2010-10-06 - Evangelio según San Lucas 11,1-4
Publicado 2010/10/06
Autor : Sagrada Biblia
"Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos".
Carta de San Pablo a los Gálatas 2,1-2.7-14
Al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén con Bernabé, llevando conmigo a Tito.
Lo hice en virtud de una revelación divina, y les expuse el Evangelio que predico entre los paganos, en particular a los dirigentes para asegurarme que no corría o no había corrido en vano. Al contrario, aceptaron que me había sido confiado el anuncio del Evangelio a los paganos, así como fue confiado a Pedro el anuncio a los judíos.
Porque el que constituyó a Pedro Apóstol de los judíos, me hizo también a mí Apóstol de los paganos.
Por eso, Santiago, Cefas y Juan -considerados como columnas de la Iglesia- reconociendo el don que me había sido acordado, nos estrecharon la mano a mí y a Bernabé, en señal de comunión, para que nosotros nos encargáramos de los paganos y ellos de los judíos.
Solamente nos recomendaron que nos acordáramos de los pobres, lo que siempre he tratado de hacer. Pero cuando Cefas llegó a Antioquía, yo le hice frente porque su conducta era reprensible. En efecto, antes que llegaran algunos enviados de Santiago, él comía con los paganos, pero cuando estos llegaron, se alejó de ellos y permanecía apartado, por temor a los partidarios de la circuncisión.
Los demás judíos lo imitaron, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por su simulación. Cuando yo vi que no procedían rectamente, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: "Si tú, que eres judío, vives como los paganos y no como los judíos, ¿por qué obligas a los paganos a que vivan como los judíos?".
Salmo 117
¡Alaben al Señor, todas las naciones, glorifíquenlo, todos los pueblos!
Porque es inquebrantable su amor por nosotros, y su fidelidad permanece para siempre. ¡Aleluya!
Evangelio según San Lucas 11,1-4
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos".
El les dijo entonces: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación".
miércoles, 6 de octubre de 2010
Evangelio del día
Etiquetas: heraldos del evangelio, uruguaay, uruguauy, uruguay, uruuguay
El principal donante
Publicado 2010/10/06
Autor : Hna. Michelle Viccola, EP
El día señalado, el pueblo entero se agolpaba en frente de la nueva iglesia parroquial. Sin embargo, cuando la placa conmemorativa fue descubierta, ocurrió algo inesperado…
Adalberto era un niño inocente y bien educado. Su afectuosa madre, doña Carolina, le había enseñado desde pequeñito a venerar con ternura a las imágenes de Jesús y de María.
Su padre, Joaquín Loveira, acaudalado propietario de un ingenio de azúcar y conocido por el apodo de “El Coronel”, procuraba darle ejemplo de honestidad en los negocios y de benevolencia para con sus empleados.
La finca de los Sres. Loveira estaba algo distante de la aldea. El párroco del lugar, D. Nicolás, les visitaba con frecuencia para celebrar Misa, atender confesiones y asistir a los enfermos. En una de estas ocasiones, el Coronel le prometió que construiría una iglesia que fuera adecuada para la parroquia, ya que la antigua capilla del pueblo, aparte de ser muy pequeña, se encontraba en un estado muy precario de conservación.
Los aldeanos se entusiasmaron con la idea y se dispusieron para colaborar con lo que fuera: algunos ladrillos, algo de cemento o trabajando con sus propios brazos.
Sin embargo, pasaban los años y la construcción, por una u otra razón, no empezaba.
Adalberto era un niño inocente y bien educado. Su afectuosa madre, doña Carolina, le había enseñado desde pequeñito a venerar con ternura a las imágenes de Jesús y de María.
Su padre, Joaquín Loveira, acaudalado propietario de un ingenio de azúcar y conocido por el apodo de “El Coronel”, procuraba darle ejemplo de honestidad en los negocios y de benevolencia para con sus empleados.
La finca de los Sres. Loveira estaba algo distante de la aldea. El párroco del lugar, D. Nicolás, les visitaba con frecuencia para celebrar Misa, atender confesiones y asistir a los enfermos. En una de estas ocasiones, el Coronel le prometió que construiría una iglesia que fuera adecuada para la parroquia, ya que la antigua capilla del pueblo, aparte de ser muy pequeña, se encontraba en un estado muy precario de conservación.
Los aldeanos se entusiasmaron con la idea y se dispusieron para colaborar con lo que fuera: algunos ladrillos, algo de cemento o trabajando con sus propios brazos.
Sin embargo, pasaban los años y la construcción, por una u otra razón, no empezaba.
Adalberto acompañaba ya a su padre en los viajes de negocios. Destacaba por su emprendimiento y capacidad; llegó a aconsejarle sobre un proyecto mercantil, que le obtuvo enorme éxito. Pero a medida que el patrimonio de la familia iba aumentando, gracias a su buen acierto financiero, iba siendo más vanidoso, materialista y prepotente, relegando a segundo término la buena formación que había recibido de su madre.
El verse solo en la vida, tras el fallecimiento de sus padres, el Coronel y la piadosa doña Carolina, no le produjo ningún asombro, pues confiaba enteramente en sus cualidades personales. Además, contaba con el apoyo y el aplauso de mucha gente.
