De hecho, para los místicos se vuelve difícil exteriorizar sus experiencias interiores, por lo cual podemos comprender que a san Pablo le faltaran términos de comparación para describir lo que había sucedido con él, ya que, según lo dicho antes por él mismo, "ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman" (1 Cor 2, 9).
Esta maravilla nos espera al momento de ingresar a la vida eterna, y debió ser un motivo considerable para la perseverancia de san Pablo hasta el momento de su martirio, pese a que entonces sólo viera reflejos del Absoluto que hoy contempla cara a cara.
Consideremos en profundidad -hasta donde puede llegar nuestra inteligencia fortalecida por la fe- cuál será la esencia de nuestra felicidad cuando ingresemos en la visión beatífica.
Visión beatífica y conocimiento de Dios a través de las criaturas
San Pablo afirma que nuestro conocimiento en las circunstancias actuales es imperfecto, pero "cuando llegue el fin desaparecerá eso que es imperfecto" (1 Cor 13, 10). Y aclara todavía más esa idea valiéndose de esta comparación: "Cuando yo era niño hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser hombre dejé como inútiles las cosas de niño. Ahora vemos por un espejo y obscuramente, entonces veremos cara a cara" (1 Cor 13, 11-12).
Tan rico fue el universo teológico que san Pablo recibió del propio Cristo, que a veces en sus epístolas las tesis de sustancia preciosa se quedan entrelazadas a otros temas. En concreto, ésta es una de ellas. De hecho nuestro conocimiento es imperfecto puesto que, ya sea en el campo natural de la pura inteligencia, o en lo sobrenatural mediante la virtud de la fe, e incluso en el de la profecía, hay una nota común: la elaboración subsiguiente realizada en base a conceptos creados y con el esfuerzo de abstracción.
Por el contrario, al ver a Dios cara a cara, la fe redundará en visión y por ende se desvanecerá todo conocimiento abstracto.
"Ahora vemos por un espejo...", o sea, por medio de un instrumento: solamente conocemos a Dios porque "desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las criaturas" (Rom 1, 20). Gracias a este contacto directo con las criaturas podemos elaborar otros motivos y principios a través de la propia fe, utilizando conceptos creados. Por eso nuestro conocimiento es oscuro, y por lo mismo, imperfecto. Pero cuando lleguemos al fin tendremos un conocimiento inmediato, claro y total de Dios, si bien no podamos conocerlo totalmente.
La felicidad del ser inteligente: el ejercicio de sus facultades
Tal vez entendamos aún mejor esta cuestión si seguimos el pensamiento de Sto. Tomás de Aquino.2
Según el Doctor Angélico, el deseo de felicidad del ser inteligente lo mueve a buscar su propia perfección, ejercitando sus facultades más elevadas. Esto se verifica hasta en lo concerniente a los sentidos, y por eso comprobamos que el ojo se regocija al ver y el paladar, al saborear.
En consecuencia, la inactividad forzada de los mismos representa un tormento.
Ahora bien, la felicidad del ser inteligente también se verifica en el ejercicio de sus facultades. Dicho ser será tanto más feliz mientras más nobles sean dichas facultades y más hermoso y elevado el objeto sobre el cual se aplican. Sin duda que, naturalmente hablando, en el hombre no hay nada más excelente que su inteligencia y nada puede superar la suprema verdad que es el propio Dios.
Por tanto, en la inagotable y siempre renovada visión beatífica es donde el hombre encuentra la plenitud de la felicidad, extensiva a todos sus apetitos legítimos, como por ejemplo el deseo de gobernar: "y reinarán con él..." (Ap 20, 6); o la necesidad de bienes: "Todos los bienes me vinieron juntamente con ella, y en sus manos me trajo una riqueza incalculable"(Sap 7, 11).
"Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable" (2 Cor 4, 17).
