viernes, 1 de octubre de 2010

“¡No te aflijas, hija mía!”


En las tierras de Trás-os- Montes, cercanas a Vila Real, existían magníficas praderas. La mayor parte de los terratenientes de aquella región se dedicaba a la cría de ganado ovino.

Con la lana de las ovejas de ese lugar se obtenía un excelente hilo, hasta tal punto que de lejanos parajes venían mercaderes para comprarla.

Manuel era propietario de una de esas fincas. Había heredado de su padre un gran rebaño que cuidaba celosamente y que en ocasiones él mismo era quien lo llevaba a pastorear. A cada oveja la llamaba por su nombre y ellas reconocían su voz y le obedecían.

Su esposa, Guillermina, era una de esas portuguesas fuertes, decididas, que nunca paran de trabajar.

Apreciaba mucho a sus criados y ayudaba a las muchachas que cardaban e hilaban y les explicaba los secretos de este oficio que ella misma dominaba desde pequeñita. Enseñaba a utilizar la rueca con tanta habilidad que la lana que en esa finca se producía era de las más cotizadas.

Formaban un matrimonio fervorosamente católico. Participaban en todas las actividades de la parroquia y ninguno de sus hijos dejaba de ir a Misa todos los domingos; además estaban atentos de que ninguno de ellos faltase nunca a una clase de catecismo.

Casi todos los días Guillermina se levantaba de madrugada para poder asistir a la primera Misa que se celebraba a las seis de la mañana en la aldea.

A las doce del mediodía, en punto, la gran y centenaria campana de la finca repicaba y todos paraban sus labores para rezar el Ángelus. Al final de la jornada, por la tarde, Manuel reunía a su familia y a la servidumbre para recitar el Rosario en la capilla.

Aquella casa rebosaba felicidad. Los niños crecían alegres y saludables.

Los negocios prosperaban. El rebaño se multiplicaba. Patrones y empleados convivían en una armonía muy grande.

Hasta que un día, traicionado por una persona en la que confiaba, Manuel perdió todos los bienes de la familia.

La casa, los campos, el rebaño, todo fue hipotecado para saldar las deudas, aunque eran tantas que ni siquiera así fue posible pagarlas…

Guillermina, su marido y sus hijos tuvieron que abandonar la hacienda para ir a vivir en una sencilla cabaña.

Para ganarse el sustento, Manuel trabajaba de pastor al servicio de un viejo conocido suyo, mientras que ella cardaba e hilaba la lana de las ovejas.

El tiempo pasaba y la situación, por más que ambos se esforzaban, no mejoraba.

Todavía les quedaban deudas y el minúsculo salario de Manuel casi no alcanzaba para mantener a la familia.

Para ayudarle, su mujer se pasaba noches enteras hilando, con la ayuda de una desencajada rueca. Y eso sin dejar de cocinar, lavar, planchar y cuidar a sus hijos, manteniendo siempre limpia y arreglada la humilde morada. Mientras trabajaba de esta manera, rezaba y rezaba... Estaba convencida de que María Auxiliadora no los abandonaría.

En determinados momentos del día paraba lo que estuviese haciendo y recitaba la oración de San Bernardo, de la que siempre pronunciaba con un fervor especial estas palabras: “que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado” ...

Pero parecía que la Santísima Virgen no la oía, pues cuanto más repetía el “Acordaos”, ¡más empeoraban las cosas!

Una de esas madrugadas, a la luz de un pequeño quinqué, con los dedos ya heridos de tanto hilar, afligida y llorando, mientras trabajaba, Guillermina rezaba: — Señora, sé que nunca abandonas a quienes recurren a Ti. Pero, ¡mira nuestra situación! Los niños ya casi no tienen qué comer; los acreedores llaman continuamente a nuestra puerta; Manuel está ya tan delgado que se quedará sin fuerzas para pastorear… Por favor, Señora, ¡que ya no aguantamos tantas desdichas! ¡Ayúdanos!

Entre quejidos y lágrimas, Guillermina sintió en ese momento cómo una luz resplandeciente iluminaba el pequeño espacio donde se encontraba.

En seguida, unas manos afables y cariñosas se apoyaban sobre sus hombros, llenándola de fuerzas y aliento. Era la Virgen Santísima que había venido a consolarla y a decirle, con una voz suave:

— ¡No te aflijas, hija mía! Los reveses que padecéis en esta vida sirven para purgar vuestras faltas. Cuando Dios permite los infortunios nos está demostrando que nos ama, pues todo lo que sufrimos en esta Tierra, si lo hacemos con confianza y resignación, nos hace más semejantes a mi Divino Hijo, flagelado, coronado de espinas y muerto en la Cruz para salvarnos.

Soporta con paciencia estas adversidades, ya que ellas obtienen para ti y tu familia unos méritos tan grandes que no puedes imaginar. Confianza, hija mía; en cada una de tus dificultades, ¡estaré a tu lado!

Y desapareció…

Guillermina se sintió tan fortalecida después de esto que nunca más se quejó. Le daba ánimos a su marido en sus fatigas, alegraba a sus hijos cuando estaban tristes y ofrecía todas las tribulaciones de su vida mísera y desventurada para, por medio de María, aliviar los dolores del Divino Redentor.

Desde el Cielo la Señora contemplaba con agrado la rectitud de esa alma tan fiel. Se complacía con su firmeza en el sufrimiento, con su buena disposición y entrega en beneficio de su esposo y de su prole. Y consiguió de su Divino Hijo que restituyera a su predilecta Guillermina todo lo que habían perdido.