Aunque no eran las buenas almas que pertenecían al antiguo círculo de amistades de su familia, alejadas de su convivencia por su arrogancia y maltrato, sino un hatajo de aduladores oportunistas. Poco a poco se iba haciendo más temido que respetado, al contrario que el viejo Coronel .
Cierto día el joven fue a ver al P. Nicolás, ya anciano, y le dijo:
— Padre, he decidido cumplir la promesa que hizo mi progenitor de construir la nueva iglesia parroquial.
El sacerdote se quedó muy contento, pero desconfiado, porque conocía muy bien la índole de Adalberto, quien inmediatamente añadió:
— Sólo exijo una condición.
— ¿Y cuál sería, hijo mío?
— Que todos los gastos correrán exclusivamente a mi cargo.
Nadie podrá dar ni siquiera un ladrillo, ni un kilo de argamasa… ni nada de nada. A los obreros también les pagaré yo. Será la iglesia más hermosa de toda la región.
— Pero, ¿cuál es el motivo para negarles a los habitantes de la aldea la alegría de aportar su modesta colaboración?
A todos les gustaría contribuir en la construcción de la Casa de Dios…
¿No te das cuenta que se quedarán decepcionados?
El joven ricachón respondió con orgullo:
— Porque quiero que se ponga una vistosa placa con la siguiente inscripción: “Adalberto Loveira, único donante de este hermoso templo”. De esta manera mi nombre será recordado por todos ahora y en el futuro.
El viejo párroco, en un principio no era muy propenso a aceptar tal condición; sin embargo, no sería prudente dejar pasar esta oportunidad. La pequeña iglesia del pueblo se deterioraba cada vez más y se hacía urgente la construcción de una nueva y mayor…
Al domingo siguiente, después de la Misa matutina, el P. Nicolás dio la gran noticia a los habitantes de la localidad.
El aplauso fue general, lleno de gozo. Pero cuando les comunicó la condición impuesta… un velo de tristeza recorrió todas las miradas.
En seguida empezó la edificación, supervisada por un famoso ingeniero de la capital. Un competente capataz de obras dirigía a los trabajadores y un gran número de animales de carga era usado para el transporte de los materiales. Los cimientos quedaron listos en pocas semanas.
Las paredes se iban levantando con sorprendente velocidad.
Los feligreses contemplaban admirados aquellos ladrillos que ya iban adquiriendo aspecto de iglesia. No obstante, una tristeza les embargaba el corazón: no podían contribuir con nada en la nueva Casa del Señor…
Una pobre viuda llamada Guillermina se hallaba muy inconforme con aquella prohibición. Había estado ahorrando durante años algunas monedas de la escasa pensión que su marido le había dejado y había prometido aplicarlas solamente en la construcción de la nueva parroquia. ¿Es que una anciana como ella no iría a honrar el compromiso adquirido con Dios?
Entonces pensó consigo misma: “El párroco nos ha prohibido que demos donativos para la obra. Pero nada me impide que alimente a los animales que cargan sobre sus lomos los materiales. Están bastante mal nutridos y van a terminar todos enfermos si alguien no les refuerza la ración de comida con un poco de avena”. Dicho y hecho. Todos los días, a escondidas, la buena señora daba a los animales una porción extra de avena, hasta que gastó todas sus monedas.
Por fin, la iglesia quedó concluida. El joven terrateniente ordenó que pusieran en la fachada, junto a la puerta de entrada, una gran placa de bronce con su nombre grabado en letras enormes y exigió que en el momento en que empezase la ceremonia de dedicación fuese descorrida al son de las trompetas de la banda municipal.
El día señalado todo el pueblo se agolpaba en frente del nuevo templo mientras la placa era descubierta.
Sin embargo…, cuál no fue la sorpresa de todos al ver lo que estaba escrito en ella: “Guillermina, pobre viuda, principal donante de esta hermosa iglesia”. Adalberto empalideció. Y entre el gentío se produjo un murmullo… La única que, absorta en sus oraciones, no se había dado cuenta de lo ocurrido era la propia doña Guillermina.
Enfurecido y alborotado, Adalberto se dirigió hacia la pobre mujer para pedirle explicaciones. Con la candidez y sinceridad más grandes, narró cómo había alimentado a los animales, pero que de la placa no sabía nada.
Mientras buscaba inútilmente una explicación a lo sucedido, el arrogante joven comenzó a recordar los consejos y enseñanzas que de su cariñosa madre había recibido. Igualmente le vinieron a la mente las palabras de Jesús a los Apóstoles, cuando veía a las personas echando limosnas en el tesoro del Templo: “Os aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie” (Lc 21, 3).
Entre lágrimas de sincero arrepentimiento, Adalberto pidió públicamente perdón a la población. Después llamó aparte al P. Nicolás e hizo la mejor confesión de su vida.
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Honduras: Un día con María en Siguatepeque.
Los coordinadores de los oratorios que circulan por Siguatepeque organizaron un Día con María.
Además de la Eucaristía y el Santo Rosario también se realizaron obras de teatro.
Todo se desarrolló en un clima de mucha bendición, que las intensas lluvias no llegaron a suspender.
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lunes, 4 de octubre de 2010
Benedicto XVI presidirá vigilia por el no nacido al final de noviembre
Publicado 2010/10/01
Autor : Gaudium Press
La ceremonia, que se realizará en la Basílica de San Pedro, pautará la celebración de las Primeras Vísperas del I Domingo de Adviento
Ciudad del Vaticano (Viernes, 01-10-2010, Gaudium Press) La vigilia por la vida del no nacido, el próximo 27 de noviembre, será presidida por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. Informó en la mañana de este viernes la Sala de Prensa de la Santa Sede.
