sábado, 12 de marzo de 2011

La cadena de la salvación - cuentos para niños

En el siglo XVIII, la vida de los misioneros que partían para evangelizar Indochina estaba lejos de ser fácil.

El viaje oceánico era lleno de riesgos, no sólo por las tormentas, sino también por los asaltos de los piratas. Y al llegar a su destino, los sacerdotes se encontraban con culturas exóticas y turbulentas, a menudo dominadas por los señores de la guerra. Algunos de éstos se mostraban simpáticos, otros, sin embargo, se oponían violentamente al Cristianismo.

Durante 45 años el padre Alonso recorrió las tierras del actual Vietnam, antes que la obediencia lo llamase de regreso a Europa. Sus ojos negros relucían cuando contaba, con toda clase de detalles, las aventuras por las que los sacerdotes de la Compañía de Jesús pasaban en esas lejanas tierras de misión.

Entre las historias que contaba, una era especialmente enternecedora...

* * *

No mucho tiempo después de llegar al Oriente, el padre Alonso fue enviado, junto con un joven clérigo, a visitar una provincia apartada de la costa, una zona aún no catequizada. Aunque allí aún no hubiesen católicos, fueron recibidos con amabilidad, pues los paganos de esas regiones oyeron hablar bien de los sacerdotes cristianos y los tenían por hombres íntegros y virtuosos.

En una de las primeras noches que pasaron por allí, dos viajeros llamaron a la puerta de la casa donde estaban hospedados. A través de un traductor, los recién llegados les explicaron el motivo de su visita: procedían de una lejana aldea, a pedido de una anciana enferma y que, sintiéndose cerca de la muerte, imploraba la ayuda espiritual de un sacerdote católico. Los dos religiosos quedaron muy impresionados, porque los enviados daban a entender claramente que ella quería recibir la Unción de los Enfermos.

¿Quién sería, en medio de las vastedades paganas, el alma cristiana ansiosa por recibir los últimos sacramentos? Montados sobre mulas traídas por los forasteros, marcharon sin demora.

Viajando toda la noche llegaron al rayar el alba a la morada de la misteriosa anciana. La encontraron echada al lado de una ventana por la que penetraba la suave luz del sol naciente. Es taba, de hecho, muy grave, pero sonrió con alegría al verlos entrar. Y cuál no fue su sorpresa cuando ella —con voz débil y acento marcado— los saludó en una lengua europea: “¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo!”.

A continuación, les contó su historia.

Su nombre era Hong Linh, nombre que significa Rosa de Primavera. Era la última hija de una importante estirpe de la costa sur del país, la región a la que llegaron los primeros misioneros cristianos. En aquella época, las conversiones se contaban por millares, se construyeron iglesias, y diversas órdenes religiosas allí se establecieron.

Tocada por la gracia, toda su familia fue bautizada, y ella, a los siete años, fue a estudiar, como tantas otras niñas, a una escuela mantenida por monjas. Las pequeñas demostraban un profundo afecto a las buenas y pacientes hermanas que, además de enseñarles la verdadera fe, las instruían en las letras y los números.

El esplendor de las ceremonias litúrgicas, la paz y el silencio del convento, junto con la virtud y la bondad de las maestras, atraían cada vez más su alma inocente. Rosa de Primavera hizo, entonces, el firme propósito de convertirse en religiosa y dedicar su vida a la oración y a la educación de los niños.

Al cumplir los dieciséis años, reveló su santo deseo a sus padres. Estos se entristecieron profundamente.

Siendo buenos cristianos, también ellos admiraban a las religiosas y estarían de acuerdo en que su hija se uniese a ellas. Sin embargo, cuando era niña, había sido prometida en matrimonio con el hijo de un importante señor de la guerra en las provincias del norte.

De acuerdo con las costumbres de aquellas latitudes, este matrimonio sellaría un acuerdo de paz.

De nada le valieron sus lágrimas. Después de algunos meses, tuvo que despedirse de su familia, de las buenas monjas y de su tierra natal.



Acompañada por la comitiva enviada por su prometido, emprendió un largo viaje a las lejanas montañas de Lao Cai, en el extremo norte del país. Hubo una suntuosa boda, y ella no tuvo otro recurso sino resignarse a una nueva vida. Su mayor dolor, sin embargo, fue la de ser obligada a vivir en una región pagana, privada de cualquier ayuda espiritual de la Santa Iglesia.

Pasaron los años, y Hong Linh trajo al mundo una prole numerosa, a la que dedicó todo el afecto de su corazón.

El destino, sin embargo, seguía mostrándole un lado oscuro.

Las constantes guerras regionales le arrancaron, uno a uno, todos sus hijos y, por último a su propio cónyuge.

No quedando nada del antiguo feudo de su marido, se vio forzada a retirarse en esa pequeña aldea, donde vieja y enferma, esperaba el final de sus días.

Precisamente cuando su salud comenzó a agravarse, algunos viajeros le trajeron la noticia de la proximidad de los sacerdotes cristianos. Y ella los mandó llamar inmediatamente.

Después de reconfortarla con la Unción de los Enfermos, el padre Alonso preguntó a la venerable anciana:

— Estando privada de cualquier sacramento, e incluso del consuelo que es la convivencia con otros cristianos, ¿cómo ha podido usted mantener la fe y la confianza durante tantos años?

Con una ligera sonrisa, Hong Linh, retirando suavemente su mano de debajo de las sábanas, le mostró un rosario ya muy gastado y dijo:

— He aquí, padre, los pequeñitos pero tan fuertes eslabones que mantuvieron mi alma atada al Cielo durante más de sesenta años. Cuando niña, mis maestras me enseñaron que la Virgen María jamás abandona a quien le reza con fervor. Y es cierto.

Ella estuvo siempre a mi lado, fortaleciendo y amparando mi pobre alma en la amarguras de la vida...

Poco después, Rosa de Primavera entregaba su alma a Dios. Bajó a la tumba teniendo en las manos su inseparable rosario. Lo mismos eslabones que la mantuvieron fiel durante toda la vida, ahora la llevarían hasta el Paraíso.

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