En efecto, el amigo que les había traicionado, arrepentido y corroído por el remordimiento, decidió irse de aquella región, no sin antes dejar en la puerta de la pobre cabaña una bolsa con suficiente dinero como para pagar todas las deudas que aún le quedaba a la familia y poder comprar un nuevo terreno.

A partir de entonces la prosperidad regresó al hogar de Manuel y Guillermina. Los prados de la actual propiedad se mostraban mejores que los de la anterior. La casa recién adquirida quedó, después de pequeñas reformas, más acogedora que la antigua. Los hijos del matrimonio ya estaban crecidos y vigorosos y empezaron a ayudar a su padre en los cuidados del próspero rebaño.

Y en la capilla de la nueva finca, junto al altar, fue puesta una sonriente efigie de María Auxiliadora que según muchos de los que la conocieron era la imagen más hermosa que había en toda la comarca, aún más que la que se veneraba en la iglesia.

¿Sería realmente así o sería una exageración provocada por amistad?

No lo sabemos. Aunque Guillermina afirmó siempre que esa imagen era increíblemente semejante a aquella luminosa Señora que un día de tribulación le dijo: “¡No te aflijas, hija mía!”

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Las exigencias de la llamada de Cristo


Las lecturas bíblicas de la Santa Misa de este domingo me brindan la oportunidad de retomar el tema de la llamada de Cristo y de sus exigencias, tema que traté también hace una semana con ocasión de las ordenaciones de los nuevos presbíteros de la Diócesis de Roma.

En efecto, quien tiene la suerte de conocer a un joven o una chica que deja su familia de origen, los estudios o el trabajo para consagrarse a Dios, sabe bien de lo que se trata, porque tiene delante un ejemplo vivo de respuesta radical a la vocación divina.

Esta es una de las experiencias más bellas que se hacen en la Iglesia: ver, palpar la acción del Señor en la vida de las personas; experimentar que Dios no es una entidad abstracta, sino una Realidad tan grande y fuerte que llena de modo sobreabundante el corazón del hombre, una Persona viva y cercana, que nos ama y pide ser amada.

El evangelista San Lucas nos presenta a Jesús que, mientras va de camino a Jerusalén, se encuentra con algunos hombres, probablemente jóvenes, que prometen seguirlo dondequiera que vaya. Con ellos se muestra muy exigente, advirtiéndoles que “el Hijo del hombre —es decir Él, el Mesías— no tiene donde reclinar su cabeza”, es decir, no tiene una morada estable, y que quien elige trabajar con Él en el campo de Dios ya no puede dar marcha atrás (cf. Lc 9, 57-58.61-62).

A otro en cambio Cristo mismo le dice: “Sígueme”, pidiéndole un corte radical con los vínculos familiares (cf. Lc 9, 59-60).

Estas exigencias pueden parecer demasiado duras, pero en realidad expresan la novedad y la prioridad absoluta del Reino de Dios, que se hace presente en la Persona misma de Jesucristo.

En última instancia, se trata de la radicalidad debida al Amor de Dios, al cual Jesús mismo es el primero en obedecer.

Quien renuncia a todo, incluso a sí mismo, para seguir a Jesús, entra en una nueva dimensión de la libertad, que San Pablo define como “caminar según el Espíritu” (cf. Ga 5, 16).

“Para ser libres nos libertó Cristo” —escribe el Apóstol— y explica que esta nueva forma de libertad que Cristo nos consiguió consiste en estar “los unos al servicio de los otros” (Ga 5, 1.13).

Libertad y amor coinciden. Por el contrario, obedecer al propio egoísmo conduce a rivalidades y conflictos.

(Extractos del Ángelus, 27/6/2010)

Santo del día

Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael


Publicado 2010/09/29
Autor : Catholic.net


Arcángeles, los únicos cuyos nombres constan en la Biblia, Septiembre 29

Martirologio Romano: Fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. En el día de la dedicación de la basílica bajo el título de San Miguel, en la vía Salaria, a seis miliarios de Roma, se celebran juntamente los tres arcángeles, de quienes la Sagrada Escritura revela misiones singulares y que, sirviendo a Dios día y noche, y contemplando su rostro, a él glorifican sin cesarSon los nombres con que se presentan en la Sagrada Escritura estos tres príncipes de la corte celestial.

Miguel aparece en defensa de los intereses divinos ante la rebelión de los ángeles malos; Gabriel, enviado por el Señor a diferentes misiones, anunció a la Virgen Maria el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y su maternidad divina; Rafael acompañó al joven Tobías cuando cumplia un difícil encargo y se ocupó de solucionar difíciles asuntos de su esposa.

Actualmente, se habla mucho de los ángeles: se encuentran libros de todo tipo que tratan este tema; se venden "angelitos" de oro, plata o cuarzo; las personas se los cuelgan al cuello y comentan su importancia y sus nombres.

Hay que tener cuidado, pues se puede caer en dar a los ángeles atribuciones que no les corresponden y elevarlos a un lugar de semidioses, convertirlos en "amuletos" que hacen caer en la idolatría, o crear confusiones entre lo que son las inspiraciones del Espíritu Santo y los consejos de los ángeles.

Es verdad que los ángeles son muy importantes en la Iglesia y en la vida de todo católico, pero son criaturas de Dios, por lo que no se les puede igualar a Dios ni adorarlos como si fueran dioses.

A pesar de que están de moda, por otro lado, es muy fácil que nos olvidemos de su existencia, por el ajetreo de la vida y principalmente, porque no los vemos.

Este olvido puede hacernos desaprovechar muchas gracias que Dios ha destinado para nosotros a través de los ángeles.