Por medio de una nota de prensa, el director de la Sala de Prensa vaticana, el padre Federico Lombardi, explicó el motivo de tal acontecimiento. De acuerdo con el sacerdote, las Primeras Vísperas del I Domingo de Adviento, normalmente celebradas por el Pontífice, este año serán insertadas en el ámbito de una vigilia por la vida del no nacido, "en la perspectiva del Tiempo de Adviento y la Navidad que se aproxima".
Con el objetivo de establecer una unión espiritual con el Santo Padre y propagar el testimonio eclesial por una cultura pautada por la vida y el amor, el prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Cardenal Antonio Cañizares Llovera, y el Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, Cardenal Ennio Antonelli, enviaron, por medio de nuncios apostólicos, una carta a los presidentes de cada conferencia episcopal, a fin de que ellos inviten a los obispos a promover en sus diócesis celebraciones e iniciativas de oración.
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“Ayúdales sin que lo noten”
El pensamiento de la muerte te ayudará a cultivar la virtud de la caridad, porque quizá ese instante concreto de convivencia es el último en que coincides con éste o con aquél...: ellos o tú, o yo, podemos faltar en cualquier momento. (Surco, 895)
¿Qué es la comunión de los Santos?
Publicado 2010/10/01
Autor: Gaudium Press
Sección: Opinión
Redacción (Viernes, 01-10-2010, Gaudium Press) ¿Es posible ser un gran misionero sin salir jamás del convento? Santa Teresita del Niño Jesús fue honrada por los Papas como patrona de las Misiones, entretanto, nunca salió del Carmelo, lo que parece una contradicción. Sin embargo, si conocemos lo que es la comunión de los santos, veremos que este título fue, en verdad, un auténtico acto de justicia.
Decía esta santa en su autobiografía que deseaba ser al mismo tiempo apóstol, mártir, cruzado, sacerdote, catequista, religiosa de clausura, ayudar a los enfermos... quería ser todo por el beneficio de las almas. Estas ganas de hacer el bien a todos, no podría ser aplicada de forma natural, sino realizada por medios sobrenaturales. En determinado momento de su vida, instruida acerca de la doctrina de la comunión de los santos, comprendió que su papel en la Iglesia sería como el "corazón", que influencia a todos los miembros por el influjo sanguíneo del amor a Dios.
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Santo del día
San Francisco de Asís
Publicado 2010/10/04
Autor : Catholic.net
Fundador de la Orden de los Franciscanos, 4 de octubre.
San Francisco fue un santo que vivió tiempos difíciles de la Iglesia y la ayudó mucho. Renunció a su herencia dándole más importancia en su vida a los bienes espirituales que a los materiales.
Francisco nació en Asís, Italia en 1181 ó 1182. Su padre era comerciante y su madre pertenecía a una familia noble. Tenían una situación económica muy desahogada. Su padre comerciaba mucho con Francia y cuando nació su hijo estaba fuera del país. Las gentes apodaron al niño “francesco” (el francés) aunque éste había recibido en su bautismo el nombre de “Juan.”
En su juventud no se interesó ni por los negocios de su padre ni por los estudios. Se dedicó a gozar de la vida sanamente, sin malas costumbres ni vicios. Gastaba mucho dinero pero siempre daba limosnas a los pobres. Le gustaban las románticas tradiciones caballerescas que propagaban los trovadores.
Cuando Francisco tenía como unos veinte años, hubo pleitos y discordia entre las ciudades de Perugia y Asís. Francisco fue prisionero un año y lo soportó con alegría. Cuando recobró la libertad cayó gravemente enfermo. La enfermedad fortaleció y maduró su espíritu. Cuando se recuperó, decidió ir a combatir en el ejército. Se compró una costosa armadura y un manto que regaló a un caballero mal vestido y pobre. Dejó de combatir y volvió a su antigua vida pero sin tomarla tan a la ligera. Se dedicó a la oración y después de un tiempo tuvo la inspiración de vender todos sus bienes y comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio. Se dio cuenta que la batalla espiritual empieza por la mortificación y la victoria sobre los instintos. Un día se encontró con un leproso que le pedía una limosna y le dio un beso.
Visitaba y servía a los enfermos en los hospitales. Siempre, regalaba a los pobres sus vestidos, o el dinero que llevaba. Un día, una imagen de Jesucristo crucificado le habló y le pidió que reparara su Iglesia que estaba en ruinas. Decidió ir y vender su caballo y unas ropas de la tienda de su padre para tener dinero para arreglar la Iglesia de San Damián. Llegó ahí y le ofreció al padre su dinero y le pidió permiso para quedarse a vivir con él. El sacerdote le dijo que sí se podía quedar ahí, pero que no podía aceptar su dinero. El papá de San Francisco, al enterarse de lo sucedido, fue a la Iglesia de San Damián pero su hijo se escondió. Pasó algunos días en oración y ayuno. Regresó a su pueblo y estaba tan desfigurado y mal vestido que las gentes se burlaban de él como si fuese un loco. Su padre lo llevó a su casa y lo golpeó furiosamente, le puso grilletes en los pies y lo encerró en una habitación (Francisco tenía entonces 25 años). Su madre se encargó de ponerle en libertad y él se fue a San Damián. Su padre fue a buscarlo ahí y lo golpeó y le dijo que volviera a su casa o que renunciara a su herencia y le pagara el precio de los vestidos que había vendido de su tienda. San Francisco no tuvo problema en renunciar a la herencia y del dinero de los vestidos pero dijo que pertenecía a Dios y a los pobres. Su padre le obligó a ir con el obispo de Asís quien le sugirió devolver el dinero y tener confianza en Dios. San Francisco devolvió en ese momento la ropa que traía puesta para dársela a su padre ya que a él le pertenecía. El padre se fue muy lastimado y el obispo regaló a San Francisco un viejo vestido de labrador que tenía al que San Francisco le puso una cruz con un trozo de tiza y se lo puso.
