testimonio con atención a los desheredados y enfermos.

El año 1563 fue interpretado por alguno de los biógrafos de Francisco Caracciolo como un presagio; fue cuando termina el concilio de Trento y es también el año de su nacimiento en la región de los Abruzos, justamente en Villa Santa María, el día 13 de octubre, hijo de Francisco Caracciolo y de Isabel Baratuchi; es el segundo de cinco hijos y le pusieron el nombre de Ascanio.

Después de cursar los estudios propios del tiempo, Ascanio fue militar. Pero una enfermedad diagnosticada por los médicos como lepra va a cambiar el curso de su vida; por el peligro de contagio le han abandonado los amigos; la soledad y el miedo a la muerte le lleva a levantar los ojos al cielo y, como suele suceder en estos casos límite, llegó la hora de las grandes promesas: si cura de la enfermedad, dedicará a Dios el resto de sus días.

Y así fue. Nobleza obliga. Curado, marcha a Nápoles y pide la admisión en la cofradía de los Bianchi, los Blancos, que se ocupan de prestar atención caritativa a los enfermos, a los no pocos que están condenados a galera y a los presos de las cárceles.

El sacerdote Adorno, otro hombre con barruntos a lo divino y pieza clave en la vida de Caracciolo, ha pedido también la admisión en la cofradía de los Blancos. En compañía de un tercero, también pariente de Ascanio y con su mismo nombre, se reúnen durante cuarenta días en la abadía de los camandulenses, cerca de Nápoles, para redactar los estatutos de la fundación que pretenden poner en marcha porque quieren hacer algo por la Iglesia.

Sixto V aprobará la nueva Orden en Roma y la llamará de los «Clérigos menores»; además de los tres votos comunes a la vida religiosa se añade un cuarto voto consistente en la renuncia a admitir dignidades eclesiásticas. La terna de los fundadores constituye tres primeros socios. A partir de la profesión hecha en Nápoles, Ascanio se llamará ya Francisco. Pronto se les unen otros diez clérigos, con idénticas ansias de santidad y que desprecian frontalmente los honores, esa búsqueda de grandeza que tanto daño ha hecho a la Iglesia en el tiempo del Renacimiento. Ahora se reparten los días para mantener entre todos un ayuno continuo y se distribuyen las horas del día y de la noche para mantener permanente la adoración al Santísimo Sacramento.

Hace falta fundar en España pero Felipe II no les da facilidades. Piensa el rey que hay demasiados frailes en el Imperio y ha dictado normas al respecto. Regresando a Roma, insisten en el intento, consiguen nueva confirmación del papa Gregorio XVI para cambiar los ánimos de Felipe II. Ahora muere Adorno y Francisco Caracciolo es nombrado General. Nuevo intento hay en el Escorial, con mejor éxito, pero hubo borrasca de clérigos en Madrid, con suspenso. El papa Clemente VIII intercede y recomienda desde Roma y llegan mejores tiempos con el rey Felipe III. En Valladolid consiguió fundar casa y en Alcalá montó un colegio que sirviera para la formación de sus «Clérigos Regulares Menores». Siguen otras fundaciones también en Roma y Nápoles.

La fuerte actividad obedece a un continuo querer la voluntad divina a la que no se resistió ni siquiera protestó cuando las incomprensiones y enredos de los hombres se hicieron patentes. Vive pobre y humilde fiel a su compromiso. Siempre se mostró delicado con los enfermos y generoso con los pobres. Llama la atención su espíritu de penitencia con ayunos y mortificaciones que se impone a sí mismo. Pidió se admitiese su renuncia al gobierno para dedicarse a la oración y, aceptada, eligió para vivir el hueco de la escalera de la casa que desde entonces es el único testigo mudo de su oración y penitencia. El amor a Jesucristo fue tan grande que a veces es suficiente la mirada a un crucifijo para entrar en éxtasis y el pensamiento elevado a la Virgen María le trae a los ojos lágrimas de ternura.