Amor: la búsqueda incesante de Dios
Dígase lo mismo sobre la voluntad, porque en el Cielo veremos claramente a Dios, cara a cara, como compendio de todo bien, tal como enseña Sto. Tomás: "La beatitud es un bien común perfecto, y no otra cosa significó Boecio al decir que es ‘un estado perfecto consistente en la suma de todos los bienes', que es lo mismo que decir que el bienaventurado se halla en estado de bienestar absoluto".3
Quizás podamos hacernos una idea mejor de la inmensidad y plenitud de nuestra voluntad en el Cielo, si analizamos la razón del movimiento de nuestro amor hacia las criaturas en esta tierra. Sin darnos cuenta, por tanto, y casi siempre de manera implícita, cuando amamos, estamos buscando un reflejo de Dios existente en estos o aquellos objetos de nuestro amor 5. Teniendo esto delante de nuestra mirada, podemos preguntarnos: ¿cuál será nuestra felicidad en el Cielo al depararnos con el propio Dios cara a cara?
Gozo: posesión del bien deseado
De tal visión de Dios cara a cara y de tal amor recíproco entre él y yo redundará un gozo eterno e indescriptible, porque cuando me hago dueño de un objeto que siempre he deseado intensamente, logro ser feliz. En tanto no me pertenece, me consumo por obtenerlo; al recibirlo como propiedad definitiva, descanso y me regocijo en él. La felicidad consiste en esto. Cuanto mejor sea el objeto y mayor su duración, dará origen a una dicha proporcionalmente más intensa.
El ser humano, en la esencia de su espíritu, es específicamente inteligencia y amor. En el Cielo, el deseo de conocer se satisface de forma plena en la visión de la Verdad, la Bondad y la Belleza, es decir, del propio Dios. Y el ansia de amar y ser amado se aplaca por entero, porque no solamente amaremos a Dios, sino que tendremos la conciencia y la experiencia de todo el amor que él nos tiene, además de contemplar eternamente aspectos nuevos del Ser Absoluto e Infinito, añadiéndose la convivencia insuperable junto a Jesús en su santísima humanidad, la Virgen María, nuestra Madre, los ángeles y los santos.
¿Qué es el Cielo?
Esto es el Cielo, "el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" 6; y ésta es la gloria que resplandece en el Tabor, en la transfiguración del Señor.
Los tres apóstoles vieron manifestarse ante ellos la claridad de su Alma y de su Cuerpo para animarlos, de cara a la gloria final, a recorrer el espinoso y dramático camino del calvario, y aceptar con fortaleza de alma el martirio futuro en el epílogo de sus vidas.
Analicemos con este trasfondo el Evangelio del Segundo Domingo de Cuaresma.
La Transfiguración del Señor
En este caso concreto eligió el Tabor para simbolizar quizás la necesidad de elevar nuestros corazones por encima de las cosas de este mundo, y así entregarnos más fácilmente a la meditación de las verdades eternas para sacarles todo su provecho, como dice san Remigio: "En esto nos enseña el Señor que es preciso, para todo el que desea contemplar a Dios, no estar encenagado en los bajos placeres, sino levantar su alma a las cosas celestiales mediante el amor de las cosas superiores; también a sus discípulos, les enseña que no deben buscar la gloria de su beatitud divina en las regiones bajas del mundo, sino en el reino de la bea titud celestial. Y son llevados separadamente, porque todos los santos están separados con toda su alma y por la dirección de la fe de toda mancha, y serán separados radicalmente en el tiempo venidero: o también porque muchos son los llamados y pocos los elegidos" 8.
Los comentarios se multiplican a propósito de la razón por la que Jesús eligió a esos tres apóstoles para gozar la convivencia gloriosa del Señor.
Salta a la vista un motivo claro e inmediato: éstos verían más de cerca las humillaciones sufridas por el Salvador. También era fundamental la existencia de algunos testigos de la gloria de Jesús para sostener a los apóstoles en sus tentaciones durante la prueba de la Pasión.
Apartarse de las criaturas es condición indispensable para entrar en contacto con Dios, y más todavía para verlo.
El fulgor esplendoroso del alma de Cristo
Recordemos la preferencia del Salvador por la noche para rezar, razón por la cual este acontecimiento debió suceder después de ponerse el sol, en medio del silencio de la naturaleza, porque también así se manifiesta Dios cuando hacemos callar en nuestro interior el bullicio de las criaturas y buscamos las luces de lo alto, tras haber apagado las de aquí abajo.