San Francisco partió buscando un lugar para establecerse. En un monasterio obtuvo limosna y trabajo como si fuera un mendigo. Unas personas le regalaron una túnica, un cinturón y unas sandalias que usó durante dos años.
Luego regresó a San Damián y fue a Asís para pedir limosna para reparar la Iglesia. Ahí soportó las burlas y el desprecio. Una vez hechas las reparaciones de San Damián hizo lo mismo con la antigua Iglesia de San Pedro. Después se trasladó a una capillita llamada Porciúncula, de los benedictinos, que estaba en una llanura cerca de Asís. Era un sitio muy tranquilo que gustó mucho a San Francisco. Al oir las palabras del Evangelio “...No lleven oro....ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo..”, regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó solamente con su túnica sujetada con un cordón. Comenzó a hablar a sus oyentes acerca de la penitencia. Sus palabras llegaban a los corazones de sus oyentes. Al saludar a alguien, le decía “La paz del Señor sea contigo”. Dios le había concedido ya el don de profecía y el don de milagros.
San Francisco tuvo muchos seguidores y algunos querían hacerse discípulos suyos. Su primer discípulo fue Bernardo de Quintavalle que era un rico comerciante de Asís que vendió todo lo que tenía para darlo a los pobres. Su segundo discípulo fue Pedro de Cattaneo. San Francisco les concedió hábitos a los dos en abril de 1209.
Cuando ya eran doce discípulos, San Francisco redactó una regla breve e informal que eran principalmente consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Después de varios años se autorizó por el Papa Inocencio III la regla y les dio por misión predicar la penitencia.
San Francisco y sus compañeros se trasladaron a una cabaña que luego tuvieron que desalojar. En 1212, el abad regaló a San Francisco la capilla de Porciúncula con la condición de que la conservase siempre como la iglesia principal de la nueva orden. Él la aceptó pero sólo prestada sabiendo que pertenecía a los benedictinos. Alrededor de la Porciúncula construyeron cabañas muy sencillas. La pobreza era el fundamento de su orden. San Francisco sólo llegó a recibir el diaconado porque se consideraba indigno del sacerdocio. Los primeros años de la orden fueron un período de entrenamiento en la pobreza y en la caridad fraterna. Los frailes trabajaban en sus oficios y en los campos vecinos para ganarse el pan de cada día. Cuando no había trabajo suficiente, solían pedir limosna de puerta en puerta. El fundador les había prohibido aceptar dinero. Se distinguían por su gran capacidad de servicio a los demás, especialmente a los leprosos a quienes llamaban “hermanos cristianos”. Debían siempre obedecer al obispo del lugar donde se encontraran. El número de compañeros del santo iba en aumento.
Santa Clara oyó predicar a San Francisco y decidió seguirlo en 1212. San Francisco consiguió que Santa Clara y sus compañeras se establecieran en San Damián. La oración de éstas hacía fecundo el trabajo de los franciscanos.
San Francisco dio a su orden el nombre de “Frailes Menores” ya que quería que fueran humildes. La orden creció tanto que necesitaba de una organización sistemática y de disciplina común. La orden se dividió en provincias y al frente de cada una se puso a un ministro encargado “del bien espiritual de los hermanos”. El orden de fraile creció más alla de los Alpes y tenían misiones en España, Hungría y Alemania. En la orden habían quienes querían hacer unas reformas a las reglas, pero su fundador no estuvo de acuerdo con éstas. Surgieron algunos problemas por esto porque algunos frailes decían que no era posible el no poseer ningún bien. San Francisco decía que éste era precisamente el espíritu y modo de vida de su orden.
San Francisco conoció en Roma a Santo Domingo que había predicado la fe y la penitencia en el sur de Francia.
En la Navidad de 1223 San Francisco construyó una especie de cueva en la que se representó el nacimiento de Cristo y se celebró Misa.
En 1224 se retiró al Monte Alvernia y se construyó ahí una pequeña celda. La única persona que lo acompañó fue el hermano León y no quiso tener visitas. Es aquí donde sucedió el milagro de las estigmas en el cual quedaron impresas las señales de la pasión de Cristo en el cuerpo de Francisco. A partir de entonces llevaba las manos dentro de las mangas del hábito y llevaba medias y zapatos. Dijo que le habían sido reveladas cosas que jamás diría a hombre alguno. Un tiempo después bajo del Monte y curó a muchos enfermos.