Cuando sólo tiene 44 años, murió en Nápoles el 4 de junio de 1608, con los nombres de Jesús y de María en la boca. El papa Pío VII lo canonizó en 1807. Su cuerpo se conserva en la iglesia de Santa María la Mayor de Nápoles y la iconografía muestra a Francisco Caracciolo con una Custodia en la mano, como símbolo del amor que tuvo a la Eucaristía y que debe mantener su Orden para ser fiel hasta el fin del tiempo.

martes, 2 de marzo de 2010

La tarea de enseñar

Publicado 2010/06/02
Autor : Papa Benedicto XVI

En el ejercicio de su “munus docendi”, el sacerdote no debe enseñar ideas propias, ni hablar por sí mismo, ni decir cosas propias; sino, en nombre de Cristo presente, proponer la verdad que es Cristo mismo.

El primer oficio del que quisiera hablar hoy es el munus docendi , es decir, el de enseñar. Hoy, en plena emergencia educativa, el munus docendi de la Iglesia, ejercido concretamente a través del ministerio de cada sacerdote, resulta particularmente importante.

Vivimos en una gran confusión sobre las opciones fundamentales de nuestra vida y los interrogantes sobre qué es el mundo, de dónde viene, a dónde vamos, qué tenemos que hacer para realizar el bien, cómo debemos vivir, cuáles son los valores realmente pertinentes. Con respecto a todo esto existen muchas filosofías opuestas, que nacen y desaparecen, creando confusión sobre las decisiones fundamentales, sobre cómo vivir, porque normalmente ya no sabemos de qué y para qué hemos sido hechos y a dónde vamos.

En esta situación se realiza la palabra del Señor, que tuvo compasión de la multitud porque eran como ovejas sin pastor (cf. Mc 6, 34). El Señor hizo esta constatación cuando vio los miles de personas que le seguían en el desierto porque, entre las diversas corrientes de aquel tiempo, ya no sabían cuál era el verdadero sentido de la Escritura, qué decía Dios. El Señor, movido por la compasión, interpretó la Palabra de Dios —Él mismo es la Palabra de Dios—, y así dio una orientación.

Esta es la función in persona Christi del sacerdote: hacer presente, en la confusión y en la desorientación de nuestro tiempo, la luz de la Palabra de Dios, la luz que es Cristo mismo en este mundo nuestro.

El sacerdote no habla por sí mismo, no habla para sí mismo

Por tanto, el sacerdote no enseña ideas propias, una filosofía que él mismo se ha inventado, encontrado, o que le gusta; el sacerdote no habla por sí mismo, no habla para sí mismo, para crearse admiradores o un partido propio; no dice cosas propias, invenciones propias, sino que, en la confusión de todas las filosofías, el sacerdote enseña en nombre de Cristo presente, propone la verdad que es Cristo mismo, su palabra, su modo de vivir y de ir adelante.

Para el sacerdote vale lo que Cristo dijo de sí mismo: “Mi doctrina no es mía” (Jn 7, 16); es decir, Cristo no se propone a sí mismo, sino que, como Hijo, es la voz, la Palabra del Padre.

También el sacerdote siempre debe hablar y actuar así: “Mi doctrina no es mía, no propago mis ideas o lo que me gusta, sino que soy la boca y el corazón de Cristo, y hago presente esta doctrina única y común, que ha creado a la Iglesia universal y que crea vida eterna”.

Este hecho, es decir, que el sacerdote no inventa, no crea ni proclama ideas propias en cuanto que la doctrina que anuncia no es suya, sino de Cristo, no significa, por otra parte, que sea neutro, casi como un portavoz que lee un texto que quizá no hace suyo. También en este caso vale el modelo de Cristo, que dijo: “Yo no vengo de mí mismo y no vivo para mí mismo, sino que vengo del Padre y vivo para el Padre”. Por ello, en esta profunda identificación, la doctrina de Cristo es la del Padre y Él mismo es uno con el Padre.