"Su rostro era como el sol cuando brilla con toda su potencia" (Ap 1, 16), es decir, rayos de luz salían de su Faz Sagrada y se esparcían a buena distancia. Sin dejar de ser la misma fisonomía, pero ya sin poseer connotaciones terrenas, se volvió radiante de brillo y esplendor, con plena vitalidad y dulzura. Podemos imaginarnos su grandeza cuando venga a juzgar a vivos y muertos en el fin de los tiempos, toda vez que su rostro será muchísimo más brillante en esa ocasión.
Al arte humano, por más refinado que sea, le resulta difícil superar ciertas bellezas provenientes de las manos de Dios. Por encima de éstas existen las maravillas de la gracia, que sobrepasan todos los límites. Así debieron ser las vestimentas de Jesús durante su transfiguración, por cierto muy distintas de las que nosotros usamos en estos caminos que acaban en la muerte. Esta refulgencia de las ropas de Jesús era el pálido reflejo de la gloria de su Alma adorable, bienaventurada por la gracia de unión y por encontrarse en la visión beatífica desde el primer instante de su creación.
Cuánta ilusión despiertan a veces nuestros sastres, costureras y modistas, cuando logran un cierto éxito con sus habilidades y encubren defectos de un cuerpo concebido en el pecado y tiznado por él. En tales casos, la ropa acaba por rectificar las líneas torcidas de la naturaleza. Durante la Transfiguración todo fue diferente; la pulcritud del alma de Cristo revistió su naturaleza humana perfectísima.
Fue la gloria interior que se volvió explícita a la mirada de quien tuvo la felicidad de estar en el Tabor en aquel momento.
El poder sobre la muerte y la vida
Estos dos grandes personajes aparecen en la Transfiguración del Señor, según asegura san Juan Crisóstomo, "para que supiesen que Él tenía poder sobre la muerte y sobre la vida; por esta razón presenta a Moisés que había muerto, y a Elías que aún vivía" 9.
Papel de las consolaciones en la vida
"Yo y el Padre somos uno"
No cabe duda que la voz del Padre es la que proclama: "Este es mi Hijo". Y de hecho, analizando en profundidad, solamente Jesucristo reúne los requisitos del Hijo perfecto. Posee la misma sustancia del Padre de manera tan plenamente cabal que constituye una sola y misma cosa que éste: "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10, 30) Por tanto, es igual al Padre: "Felipe, el que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14, 9).
En sus dos naturalezas, Cristo es la Palabra que manifiesta el Padre: es el "resplandor de su gloria e impronta de su sustancia"(Heb 1, 3) en calidad de Dios. Por otro lado, también lo hizo a través de su humanidad: "He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo" (Jn 17, 6).
Además, tuvo una obediencia insuperable: "No se haga mi voluntad, si no la tuya" (Lc 22, 42); "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado" (Jn 4, 34); "Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp 2, 8). Siempre con total sumisión, imitándolo en todo: "El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo" (Jn 5, 19).
Si bien somos verdaderos hijos de Dios, como nos asegura el Salmista - "¡Vosotros, dioses sois, todos vosotros, hijos del Altísimo!" (Sal 81, 6)-, lo somos por misericordiosa adopción. El Hijo de Dios por naturaleza no es más que uno solo: "El Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al que es Verdadero" (1 Jn 5, 20).
Sin embargo, aquí afirma que el Padre colocó "toda" su complacencia en su Unigénito, tal como nos lo declara san Juan: "El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano" (Jn 3, 35). Por tanto, al colocar todo su amor en él, puso también toda su bondad.
Los maestros del Antiguo Testamento eran auténticos cuando pretendían anunciar al Mesías venidero o a su doctrina. Lo mismo debe decirse respecto de todos los que vinieron después de Cristo: serán verdaderos maestros en la medida que aprendan y transmitan la doctrina del Divino Maestro, tal como él mismo afirmó: "uno solo es vuestro Maestro" (Mt 23, 8). No enseña como un profesor común que persigue ilustrar a sus alumnos por medio del puro raciocinio; Jesús se basa en su conocimiento, por ser la Sabiduría infinita, y en su autoridad de Hijo de Dios, y por eso exige nuestra fe. Su vida nos proporcionó a cada paso los suficientes motivos para creer en él. Es un deber de nuestra parte creer en su palabra, imitar sus ejemplos, practicar su ley, etc.; en esto consiste la obediencia a la orden del Padre:"escuchadle".