San Francisco no quería que el estudio quitara el espíritu de su orden. Decía que sí podían estudiar si el estudio no les quitaba tiempo de su oración y si no lo hacían por vanidad. Temía que la ciencia se convirtiera en enemiga de la pobreza.
La salud de San Francisco se fue deteriorando, los estigmas le hacían sufrir y le debilitaron y ya casi había perdido la vista. En el verano de 1225 lo llevaron con varios doctores porque ya estaba muy enfermo. Poco antes de morir dictó un testamento en el que les recomendaba a los hermanos observar la regla y trabajar manualmente para evitar la ociosidad y dar buen ejemplo. Al enterarse que le quedaban pocas semanas de vida, dijo “¡Bienvenida, hermana muerte!”y pidió que lo llevaran a Porciúncula. Murió el 3 de octubre de 1226 después de escuchar la pasión de Cristo según San Juan. Tenía 44 años de edad. Lo sepultaron en la Iglesia de San Jorge en Asís.
Son famosas las anécdotas de los pajarillos que venían a escucharle cuando cantaba las grandezas del Señor, del conejillo que no quería separarse de él y del lobo amansado por el santo. Algunos dicen que estas son leyenda, otros no.
San Francisco contribuyó mucho a la renovación de la Iglesia de la decadencia y el desorden en que había caído durante la Edad Media. El ayudó a la Iglesia que vivía momentos difíciles.
¿Qué nos enseña la vida de San Francisco?
Nos enseña a vivir la virtud de la humildad. San Francisco tuvo un corazón alegre y humilde. Supo dejar no sólo el dinero de su padre sino que también supo aceptar la voluntad de Dios en su vida. Fue capaz de ver la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre. Veía la grandeza de Dios en la naturaleza.
Nos enseña a saber contagiar ese entusiasmo por Cristo a los demás. Predicar a Dios con el ejemplo y con la palabra. San Francisco lo hizo con Santa Clara y con sus seguidores dando buen ejemplo de la libertad que da la pobreza.
Nos enseña el valor del sacrificio. San Francisco vivió su vida ofreciendo sacrificios a Dios.
Nos enseña a vivir con sencillez y con mucho amor a Dios. Lo más importante para él era estar cerca de Dios. Su vida de oración fue muy profunda y era lo primordial en su vida.
Fue fiel a la Iglesia y al Papa. Fundó la orden de los franciscanos de acuerdo con los requisitos de la Iglesia y les pedía a los frailes obedecer a los obispos.
Nos enseña a vivir cerca de Dios y no de las cosas materiales. Saber encontrar en la pobreza la alegría, ya que para amar a Dios no se necesita nada material.
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Evangelio del día
2010-10-04 - Evangelio según San Lucas 10,25-37
Publicado 2010/10/04
Autor : Sagrada Biblia
Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera".
Carta de San Pablo a los Gálatas 1,6-12
Me sorprende que ustedes abandonen tan pronto al que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir otro evangelio. No es que haya otro, sino que hay gente que los está perturbando y quiere alterar el Evangelio de Cristo. Pero si nosotros mismos o un ángel del cielo les anuncia un evangelio distinto del que les hemos anunciado, ¡que sea expulsado!
Ya se lo dijimos antes, y ahora les vuelvo a repetir: el que les predique un evangelio distinto del que ustedes han recibido, ¡que sea expulsado!
¿Acaso yo busco la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿Piensan que quiero congraciarme con los hombres? Si quisiera quedar bien con los hombres, no sería servidor de Cristo. Quiero que sepan, hermanos, que la Buena Noticia que les prediqué no es cosa de los hombres, porque yo no la recibí ni aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.
Salmo 110
¡Aleluya! Doy gracias al Señor de todo corazón, en la reunión y en la asamblea de los justos.
Grandes son las obras del Señor: los que las aman desean comprenderlas.
Las obras de sus manos son verdad y justicia; todos sus preceptos son indefectibles: están afianzados para siempre y establecidos con lealtad y rectitud.
El envió la redención a su pueblo, promulgó su alianza para siempre: su Nombre es santo y temible.
El temor del Señor es el comienzo de la sabiduría: son prudentes los que lo practican. ¡El Señor es digno de alabanza eternamente!
Evangelio según San Lucas 10,25-37
Y entonces, un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?".
Jesús le preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?".
El le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo".
"Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida".
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?".
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto.
Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió.
Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.
Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'.
¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?".
"El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera".
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viernes, 1 de octubre de 2010
Uruguay: Los Heraldos del Evangelio donan Imagen a una capilla del Departamento de Durazno.
Un fervoroso público esperaba a la Virgen a la entrada del templo, para partir en procesión con Ella por el barrio, rezando los misterios gozosos del Santo Rosario y entonando cánticos.
Luego el Párroco, Padre Hernando, celebró la Santa Misa y bendijo la Imagen. La talla policromada, de unos 40 centímetros de alto, fue traída de México por un miembro de los Heraldos del Evangelio que se encontraba allí en misión.
Finalizada la Misa todos los presentes compartieron un ágape.
