Fray Martín, sacristán de un convento franciscano, de Italia, cumplía con sus funciones a la perfección. Se esmeraba por dejar blanquísimos y bien almidonados los manteles del altar. No se veía nunca restos de cera o polvo en el presbiterio, y los cálices y copones siempre estaban relucientes.“La limpieza es el lujo del pobre”, se decía a sí mismo, mientras trabajaba con redoblado empeño, al tratarse del culto al Señor. En la vida de voluntaria pobreza, abrazada por amor a Él, quería servirle de la manera más excelente posible, pues además del sentido del deber brillaba en el alma de fray Martín una profunda devoción a Jesús Eucaristía.
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