Profunda comunión interior con Cristo mismo

El sacerdote que anuncia la palabra de Cristo, la Fe de la Iglesia y no sus propias ideas, debe decir también: yo no vivo de mí y para mí, sino que vivo con Cristo y de Cristo, y por ello lo que Cristo nos ha dicho se convierte en mi palabra aunque no es mía. La vida del sacerdote debe identificarse con Cristo y, de esta forma, la palabra no propia se convierte, sin embargo, en una palabra profundamente personal. San Agustín, sobre este tema, hablando de los sacerdotes, dijo: “Y nosotros, ¿qué somos? Ministros (de Cristo), sus servidores; porque lo que os distribuimos no es nuestro, sino que lo sacamos de su reserva. Y también nosotros vivimos de ella, porque somos siervos como vosotros” ( Discurso 229/e, 4).

La enseñanza que el sacerdote está llamado a ofrecer, las verdades de la Fe, deben ser interiorizadas y vividas en un intenso camino espiritual personal, para que así realmente el sacerdote entre en una profunda comunión interior con Cristo mismo. El sacerdote cree, acoge y trata de vivir, ante todo como propio, lo que el Señor ha enseñado y la Iglesia ha transmitido, en el itinerario de identificación con el propio ministerio del que San Juan María Vianney es testigo ejemplar (cf. Carta para la convocatoria del Año sacerdotal ).

“Unidos en la misma caridad —afirma también San Agustín— todos somos oyentes de aquel que es para nosotros en el cielo el único Maestro” ( Enarr. in Ps . 131, 1, 7). La voz del sacerdote, en consecuencia, a menudo podría parecer una “voz que grita en el desierto” (Mc 1, 3), pero precisamente en esto consiste su fuerza profética: en no ser nunca homologado, ni homologable, a una cultura o mentalidad dominante, sino en mostrar la única novedad capaz de realizar una renovación auténtica y profunda del hombre, es decir, que Cristo es el Viviente, es el Dios cercano, el Dios que actúa en la vida y para la vida del mundo y nos da la verdad, la manera de vivir.

En la voz del auténtico sacerdote se reconoce la del Buen Pastor

En la preparación esmerada de la predicación festiva, sin excluir la ferial, en el esfuerzo de formación catequética, en las escuelas, en las instituciones académicas y, de manera especial, a través del liSan Juan María Vianney resistió a las presiones culturales y sociales de su tiempo para poder guiar a las almas hacia Dios. bro no escrito que es su propia vida, el sacerdote es siempre “docente”, enseña. Pero no con la presunción de quien impone verdades propias, sino con la humilde y alegre certeza de quien ha encontrado la Verdad, ha sido aferrado y transformado por ella, y por eso no puede menos de anunciarla.

De hecho, el sacerdocio nadie lo puede elegir para sí; no es una forma de alcanzar seguridad en la vida, de conquistar una posición social: nadie puede dárselo, ni buscarlo por sí mismo. El sacerdocio es respuesta a la llamada del Señor, a su voluntad, para ser anunciadores no de una verdad personal, sino de su verdad.

Queridos hermanos sacerdotes, el Pueblo cristiano pide escuchar de nuestras enseñanzas la genuina doctrina eclesial, que les permita renovar el encuentro con Cristo que da la alegría, la paz, la salvación.

La Sagrada Escritura, los escritos de los Padres y de los Doctores de la Iglesia, el Catecismo de la Iglesia católica constituyen, a este respecto, puntos de referencia imprescindibles en el ejercicio del munus docendi , tan esencial para la conversión, el camino de Fe y la salvación de los hombres. “Ordenación sacerdotal significa: ser sumergidos [...] en la Verdad” ( Homilía en la Misa Crismal , 9 de abril de 2009), esa Verdad que no es simplemente un concepto o un conjunto de ideas que transmitir y asimilar, sino que es la Persona de Cristo, con la cual, por la cual y en la cual vivir; así, necesariamente, nace también la actualidad y la comprensibilidad del anuncio.