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Santo del día
Santa Teresa del Niño Jesús
Publicado 2010/10/01
Autor : Catholic.net
Sencillez y perfección en las cosas pequeñas, Octubre 1
Martirologio Romano: Memoria de santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia, que entró aún muy joven
en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Lisieux, llegando a ser maestra de santidad en Cristo por su inocencia y simplicidad. Enseñó el camino de la perfección cristiana por medio de la infancia espiritual, demostrando una mística solicitud en bien de las almas y del incremento de la Iglesia, y terminó su vida a los veinticinco años de edad, el día treinta de septiembre (1897)
La Iglesia le dedica este día para que la conozcamos y tratemos de imitar sus virtudes de delicadeza y pefección en las cosas pequeñas.
Hay dos santas con el mismo nombre: Santa Teresita del Niño Jesús o de Lisieux y Santa Teresa de Ávila (15 de Octubre). Ambas fueron monjas carmelitas, nos dejaron una autobiografía y son santas doctoras de la Iglesia.
María Francisca Teresa (Santa Teresita del Niño Jesús o de Lisieux) nació el 2 de Enero de 1873 en Francia. Hija de un relojero y una costurera de Alençon. Tuvo una infancia feliz y ordinaria, llena de buenos ejemplos. Teresita era viva e impresionable, pero no particularmente devota.
En 1877, cuando Teresita tenía cuatro años, murió su madre. Su padre vendió su relojería y se fue a vivir a Lisieux donde sus hijas estarían bajo el ciudado de su tía, la Sra. Guerin, que era una mujer excelente. Santa Teresita era la preferida de su padre. Sus hermanas eran María, Paulina y Celina. La que dirigía la casa era María y Paulina que era la mayor se encargaba de la educación religiosa de sus hermanas. Les leía mucho en el invierno.
Cuando Teresita tenía 9 años, Paulina ingresó al convento de las carmelitas. Desde entonces, Teresita se sintió inclinada a seguirla por ese camino. Era una niña afable y sensible y la religión ocupaba una parte muy importante de su vida.
Cuando Teresita tenía catorce años, su hermana María se fue al convento de las carmelitas igual que Paulina. La Navidad de ese año, tuvo la expeirencia que ella llamó su “conversión”. Dice ella que apenas a una hora de nacido el Niño Jesús, inundó la oscuridad de su alma con ríos de luz. Decía que Dios se había hecho débil y pequeño por amor a ella para hacerla fuerte y valiente.
Al año siguiente, Teresita le pidió permiso a su padre para entrar al convento de las carmelitas y él dijo que sí. Las monjas del convento y el obispo de Bayeux opinaron que era muy joven y que debía esperar.
Algunos meses más tarde fueron a Roma en una peregrinación por el jubileo sacerdotal del Papa León XIII. Al arrodillarse frenta al Papa para recibir su bendición, rompió el silencio y le pidió si podía entrar en el convento a los quince años. El Papa quedó impresionado por su aspecto y modales y le dijo que si era la voluntad de Dios así sería
Teresita rezó mucho en todos los santuarios de la peregrinación y con el apoyo del Papa, logró entrar en el Carmelo en Abril de 1888. Al entrar al convento, la maestra de novicias dijo; “ Desde su entrada en la orden, su porte tenía una dignidad poco común de su edad, que sorprendió a todas las religiosas.” Profesó como religiosa el 8 de Septiembre de 1890. Su deseo era llegar a la cumbre del monte del amor.
Teresita cumplió con las reglas y deberes de los carmelitas. Oraba con un inmenso fervor por los sacerdotes y los misioneros. Debido a esto, fue nombrada después de su muerte, con el título de patrona de las misiones, aunque nunca habia salido de su convento.
Se sometió a todas las austeridades de la orden, menos al ayuno, ya que era delicada de salud y sus superiores se lo impidieron. Entre las penitencias corporales, la más dura para ella era el frío del invierno en el convento. Pero ella decía “Quería Jesús concederme el martirio del corazón o el martirio de la carne; preferiría que me concediera ambos.” Y un día pudo exclamar “He llegado a un punto en el que me es imposible sufrir, porque todo sufrimiento es dulce.”
En 1893, a los veinte años, la hermana Teresa fue nombrada asistente de la maestra de novicias. Prácticamente ella era la maestra de novicias, aunque no tuviera el título. Con respecto a esta labor, decía ella que hacer el bien sin la ayuda de Dios era tan imposible como hacer que el sol brille a media noche.
Su padre enfermó perdiendo el uso de la razón a causa de dos ataques de parálisis. Celina, su hermana, se encargó de cuidarlo. Fueron unos año difíciles para las hijas. Al morir el padre, Celina ingresó al convento con sus hermanas.
En este mismo año, Teresita se enfermó de tuberculosis. Quería ir a una misión en Indochina pero su salud no se lo permitió. Sufrió mucho los últimos 18 meses de su vida. Fue un período de sufrimiento corporal y de pruebas espirituales. En junio de 1897 fue trasladada a la enfermería del convento de la que no volvió a salir. A partir de agosto ya no podía recibir la Comunión debido a su enfermedad y murió el 30 de Septiembre de ese año. Fue beatificada en 1923 y canonizada en 1925. Se le presenta como una monja carmelita con un crucifijo y rosas en los brazos. Ella decía que después de su muerte derramaría una lluvia de rosas.
El culto a esta santa comenzó a crecer con rapidez. Los milagros hechos gracias a su intercesión atrajeron a atención de los cristianos del mundo entero.