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Evangelio del día

2010-09-29 - Evangelio según San Juan 1,47-51

Publicado 2010/09/29
Autor : Sagrada Biblia

En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: "Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño."

Libro del profeta Daniel 7,9-10.13-14

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Salmo 137

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma. Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar el oráculo de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.

Evangelio según San Juan 1,47-51

En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: "Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño." Natanael le contesta: "¿De qué me conoces?" Jesús le responde: "Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi." Natanael respondió: "Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel." Jesús le contestó: "¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores." Y añadió: "Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre."

Jóvenes de todo el Brasil se preparan para el Día Nacional de la Juventud (DNJ) 2010

Publicado 2010/09/28
Autor : Gaudium Press


El DNJ de este año celebra también el jubileo de los 25 años de la realización del evento y refuerza el movimiento nacional que lucha contra la violencia a los jóvenes

San Pablo (Martes, 28-09-2010, Gaudium Press) El Día Nacional de la Juventud (DNJ) 2010 está próximo a realizarse en Brasil, y los jóvenes católicos no esconden su ansiedad. Al final, el 24 de octubre no se conmemorará un DNJ común, más sí el jubileo de los 25 años de la realización de este evento, nacido en 1985 bajo inspiración de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que en la misma ocasión instituyó el Año Internacional de la Juventud. El DNJ fue llevado adelante por las pastorales de la juventud del país, y actualmente cuenta con el apoyo del Sector de la Juventud de la Conferencia Nacional de Obispos del Brasil (CNBB).

Con el tema "DNJ 25 años: Celebrando la memoria y transformando la historia", los organizadores pretenden que el DNJ 2010 sea un espacio para ver de nuevo el tiempo pasado, y proyectar pasos y sueños para el futuro. Más específicamente, un lugar y un momento para reflexionar cuáles son las deudas sociales que Brasil tiene con la juventud, lo que está ocurriendo con nuestra sociedad, y qué sociedad se pretende para el próximo cuarto de siglo.

El DNJ fue concebido como parte de una serie de actividades permanentes de las pastorales de la juventud y, por eso, su temática, en la mayoría de las veces, refleja la de los jóvenes, como lo muestra el lema del evento de este año: "Juventud: mucha oración, mucha lucha, mucha fiesta, en marcha contra la violencia".

La representante de la coordinación nacional de la Regional Sur 1 -Estado de San Pablo- de la Pastoral de la Juventud, Roberta Agostinho, destaca que el lema del DNJ forma parte de una campaña nacional de las pastorales a favor de la vida y en contra de la violencia practicada sobre los jóvenes. La coordinadora resalta, también, que el lema ganó aún más fuerza y relevancia después del asesinato de uno de los mentores de la campaña, el padre Gisley Azevedo Gomes. "Él es el mártir de la campaña", añade.

Roberta, también explica que el DNJ es organizado de forma paralela e independiente de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Contrario a la JMJ, el encuentro nacional no es celebrado en un lugar específico, sino conmemorado en cada diócesis de Brasil. Lo que no significa, según Roberta, que el DNJ no pueda servir para animar a los jóvenes de cada rincón de Brasil a participar del evento mundial, cuya próxima edición ocurrirá en el 2011, en la ciudad española de Madrid.

Las Pastorales de la Juventud

Las Pastorales de la Juventud de Brasil son formadas por cuatro organismos: la Pastoral de la Juventud (PJ); la Pastoral de la Juventud Estudiantil (PJE); la Pastoral de la Juventud Rural (PJR); y la Pastoral de la Juventud Medio Popular (PJMP).

Por Bruno D'Angelo

Dios ama al que da con alegría

El corazón de doña Etelvina era muy generoso. A pesar de ser pobre, la buena mujer siempre ayudaba a todos los necesitados que fueran a pedirle una limosna, en nombre de Dios. Su esposo, don Antonio, era un honrado transportista, muy trabajador, pero su modesto salario sólo era lo que recibía por los fletes que hacía a los habitantes de la pequeña localidad de San Pedro del Este. Lo que ganaba era lo suficiente para sustentar a su esposa y a su hijita, Margarita. No obstante, apoyaba los pródigos gestos de su mujer. ¡Y nunca faltaba nada en aquel humilde hogar! Todo esto era debido a la piedad de este matrimonio que, sin dejar de confiar en la Providencia Divina, era dadivoso para con los que necesitaban aún más que ellos. Jamás dejaron de frecuentar los Sacramentos, pues sabían que eran junto con la oración su sustento y su fuerza.

Sin embargo, el tiempo iba pasando y la pequeña Margarita iba creciendo. A pesar del buen ejemplo de sus padres, la niña había salido caprichosa, vanidosa y muy egoísta.

Cuando salía a jugar con las amiguitas del vecindario, todo era suyo, invariablemente era la que debía ganar en todos los juegos y tenía que ser el centro de las atenciones. No imitaba en nada la humildad y la generosidad de sus padres.

Cuando cumplió siete años, su madrina, señora acomodada, le regaló una linda muñeca, con los ojos de vidrio y un vestido de princesa. La niña se quedó encantada. Enseguida fue a enseñársela a sus compañeras.

Pero en vez de dejar que cada una la cogiera en sus manos, la acariciase y la meciese, no permitió —llena de apego— que tocasen su nue vo juguete, y regresó a su casa con mucha arrogancia.

Su madre estaba muy preocupada por su hija, pues veía que estaba andando por un camino peligroso y sería, de continuar así, una persona muy infeliz y perdería la amistad de Dios. Por eso, le pedía mucho a la Santísima Virgen por ella. Y siempre le daba buenos consejos:

— Hijita, debemos pensar que igual que Jesús es generoso con nosotros, debemos serlo con los demás.