La fragilidad humana frente a la gloria de Dios
Sobre los malos, su efecto es muy diferente: caen de espalda, tal como los soldados que fueron a arrestar a Jesús en el Huerto de los Olivos.
Así les quedó en evidencia que tal fuerza partía de Jesús y no de la naturaleza de ellos.
Después de la contemplación es necesario dedicarse a la acción
Conclusión
"Soy yo demasiado grande y mi destino demasiado noble para que me constituya en esclavo de mis sentidos" 12. A esa conclusión llegó Séneca por la mera elaboración filosófica, sin haber tenido la menor revelación acerca de nada análogo a la Transfiguración del Señor.
En el Tabor, Jesucristo va muchísimo más allá: con su divina pedagogía, nos hace conocer una parte de su gloria en los reflejos de la claridad propia a su cuerpo después de la resurrección. Pálido ejemplo de lo que veremos en el cielo, como fruto de los méritos de su Pasión, de los fulgores de su visión beatífica y de la unión hipostática. Como objetivo inmediato, quiso fortalecer a sus discípulos para que asumieran con heroísmo las tristes pruebas de su Pasión y Muerte, al margen de la manifestación de su divinidad. Pero no estaba ajeno a sus designios divinos el dejar consignado para la Historia cuáles son las verdaderas y reales alegrías reservadas a los justos post mortem.
En contrapartida, el demonio, el mundo y el pecado nos prometen alegrías con aires de absoluto. No obstante, su goce casi siempre es fugaz y seguido por una amarga frustración; además, al término de esta vida seremos arrojados en el fuego eterno como castigo, si acaso no existió de parte nuestra un arrepentimiento verdadero, propósito de enmienda y la obtención del perdón de Dios.
En el Tabor la voz del Padre proclama:"escuchadle". Esta recomendación se dirige sobre todo a nosotros, bautizados, puesto que somos hijos adoptivos de Dios, y por lo mismo, ya pasamos por una inmensa transformación cuando ascendimos al orden sobrenatural, dejando de ser exclusivamente puras criaturas. Sin embargo, cuando penetremos en el orden de la gloria se dará otra transformación, ya que seremos como él es ahora. Es para llegar allá que Cristo nos invita a acometer las asperezas de los primeros pasos en el camino de la virtud, para que a continuación la paz de alma nos sostenga, y finalmente seamos transfigurados en lo alto del Tabor eterno.
El Cielo, por sí solo, es una enorme manifestación de la bondad de Dios, un riquísimo tesoro de felicidad prometido por él y un poderoso estímulo para aceptar con amor las cruces durante nuestra existencia terrenal. Confiemos en esa promesa basándonos en las garantías de la Transfiguración del Señor y pidamos a la Madre de la Divina Gracia que bondadosamente nos preste auxilio con los recursos sobrenaturales, para llegar incólumes, decididos y seguros al buen puerto de la eternidad: el Cielo.
Por Mons. João Clá Dias, EP
(Revista Heraldos del Evangelio, Febrero/2008, n. 55, p. 10)
____
1) AQUINO, Sto. Tomás de - "Suma Teológica" I, q. 25, a. 6 ad 4.
2) Idem, "Suma contra los Gentiles" 1.1, c.100.
3) Idem, "Suma Teológica" I-II, q. 3, a. 2 ad 2.
4) Idem, ibidem, I-II q. 3, a. 3 ad 2.
5) Idem, ibidem, I q. 44 a. 4 ad 3.
6) CIC § 1024.
7) AQUINO, Sto. Tomás de - "Catena Aurea".
8) Idem, ibidem.
9) Idem, ibidem.
10) Idem, ibidem.
11) S. REMIGIO apud AQUINO, Sto. Tomás de - "Catena Aurea".
12) Seneca: Ep. 65.
Contenido publicado enes.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/49498#ixzz2bIL6drQR
Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.