Escribió el libro “Historia de un alma” que es una autobiografía. Escribe frases preciosas como éstas en ese libro: “Para mí, orar consiste en elevar el corazón, en levantar los ojos al cielo, en manifestar mi graitud y mi amor lo mismo en el gozo que en la prueba.”; “Te ruego que poses tus divinos ojos sobre un gran número de almas pequeñas.” Teresita se contaba a sí misma entre las almas pequeñas, decía “Yo soy un alma minúscula, que sólo puede ofrecer pequeñeces a nuestro Señor.”
¿Qué nos enseña Santa Teresita?
Nos enseña un camino para llegar a Dios: la sencillez de alma. Hacer por amor a Dios nuestras labores de todos los días. Tener detalles de amor con los que nos rodean. Esta es la “grandeza” de Santa Teresita. Decía: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra.”El secreto es reconocer nuestra pequeñez ante Dios, nuestro Padre. Tener una actitud de niño al amar a Dios, es decir, amarlo con simplicidad, con confianza absoltua, con humildad sirvendo a los demás. Esto es a lo que ella llama su “caminito”. Es el camino de la infancia espiritual, un camino de confianza y entrega absoluta a Dios.
Nos enseña a servir a los demás con amor y perfección viendo en ellos a Jesús. Toda su vida fue de servicio a los demás. Ser mejores cada día con los demás en los detalles de todos los días.
Nos enseña a tener paciencia ante las dificultades de la vida. Su enfermedad requi-rió de mucha paciencia y aceptación. Sólo estando cerca de Dios el sufrimiento se hace dulce.
Nos enseña a tener sentido del humor ante lo inevitable. Dicen que durante la meditación en el convento, una de las hermanas agitaba su rosario y esto irritaba a Santa Teresita. Decidió entonces en lugar de tratar de no oir nada, escuchar este ruido como si fuera una música preciosa. En nuestras vidas hay situaciones o acciones de los demás que nos molestan y que no podemos evitar. Debemos aprender a reirnos de éstas, a disfrutarlas por que nos dan la oportunidad de ofrecer algo a Dios.
Nos enseña que podemos vivir nuestro cielo en la tierra haciendo el bien a los que nos rodean. Actuar con bondad siempre, buscando lo mejor para los demás. Esta es una manera de alcanzar el cielo.
Nos enseña a ser sencillos como niños para llegar a Dios. Orar con confianza, con simplicidad. Sentirnos pequeños ante Dios nuestro Padre.
Oración
Virgen María y Santa Teresita, ayúdenme a tener más amor a Dios para servir mejor a los que me rodean.
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Santo Padre retorna hoy al Vaticano, después de casi tres meses en Castel Gandolfo
Publicado 2010/09/30
Autor : Gaudium Press
El Pontífice partió de “vacaciones” a la pequeña ciudad montañosa al norte de Roma el 7 de julio. A diferencia de años anteriores, Benedicto XVI decidió limitar todo su período estivo fuera del Vaticano solo a Castel Gandolfo
Ciudad del Vaticano (Jueves, 30-09-2010, Gaudium Press) Después de casi tres meses de "vacaciones" en Castel Gandolfo, el Papa Benedicto XVI retorna hoy en la tarde a su residencia apostólica en el Vaticano. La Santa Sede no informó el horario en que el Papa debe llegar. Benedicto XVI estaba en la pequeña ciudad montañosa vecina de Roma desde el 7 de julio, para donde partió después de celebrar una audiencia general en el Vaticano.
Esta fue la primera vez que el Papa decidió pasar todas sus "vacaciones" de verano en apenas un lugar -en este caso, Gandolfo-, a diferencia de lo que habitualmente ocurrió en los últimos años, cuando además de Castel Gandolfo, el Pontífice también pasaba algunos días en el Valle D'Aosta, región de los alpes, Bressanone o Lorenzago di Cadore.
Audiencias
Como parte de sus últimos compromisos pontificios, todavía en Castel Gandolfo, esta mañana Benedicto XVI recibió en audiencia privada al Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el Cardenal Ivan Dias, al Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, el Cardenal Stanislaw Rylko, y al fundador de la Comunidad de San Egidio, Prof. Andrea Riccardi, que estaba acompañado del Obispo de Terni-Narni-Amelia, Mons. Vincenzo Paglia.
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“¡No te aflijas, hija mía!”
Con la lana de las ovejas de ese lugar se obtenía un excelente hilo, hasta tal punto que de lejanos parajes venían mercaderes para comprarla.
Manuel era propietario de una de esas fincas. Había heredado de su padre un gran rebaño que cuidaba celosamente y que en ocasiones él mismo era quien lo llevaba a pastorear. A cada oveja la llamaba por su nombre y ellas reconocían su voz y le obedecían.
Su esposa, Guillermina, era una de esas portuguesas fuertes, decididas, que nunca paran de trabajar.
Apreciaba mucho a sus criados y ayudaba a las muchachas que cardaban e hilaban y les explicaba los secretos de este oficio que ella misma dominaba desde pequeñita. Enseñaba a utilizar la rueca con tanta habilidad que la lana que en esa finca se producía era de las más cotizadas.
Formaban un matrimonio fervorosamente católico. Participaban en todas las actividades de la parroquia y ninguno de sus hijos dejaba de ir a Misa todos los domingos; además estaban atentos de que ninguno de ellos faltase nunca a una clase de catecismo.
Casi todos los días Guillermina se levantaba de madrugada para poder asistir a la primera Misa que se celebraba a las seis de la mañana en la aldea.