Si te han regalado esta linda muñeca es para que puedas jugar junto con tus amigas. No tenemos nada que no haya venido de la bondad de Dios. ¡No seas egoísta!

La niña escuchaba con atención, pero enseguida se olvidaba de los buenos consejos de su madre…
Poco después empezaron las clases de preparación para la Primera Comunión. Margarita oía con interés a la catequista que les contaba los milagros de Jesús, que había curado a enfermos, ayudado a los más necesitados y cómo era generoso para con todos. Su pequeño corazón fue siendo tocado por la gracia y comenzó a hacer un examen de conciencia por sus actitudes egoístas y caprichosas…

La víspera del gran día, antes incluso de la primera confesión, los niños de la catequesis tuvieron una Misa preparatoria para la misma. Y en una de las lecturas la niña oyó: “Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9, 7). Aquellas palabras penetraron como un rayo de fuego en su corazón. Quería ser también amada por Dios… Quería sentir la alegría de dar.

Cuando acabó la Santa Misa, en la puerta de la iglesia, Margarita se encontró con un mendigo. La aldea era pequeña y todos se conocían, pero aquel infeliz andrajoso le era completamente desconocido. El hombre pedía una limosna, por amor a Dios.

Ante tal súplica, Margarita se sintió tocada, pues aún resonaban en su alma las palabras que acababa de oir: “Dios ama al que da con alegría”…

Siempre llevaba colgada del cuello una cadenita con una pequeña cruz de plata, regalo de su madrina en el día de su bautizo. Era la cosa por la que más aprecio profesaba.

Sin titubear y sintiendo por primera vez la alegría de dar, la niña se quitó el estimado objeto y se lo dio al pobre hombre. Él la miró con extremo afecto y gratitud y le dijo:

— ¡Que Dios te lo pague y recompense! Asumida por una extraña felicidad, la niña regresó a casa corriendo y le contó el hecho a su madre que, entre lágrimas, abrazaba a su hija y le decía:

— Quiero que sepas que ésta ha sido la mejor preparación que podrías haber hecho para recibir a Jesús, en el Santísimo Sacramento.

Aquella noche Margarita tuvo un sueño. Se le aparecía Jesús con su crucecita de plata en las manos, adornada con las piedras preciosas más bellas.

Y sonriendo le preguntaba:

— ¿Conoces este objeto? Le respondió que sí, pero que antes no se veía tan lindo como ahora…

Jesús le dijo entonces:

— Ayer se la diste a un mendigo desconocido, y la virtud de la caridad la hizo más hermosa. Ese mendigo era Yo. Te prometo que, en el día del Juicio, en presencia de los ángeles y de los hombres, enseñaré esta pequeña cruz para que tu gloria sea eterna.

A la mañana siguiente, la niña se acercó al confesionario, enteramente transformada. Después de haber limpiado su alma de sus caprichos y egoísmos, pudo recibir a Jesús en la Eucaristía, con el alma consolada y comprendiendo como es verdad que “Dios ama al que da con alegría”.

Y a ejemplo de sus buenos padres, llevó una vida santa, siendo generosa para con todos, especialmente para con Nuestro Señor Jesucristo, dejándose llevar por la gracia y por sus designios, confiada en la promesa que Él le había hecho en aquel sueño inolvidable.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Oh! Jesús mío

Publicado 2009/04/12
Autor : Catecismo de la Iglesia Católica


Oración dada a los tres pastorcitos por el ángel de Portugal.

Oh! Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu Misericordia.

¿Dónde viviré ahora?

Publicado 2010/12/23
Autor: Gaudium Press
Sección: Opinión


Redacción (Jueves, 23-12-2010, Gaudium Press) "Antes yo vivía en la ciudad vecina, pero como se estaba volviendo muy peligrosa, resolví mudarme para acá". Es muy común escuchar testimonios de este género. Personas insatisfechas con el lugar donde viven: ya sea por ser una región de riesgo; ya sea por el vecindario ruidoso; o porque simplemente se está buscando un lugar mejor, con más oportunidades. El hecho es que se cambia de dirección.

En fin, delante de un cambio inminente, surge la siguiente pregunta: ¿Dónde viviré ahora? Si tuviésemos la oportunidad de "fabricar" el lugar donde fuésemos a vivir, ¿cómo sería?

Tal vez una casa aislada en el campo o un barrio tradicional, donde los moradores son viejos amigos. ¿Cuál sería el estilo de las casas?, ¿El temperamento de las personas con las cuales tuviésemos que convivir?, ¿La organización social?, ¿El espíritu de solidaridad?, ¿Las iniciativas de progreso?

Bien, todo esto iría variando de acuerdo con cada individuo y tal vez tuviésemos tantas ciudades como fuesen las cabezas...

Pero podemos imaginar una ciudad donde sus principios se aplicasen a todas las personas que, obedeciendo a ciertas reglas básicas, pudiesen convivir de forma pacífica, independientemente de sus gustos.

En primer lugar, todos deberían adorar a Dios sobre cualquier otra cosa; esto evitaría muchísimos males, especialmente, la adoración a sí mismo. Pero también Él debería tener su Nombre Santo respetado, pues si no respetamos a Dios, mucho menos lo haremos en relación a los hombres.

Y para mostrar que esta devoción es auténtica, en esta ciudad se reservaría, al menos un día por semana, para que todos se reúnan a fin de rendirle culto oficialmente. Cómo daría esto cohesión a este pueblo, estando unido por un principio más alto...