Sólo esta conciencia de una Verdad hecha Persona en la encarnación del Hijo justifica el mandato misionero: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la Creación” (Mc 16, 15). Sólo si es la Verdad está destinado a toda criatura, no es una imposición de algo, sino la apertura del corazón a aquello por lo que ha sido creado.

El ejemplo de San Juan María Vianney

Queridos hermanos y hermanas, el Señor ha confiado a los sacerdotes una gran tarea: ser anunciadores de su Palabra, de la Verdad que salva; ser su voz en el mundo para llevar aquello que contribuye al verdadero bien de las almas y al auténtico camino de Fe (cf. 1 Co 6, 12).

Que San Juan María Vianney sea ejemplo para todos los sacerdotes. Era hombre de gran sabiduría y fortaleza heroica para resistir a las presiones culturales y sociales de su tiempo a fin de llevar las almas a Dios: sencillez, fidelidad e inmediatez eran las características esenciales de su predicación, transparencia de su Fe y de su santidad. Así el Pueblo cristiano quedaba edificado y, como sucede con los auténticos maestros de todos los tiempos, reconocía en él la luz de la Verdad.

Reconocía en él, en definitiva, lo que siempre se debería reconocer en un sacerdote: la voz del Buen Pastor.

Conociendo a Dios, buscando a Dios

Publicado 2010/06/30
Autor: Gaudium Press
Sección: Opinión


Bogotá (Miércoles, 30-06-2010, Gaudium Press) De Dios tenemos una necesidad absoluta, de él no podemos escapar. Lo anterior es demostrable de muchas maneras, pero tal vez la más cercana al hombre es la de su esencial deseo de una felicidad total, completa, eterna, que solo puede ser saciado en la ‘posesión' del Creador, en su unión perfecta con Él, que se traduce en un conocimiento perfectísimo de Él, y en una adhesión perfecta de nuestra voluntad a Él, realizados por entero en la visión beatífica y el amor beatífico.

Como esta tierra, a la par que un valle de lágrimas, es también un indefectible camino hacia la eternidad, desde aquí ya debemos irnos encaminando decididamente hacia el Creador objeto de nuestro deseo, lo que nos irá reportando los ante-gustos de esa felicidad de la que, con la ayuda de la Virgen bendita, gozaremos en el cielo. Concretamente, encaminarse hacia el Creador es conocerlo cada vez más, y amarlo de forma creciente.

Pero, ¿cómo conocer a Dios, siendo que -según afirma Santo Tomás- "el conocimiento más elevado que de él podemos tener en esta vida consiste en conocer que Dios está muy por encima de todo lo que podemos pensar acerca de Él" (STh I q2 a2 ob2), o -lo que es casi lo mismo- sabiendo que "de Dios no podemos saber lo que es, sino más bien lo que no es"?

Dios está muy por encima de nuestras pobres luces intelectuales, pues sencillamente él es Dios y nosotros meras criaturas, a veces sí de un orgullo tan grande que nos lleva a olvidar nuestra dependencia y la necesidad constante que tenemos del Hacedor del Universo.

Sabedor de nuestra fragilidad y necesidad, quiso Dios manifestarse a nuestra debilidad enviándonos a su Hijo único para que -con lenguaje a la vez humano y divino- nos revelase su Verdad, de la que cual hizo depositaria e intérprete legítima a la Iglesia. No podemos despreciar ese infinito gesto de caridad de Dios, quien quiso tener un rostro humano en Jesús de Nazaret, y debemos serle gratos acudiendo a sus doctrinas y siendo dóciles a sus enseñanzas.

Entretanto, hay otro camino también instituido por Dios para llegar a su conocimiento, un camino inaugurado con la Creación, un camino que no excluye de ninguna manera la Revelación cristiana, y que por el contrario, es confirmado por ella: es la vía del conocimiento de la Perfección infinita de Dios a través de su reflejo en las perfecciones limitadas de los seres finitos, de los seres creados.