A las doce del mediodía, en punto, la gran y centenaria campana de la finca repicaba y todos paraban sus labores para rezar el Ángelus. Al final de la jornada, por la tarde, Manuel reunía a su familia y a la servidumbre para recitar el Rosario en la capilla.
Aquella casa rebosaba felicidad. Los niños crecían alegres y saludables.
Los negocios prosperaban. El rebaño se multiplicaba. Patrones y empleados convivían en una armonía muy grande.
Hasta que un día, traicionado por una persona en la que confiaba, Manuel perdió todos los bienes de la familia.
La casa, los campos, el rebaño, todo fue hipotecado para saldar las deudas, aunque eran tantas que ni siquiera así fue posible pagarlas…
Guillermina, su marido y sus hijos tuvieron que abandonar la hacienda para ir a vivir en una sencilla cabaña.
Para ganarse el sustento, Manuel trabajaba de pastor al servicio de un viejo conocido suyo, mientras que ella cardaba e hilaba la lana de las ovejas.
El tiempo pasaba y la situación, por más que ambos se esforzaban, no mejoraba.
Todavía les quedaban deudas y el minúsculo salario de Manuel casi no alcanzaba para mantener a la familia.
Para ayudarle, su mujer se pasaba noches enteras hilando, con la ayuda de una desencajada rueca. Y eso sin dejar de cocinar, lavar, planchar y cuidar a sus hijos, manteniendo siempre limpia y arreglada la humilde morada. Mientras trabajaba de esta manera, rezaba y rezaba... Estaba convencida de que María Auxiliadora no los abandonaría.
En determinados momentos del día paraba lo que estuviese haciendo y recitaba la oración de San Bernardo, de la que siempre pronunciaba con un fervor especial estas palabras: “que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado” ...
Pero parecía que la Santísima Virgen no la oía, pues cuanto más repetía el “Acordaos”, ¡más empeoraban las cosas!
Una de esas madrugadas, a la luz de un pequeño quinqué, con los dedos ya heridos de tanto hilar, afligida y llo
rando, mientras trabajaba, Guillermina rezaba: — Señora, sé que nunca abandonas a quienes recurren a Ti. Pero, ¡mira nuestra situación! Los niños ya casi no tienen qué comer; los acreedores llaman continuamente a nuestra puerta; Manuel está ya tan delgado que se quedará sin fuerzas para pastorear… Por favor, Señora, ¡que ya no aguantamos tantas desdichas! ¡Ayúdanos!Entre quejidos y lágrimas, Guillermina sintió en ese momento cómo una luz resplandeciente iluminaba el pequeño espacio donde se encontraba.
En seguida, unas manos afables y cariñosas se apoyaban sobre sus hombros, llenándola de fuerzas y aliento. Era la Virgen Santísima que había venido a consolarla y a decirle, con una voz suave:
— ¡No te aflijas, hija mía! Los reveses que padecéis en esta vida sirven para purgar vuestras faltas. Cuando Dios permite los infortunios nos está demostrando que nos ama, pues todo lo que sufrimos en esta Tierra, si lo hacemos con confianza y resignación, nos hace más semejantes a mi Divino Hijo, flagelado, coronado de espinas y muerto en la Cruz para salvarnos.
Soporta con paciencia estas adversidades, ya que ellas obtienen para ti y tu familia unos méritos tan grandes que no puedes imaginar. Confianza, hija mía; en cada una de tus dificultades, ¡estaré a tu lado!
Y desapareció…
Guillermina se sintió tan fortalecida después de esto que nunca más se quejó. Le daba ánimos a su marido en sus fatigas, alegraba a sus hijos cuando estaban tristes y ofrecía todas las tribulaciones de su vida mísera y desventurada para, por medio de María, aliviar los dolores del Divino Redentor.
Desde el Cielo la Señora contemplaba con agrado la rectitud de esa alma tan fiel. Se complacía con su firmeza en el sufrimiento, con su buena disposición y entrega en beneficio de su esposo y de su prole. Y consiguió de su Divino Hijo que restituyera a su predilecta Guillermina todo lo que habían perdido.
En efecto, el amigo que les había traicionado, arrepentido y corroído por el remordimiento, decidió irse de aquella región, no sin antes dejar en la puerta de la pobre cabaña una bolsa con suficiente dinero como para pagar todas las deudas que aún le quedaba a la familia y poder comprar un nuevo terreno.
A partir de entonces la prosperidad regresó al hogar de Manuel y Guillermina. Los prados de la actual propiedad se mostraban mejores que los de la anterior. La casa recién adquirida quedó, después de pequeñas reformas, más acogedora que la antigua. Los hijos del matrimonio ya estaban crecidos y vigorosos y empezaron a ayudar a su padre en los cuidados del próspero rebaño.
Y en la capilla de la nueva finca, junto al altar, fue puesta una sonriente efigie de María Auxiliadora que según muchos de los que la conocieron era la imagen más hermosa que había en toda la comarca, aún más que la que se veneraba en la iglesia.
¿Sería realmente así o sería una exageración provocada por amistad?
No lo sabemos. Aunque Guillermina afirmó siempre que esa imagen era increíblemente semejante a aquella luminosa Señora que un día de tribulación le dijo: “¡No te aflijas, hija mía!”
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