Ahora trataremos de establecer los principios para convivir bien con los otros hombres. Es natural que en una familia todos se respeten, padres e hijos. Por eso, en nuestra ciudad los niños obedecerían no solamente a sus padres, sino a los profesores y también a todos aquellos que, de alguna forma, los ayudasen en su formación. El respeto sería un paso importante a conquistar. Pero este respeto debe evitar las ofensas y, más aún, las agresiones físicas. Por tanto, en nuestra ciudad no serían permitidos asesinatos ni peleas.

Los padres que realmente amen a sus hijos los enseñarían, desde muy temprano, el valor de la familia y de cómo ésta, para ser bien constituida, debe tener como fundamento el matrimonio. Los niños percibirían, sin que fuese necesario explicarles con mayor profundidad en este momento, que ciertos actos son vergonzosos y que ellos pueden convertir a una persona más semejante a un animal, a un ser que adora a Dios sobre todas las cosas...

¡En esta ciudad nadie robaría! Ni dinero, ni materiales. Y hasta haciendo negociaciones, éstas estarían libres de la torpe ganancia... ¡Cómo este lugar es diferente!

¡Ah! Ya nos estábamos olvidando de una cosa. Todos deberían ser tan honestos que nunca dirían ninguna mentira, por cualquier motivo que fuera. El primer ejemplo debería ser dado por aquellos que ejerzan algún cargo público, pero esto también se aplicaría a todos los trabajadores y los propios niños. La verdad reinaría como una soberana.

Y como dijimos, la familia debería ser respetada de todas las formas. Por tanto, no se permitiría una mirada indecente siquiera, para una persona que ya forme parte de otra familia. Qué lección podríamos aprender con la historia del Rey David (cf. 2Sm, 11)...

Y por último, todo lo que pertenezca a alguien, sería causa de gran alegría para todos. Nadie envidiaría a nadie, pues todos buscarían agradecer a Dios los dones que han recibido.

Bien, no son tantas cosas así, solo diez principios. ¿Qué tal esta nueva ciudad? Un lugar sin hurtos, asesinatos, mentiras, etc. Al mismo tiempo se encontrarían respeto, sinceridad y alegría de vivir.

¡Pero cuidado! Los principios que acabamos de enumerar son divinamente pensados. Ellos se parecen a una corriente, en la cual si se rompe cualquier enlace, todos los otros van al piso. Por tanto, la decisión es seria, o se aceptan todos los principios o se vivirá en una ciudad donde nadie respeta la familia, ni los hijos ni los padres; donde el robo y el asesinato ya forman parte de la vida cotidiana; donde los actos más vergonzosos son ofrecidos a la luz del día; donde la mentira entra en cualquier negociación; donde Dios se deja de lado y cada uno pretende ser su propio "dios".

Sabemos que sería difícil reunir personas suficientes a fin de fundar un pueblo así, pero si cada uno pasa a vivir con base en estos principios, la diferencia se sentirá en la sociedad. En el fondo, tenemos que escoger entre vivir en la ciudad de Dios o en la ciudad de los hombres...

Por Thiago de Oliveira Geraldo

Santo del día

San Vicente de Paul

Publicado 2010/09/27
Autor : Catholic.net

Fundador de la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, 27 de septiembre

HUYENDO

Se pasó la vida rehuyendo su condición de aldeano pobre, y el programa de Dios tendrá que retrasar su desenlace tras muchas noches oscuras de Vicente. Como Santa Teresa, que hizo un matrimonio de conveniencia con Dios, cuya noche de bodas y luna de miel se retrasó 25 años, hasta florecer es una espléndida manifestación mística. ¿Podemos ver ahí un signo de la vocación errada? No. Es una realidad de un cambio de rumbo de la persona, a quien le tuercen sus planes propios a través de purificaciones, acontecimientos, circunstancias, realidad de las cosas y desengaños, Vicente lo que no quería es seguir siendo lo que era su padre, campesino. Se avergonzaba de serlo y también de su padre, vestido pobremente y con un defecto físico que le hacía cojear. Tanto se avergonzaba que, cuando ya estudiaba en el colegio de los franciscanos, conseguido por su padre, y reciba la visita de su padre, no saldrá a recibirlo. Pretende el sacerdocio tratando de escalar puestos. Hasta desea ser obispo. Ni idea de lo que es ser sacerdote: "Si yo hubiera sabido, como lo he sabido después, lo que era el sacerdocio, cuando cometí la temeridad de aceptarlo, habría preferido dedicarme a trabajar la tierra antes de ingresar en un estado tan temible," escribirá mas tarde..Había nacido el 2 de abril de 1581, en Ranquine, en el Suroeste de Francia. Su padre es un campesino, Juan de Paúl, que desde muy joven se vio obligado a trabajar. Vicente también, se encargaba de las ovejas, las vacas, los cerdos, descalzo y con comida pobre

Chiquillo despierto, fue enviado por su padre al colegio de los franciscanos de Dax, ciudad próspera, de amplias calles y bellas mansiones. Vicente estudia a gusto, pero siempre con el fin de abandonar la vida rural. Después de cuatro años de estudios en Dax, se va a Toulose, cuando acababa de morir su padre. Tiene 17 años, ha recibido ya la tonsura y las órdenes menores. Aunque su padre le deja parte de la herencia para pagar sus estudios, él la rechaza; pues quiere valerse por si mismo.