Dice la Escolástica que "todo el que obra produce un semejante a sí". Esto se aplica también a Dios. Por ello afirma Jesús García López en su ‘Metafísica Tomista' que "partiendo de las perfecciones contenidas en los efectos de Dios podremos alcanzar algún conocimiento de las perfecciones que en Dios mismo se encuentran, o sea, podremos tener algún conocimiento esencial de Dios, pero ‘en tanto que Dios se encuentra representado en las perfecciones de las criaturas' ".

Es el anterior un dato maravilloso, y es a la vez una convocatoria a un ejercicio de contemplación constante. Dios invita al hombre a ser contemplativo de su divinidad reflejada en la Creación. Y como es esta la única vía natural para intentar acceder un tanto al conocimiento de la esencia divina, Dios premia ese camino contemplativo con ‘rayos' de felicidad. Y, por qué no, de tanto en tanto con gracias insignes, incluso a quienes no hacen aún parte del arca de la Iglesia.

Terminemos pues estas líneas con un ejercicio contemplativo, a la búsqueda de Aquel que deseamos.

La foto de arriba corresponde a la calma tras una tormenta que azotó fuertemente la costa. El temporal partido mantiene todavía sus huellas en un cielo aún cargado de nubes negras y en un oculto sol tardío, que alcanza a teñir de azul, rojo y violeta algunas nubes de fondo, y las aguas ya tranquilas. La noche va llegando así anticipada por las nubes que permanecen, ofreciendo al espectador a la vez fuertes y sutiles colores, que van desde el gris casi negro, el azul profundo, pasando por el azul más claro, el aguamarina, el azul-amarillo, el rojo-naranja y el rojo-lila hasta el violeta. Colores muy dispares entre sí, pero que se combinan de esa armoniosa, original e impactante manera que solo Dios sabe hacer. Armonía, diversidad, originalidad.

La leve colina del islote resalta sobre el colorido de fondo; su oscuridad nos oculta sus detalles, pero nos permite verla en su unidad, y en la ‘serenidad' de quien reposa tras haber resistido los embates de una fuerte batalla. Ella como que nos dice: "no soy alta, no soy un portento, pero en mi humildad decidida pude enfrentar la tormenta, y aunque ella me afligió no llegó a consumirme y aquí estoy, sigo siendo humilde, y me preparo para el descanso de la noche, con la confianza de un brillante amanecer". Humildad, serenidad, unidad.

Las aguas en calma son el receptáculo perfecto para los maravillosos tonos lila, rojo-lila, rojo-naranja allí presentes. Son aguas que no invitan a sumergirse en ellas para darse una zambullida, sino que convidan a regalarse en su observación. El color en el mar adquiere un brillo especial, inconfundible e irrepetible. Tal vez esas aguas matizadas de esos tonos sí muevan a desear un tranquilo paseo en bote sobre ellas, más que para desde ahí mirar al cielo, para seguir mirando las aguas, tal vez para recoger con las manos un poco de su brillo, de su colorido, para percibir en las palmas si sus colores son verdaderamente reales. Entretanto, al tocarlas, casi que lo haríamos con respeto, probablemente con la punta de los dedos, como quien palparía un fino tapete de seda que no se quiere estragar en su virginidad primigenia. Los colores presentes en las aguas manifiestan sí brillo, pero un brillo discreto y señorial, un brillo como el de quien alcanzó con nobleza y dominio una edad madura. Y la edad madura comúnmente convida al respeto.

Hemos hablado, en la contemplación de ese atardecer, de humildad, serenidad, unidad, armonía, diversidad, nobleza, dominio, todos estos conceptos abstractos que encuentran su perfección total en Dios, Creador de todo lo creado, en lo cual se refleja. Dios, culmen de toda perfección.

Por Saúl Castiblanco