QUIERE ASCENDER

Enseña humanidades en el colegio de Buzet y simultaneando con sus estudios de Teología. Recibe el subdiaconado y el diaconado, y el 23 de Septiembre de 1600, es ordenado sacerdote. El obispo de Dax le ofrece una parroquia, pero prefiere seguir sus estudios; apunta más alto: quiere ser obispo. En 1604 obtiene el doctorado en Teología. Se dirige a Burdeos y a Marsella, donde una anciana de Toulose le ha dejado una herencia de 400 escudos, que están en manos de un deudor, a quien persigue hasta Marsella, donde consigue recuperar 300 escudos, y regresar a Toulose. Embarca para Narbona, es atacado por los turcos y cae prisionero. Vendido como esclavo en Túnez, a un pescador, un médico, su sobrino y, a un cristiano renegado, a quien convirtió y se escapó a Roma. Luego fue a París, donde encontró a Pierre de Bérulle, en el hospital de la Caridad. Bérulle era cura y fundador de un grupo de sacerdotes espirituales. El clero había salido en un estado lamentable de las guerras; los decretos del Concilio de Trento sobre la formación de los sacerdotes no se cumplían. Muchos obispos vivían como grandes señores, alejados de sus diócesis.

SE ESTA ABRIENDO PASO UN NUEVO MOVIMIENTO.

En Italia, Felipe Neri ha fundado la congregación del Oratorio, que, como los Oblatos fundados en Milán por Carlos Borromeo, desean vivir un sacerdocio fervoroso. Bérulle trata de convencer a Francisco de Sales para que funde el Oratorio en Francia, pero no lo consigue, aunque, a instancias del Arzobispo de París, Henri de Gondi, fundará en 1611 el Oratorio de París, una "congregación de sacerdotes que practicarán la pobreza, con voto de no pretender beneficio o dignidad, contra la ambición, y el de dedicarse al sacerdocio, contra la inútil inactividad.

VICENTE NOMBRADO PÁRROCO DE CLICHY

Bérulle deseaba que Vicente ingresara en el Oratorio, pero no acepta. Sí en cambio reemplaza a un sacerdote que ingresa en el Oratorio; y acepta su parroquia de "Clichy la Garenne". de 600 habitantes, habitada sobre todo por hortelanos y llega a encontrarse a gusto Allí enseña el catecismo, repara el mobiliario de la Iglesia, cuando después de doce años que es sacerdote, es la primera vez que ejerce un ministerio sacerdotal.

Bérulle consigue que lo nombren preceptor de la familia de Phillipe de Gondi, sobrino del Arzobispo de París. Vicente llega a ese destino en Septiembre de 1613 y escribe a un amigo: "Me alejé con pena de mi pequeña iglesia de Clichy". Da cursos y lecciones a los niños y lleva una vida palaciega en Montmirail, en Joigny, en París, en Folleville... Ya podía darse por contento. Pero no era feliz. No había llegado la hora de Dios. Espera. Compás de espera. Soledad, noche, tristeza, desamparo. Durante los viajes de Gondi, vuelve a entrar en contacto con los campesinos y con las pobres gentes que viven en los dominios de la noble familia. Y se da cuenta de que el Evangelio exige la caridad radical.

DIOS DA EL VUELCO A SU ALMA:

Visita a un moribundo en Gannes, cerca del palacio de los Gondi; aquel hombre, que tenía fama de ser un hombre de bien, reveló a Vicente unos pecados que jamás se había atrevido a confesar a su párroco. El moribundo experimentaba una extrema soledad moral, padecía la noche, el frío y la imposibilidad de hablar con Dios; estaba cerca de la muerte sin haber encontrado una mirada sacerdotal bastante dulce y bastante humana para poder salir de sí mismo y atreverse a creer en la ternura de Dios. He ahí la vocación de Vicente: la ternura. Su corazón ha sido tocado. Dios ha llegado ya. El matrimonio de Teresa de Jesús ha entrado en su meta florida. Vicente, tocado ya por Dios, que no le había abandonado en su dura trayectoria de desierto, le cambia el corazón y el que no quería ir a los campos de su aldea, quiere ahora ir a los campos mas lejanos a expresar a todos los que se sienten perdidos que existe un Dios de ternura que no les ha olvidado. Quiere ser testimonio de ese amor divino. Estar presente con la ternura de Dios. Queda impresionado y el 25 de enero predicó en Folleville, cerca de Amiens, y propuso a todos los fieles de Folleville la idea de hacer venir a algunos sacerdotes con quienes puedan hacer una confesión general de toda su vida. Este sermón fue el origen de la "Congregación de la Misión", instituida para predicar misiones populares y trabajar en la formación del clero de Francia y en otros países. A los sacerdotes y hermanos de la Congregación de la Misión se les conoce en Francia como "Lazaristas" por San Lázaro, su casa madre.

Después el año 1617, en Chatillón-les-Domes, San Vicente palpa la miseria material de los campesinos: "Mientras me revestía para celebrar la Misa, vinieron a decirme... que en una casa apartada, estaban todos enfermos, y no había una sola persona que les pudiera atender. Esto me ocasionó una tremenda impresión."A la llamada de Vicente acuden todos los feligreses en ayuda de esa familia. Pero, para Vicente, este movimiento espontáneo no es bastante, porque corre el peligro de no tener continuidad: "Una enorme caridad, sí; pero mal organizada".

FUNDACIÓN DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD

Vicente estudia la situación y el 23 de agosto, lee ante unas cuantas mujeres cuyo corazón ha quedado tocado, igual que el suyo por aquella miseria, un texto que es todo un programa de ayuda a los enfermos, que servirá de modelo a todos los posteriores textos fundacionales de las Hermandades de Caridad. Las Cofradías se multiplicaron; hoy en algunos países se les llama "equipos de San Vicente". Más tarde serán fundadas las Hijas de la Caridad con la co-fundadora Luisa de Marillac

Vicente no quiere permanecer por más tiempo con los Gondi y se lo dice a Bérulle en mayo de 1617. Se traslada a una pequeña parroquia entre Lyon y Ginebra, en al región de Bresse: Chatillon-des-Dombes, como párroco. El que se pasó la vida huyendo de su origen y su destino, se dedica gozoso a lo que venía escapando desde su juventud. Ya encontró su camino: La vocación de la ternura. Vicente, tras un año decisivo, ha encontrado su camino, el camino de la compasión y la ternura con los más abandonados y utiliza su puesto como base de operaciones, para establecer sus pequeñas asociaciones de caridad.

Camino - perseverancia

El desaliento es enemigo de tu perseverancia. —Si no luchas contra el desaliento, llegarás al pesimismo, primero, y a la tibieza, después. —Sé optimista.

El tamborilero

Hace más de dos mil años, en los inmensos y lejanos arenales de Arabia, donde las montañas no tienen nombre, pues el viento las hace y deshace con su fuerza mutable y dominadora, vivía un niño muy pobre, huérfano de madre desde muy pequeño. Su padre era el guardián de un oasis que estaba algo apartado de las rutas más transitadas, pero conocido por los viajantes por su abundante y cristalina agua.

En varias ocasiones el celoso padre había pensado aliviar la soledad de su hijo regalándole un juguete. Aunque nunca tuvo el valor de preguntarle el precio a ninguno de los mercaderes que por allí pasaban, porque seguramente sería mayor de lo que podría pagar con las pocas monedas que poseía.

Entonces decidió fabricarle a su hijo un sencillo tambor. Cogió un viejo barrilito, le quitó las tapaderas, lo barnizó con aceite de palma y extendió cuidadosamente sobre sus extremos dos pieles de cabra, fuertemente estiradas con tendones de carnero.

La preparación del instrumento le costó semanas de trabajo. Tuvo que rehacerlo varias veces, hasta que quedó bien. Pero el esfuerzo mereció la pena: el niño recibió el tamborcito con esa capacidad de alma que tienen los inocentes de contentarse con un único regalo, ¡que vale más que recibir mil otros! Lo tocaba constantemente, acompañándose de canciones que él mismo componía, ¡y qué bonitas eran!

Tan hermosas que en todo el desierto, desde el mar hasta los montes, era conocido como el “tamborilero”.

En una fría noche de invierno, la monótona rutina de aquellos lugares fue rota por un fenómeno sorprendente: en el cielo apareció, en el oriente, una estrella que brillaba más que todas las otras y parecía que se movía lentamente en dirección hacia occidente. Era tan luminosa que permanecía visible día y noche, acercándose a ellos cada vez más.

Ante tan extraordinario prodigio, el padre llegó a sentir temor, pero su hijo lo tranquilizó enseguida: aquel astro era demasiado bello para que fuera un mal presagio. Más bien parecía anunciar lo contrario, un acontecimiento grandioso y feliz.

Días después, cuando la estrella se encontraba más próxima, el niño divisó en el horizonte una larga hilera de hombres y cabalgaduras. No se trataba de una caravana común. El número de bestias de carga era incontable.

¡Transportaban magníficos fardos! E incluso el menor de los siervos que allí estaba, vestía y se comportaba con la dignidad de un hidalgo.


Al final de la extensa cabalgata, sentados encima de robustos dromedarios, venían tres nobles señores, vestidos con coloridos trajes y turbantes de seda. Uno de ellos era un anciano de larga barba, el otro un hombre maduro de ojos vivaces y rubios cabellos y el tercero un vigoroso árabe de piel oscura.

Se diría que los tres eran reyes.

El niño salió corriendo a coger su tambor, empezó a tocarlo y se puso a cantar en honor de aquellos admirables viajeros. Cuando terminó, el venerable anciano de la larga barba se inclinó en dirección al muchacho y le dijo complacido:

— Mi buen chico, ¡qué hermosa es tu música! ¿No habrá abrigo en tu casa para una caravana que llega fatigada de una larga jornada?

Con una profunda reverencia le respondió:

— ¡Sí, señor! Mi padre es el guardián de este pozo, y siempre da posada a los hombres de bien.

Padre e hijo se aplicaron en recibir a aquellos señores con la más esmerada hospitalidad posible. Les sirvieron los dátiles más buenos que tenían y leche de cabra recién ordeñada. Dieron de beber a los camellos, llenaron los odres de agua y los hospedaron lo mejor que pudieron en la cabaña de paredes de barro y techo de hojas de palmera que habían construido a manera de posada.

Por la noche, cuando ya todos se habían recogido, el niño se acercó con curiosidad al anciano que tan bondadosamente lo había tratado y le preguntó con sencillez:

— Señor, perdóneme mi atrevimiento, pero ¿a qué se debe la presencia de tan ilustres personas en estos desérticos parajes?

El buen hombre sonrió y le explicó que venían desde muy lejos. Allí, en sus distantes tierras, supieron mediante sueños que una estrella habría de conducirlos hasta el lugar donde nacería el Mesías, el enviado de Dios, anunciado por los profetas.

Cuando vieron aparecer aquel astro desconocido, cogieron oro, incienso y mirra y se pusieron en camino.

Hacía meses que la venían siguiendo y una especial alegría del corazón les decía que estaban cerca de su destino.

El “tamborilero” no había oído hablar nunca tales cosas. Él, que no era ningún sabio como los ilustres viajeros, se emocionó al oír hablar del Mesías, del “anunciado por los profetas”. Sintió un irresistible deseo de ir a conocerle.

Al día siguiente, se despertó bien temprano. Se despidió de su anciano padre y se unió a la caravana. Había estado buscando con ahínco en el oasis un regalo que le pudiera llevar al Mesías, pero no encontró nada digno de Él. Y pensó: “Iré con mi tambor, y cuando esté delante suyo le diré: Señor, soy pobre y no tengo nada para ofreceros. Pero dicen que mi música es bonita y trae alegría. He venido a tocar para Vos la más linda de mis canciones”.

Días después, tras haber contorneado el Mar Muerto y remontado las escarpadas laderas que conducen hasta Judea, la caravana hacía su entrada en Belén de Judá. Bien en lo alto de una humilde casa, la estrella se había detenido y los tres nobles señores entraron allí.

Como si estuviera esperándoles, se encontraba un resplandeciente Niño sentado majestuosamente, como en un trono, en el regazo de una hermosa mujer. Enseguida comprendieron que aquel era el Mesías anunciado por los profetas. Se postraron, lo adoraron y le ofrecieron los valiosos regalos que habían traído: oro, incienso y mirra.

Pero he aquí que, de repente, se oye el redoble de un tamborcillo y una armoniosa voz infantil que interrumpe la solemnidad de la escena.

Era el “tamborilero” que tocaba para el Salvador la más bonita de sus canciones. Al oírlo, el rostro del Niño Jesús se iluminó con una bella sonrisa, agradado con la candidez de esa alma inocente. Quizá haya sido, antes incluso que San Juan Bautista, el primer amigo del Niño Jesús.

Garantía de salvación

La devoción a María no es un simple ornato del Catolicismo, ni siquiera un socorro entre otros muchos, que podemos usar o no, a nuestro antojo. Es una parte integrante de la Religión. Dios quiso venir hasta nosotros por medio de María y sólo por medio de Ella podemos ir hasta Él.

Termómetro espiritual y garantía de salvación

Al igual que para certificarse si una persona está viva el médico comprueba los latidos de su corazón, así para saber si un alma es virtuosa, si vive de la vida cristiana, nos fijamos si el culto a la Santa Virgen de las Vírgenes le es indiferente o agradable.

Sí, la devoción a María es como un termómetro espiritual que señala —si se puede decir así— la temperatura de nuestra alma, que revela sus disposiciones secretas. Si las prácticas de esta devoción nos gustan, podemos estar tranquilos en cuanto al estado de nuestra alma. Pero si sentimos que hay frialdad entre nosotros y la Santísima Virgen, si abandonamos los actos de culto hacia Ella, si descuidamos las oraciones cotidianas, si alegamos falta de tiempo para recitar el Rosario, prestemos atención: nuestra virtud ha disminuido, la Fe de nuestra Primera Comunión se ha vaciado, estamos en el camino que nos aleja de Dios.

Se comprende, pues, la necesidad de insistir sobre este tema, de estimular la piedad y la devoción a Nuestra Señora. Para nosotros, esta devoción es una garantía de salvación.

¿Y cómo es eso? Porque si amamos a la Virgen María, trabajaremos para asemejarnos a Ella. Somos llevados irresistiblemente a imitar a las personas que nos son simpáticas: querríamos pensar, hablar, vivir como ellas. ¡Oh, qué preciosa seguridad para nuestro futuro si amamos a la Santísima Virgen al punto de querer ser imágenes vivas suyas en la Tierra!

Evitaremos, como Ella, todo lo que desagrada a Dios y todo lo que causaría perjuicio a nuestras almas; y como Ella lo haremos todo bien, cumpliremos con nuestro deber, practicaremos la virtud. Con eso podemos confiar.

El ejemplo de San Francisco de Sales

Por otro lado, está garantizada una protección especial de la Santísima Virgen para quien de hecho es su devoto.

Cuando le vengan las pruebas, las tribulaciones, las tentaciones, por más numerosas y violentas que sean, con la asistencia de María, jamás se desesperará. Como prueba de ello, habría mil hechos emocionantes que contar. Veamos solamente el siguiente, extraído de la vida de San Francisco de Sales.

Siendo aún joven, San Francisco se veía atormentado por una tentación contra la cual luchaba con energía. Pero, en un momento de desánimo, el futuro se le presentaba con colores sombríos: se imaginaba perdido, condenado al infierno… Ser condenado, ser separado de Dios a quien amaba como a un padre, de Nuestra Señora que veneraba como una madre, y eso por una eternidad sin fin. Este pensamiento le torturaba el corazón y le arrancaba sollozos.

Cierto día al entrar en una iglesia con esa triste impresión, sintió como si una mano invisible le empujara hacia los pies de una imagen de la Virgen. Se arrodilló ante Ella y le suplicó a María que alcanzase la gracia de vencer esa tentación que le obcecaba, y terminó su oración con estas bellas palabras: “Si debo odiar a Dios eternamente en el infierno, os suplico una cosa: obtenme al menos la gracia de amarlo con todo mi corazón en esta tierra”.

Habiendo terminado su plegaria, se levantó victorioso: la Consoladora de los afligidos le había librado de aquel tormento.

Prueba de predestinación

Queridos lectores, si de vez en cuando tenemos pecados que lamentar, si somos testigos entristecidos de caídas humillantes, ¿no será porque hemos abandonado el culto a la Santísima Virgen, porque hemos renunciado a la piedad y, así, nos hemos privado de una asistencia que nos hubiera preservado?

Podemos concluir que una piedad sólida y sincera es una prueba de predestinación.

Si tenemos esa convicción y tomamos la firme resolución de cultivar, siempre más y más, la devoción a la Santísima Virgen y practicar las virtudes que Ella nos inspira, será este uno de los mejores frutos de esta lectura.